
Por todos anhelada, efímera, a veces inalcanzable es la felicidad. Cada uno de nosotros tiene un concepto sobre la felicidad, la gran mayoría de las veces erróneo, pues generalmente confundimos felicidad con otras emociones como placer, orgullo, etc. Pero si nos preguntamos ¿por qué algo que nos hace felices, a la larga acaba por hacernos infelices?, podremos deducir que ese algo en realidad no era felicidad.
¿Qué es la verdadera felicidad? Eso es lo que he estado tratando de descubrir. Soy un ignorante, pero aún así puedo intuir que la felicidad verdadera debe ser algo diferente a lo que conocemos, un estado permanente y eterno, que no disminuye ni aumenta ni se ve afectado en modo alguno sean cuales sean las situaciones y circunstancias de nuestra existencia.
Recientemente conseguí por fin el libro "En Defensa de la Felicidad", de Mathieu Ricard. Lo he estado leyendo despacito, a cuantagotas, o mejor dicho a cuentaletras, unas cuantas páginas antes de dormir, para tratar de asimilar lo más que pueda, ya que estoy seguro de que este monje budista tiene mucho que enseñar. Es más, tan sólo con ver su foto en la portada siento toda la paz que transmite.
Lo último que leí fue acerca de las emociones consideradas negativas por el budismo, como el enojo, los celos, el odio, el orgullo, por mencionar algunas. Son negativas porque sus consecuencias siempre serán adversos para la persona que las siente, desde el momento mismo en que aparecen. ¿Cuántos no hemos leído de alguien que murió de un coraje?
Ricard señala que no hay que reprimir o hacer como que no existen estas emociones, pues podemos crear una acumulación que tarde o temprano explotará como olla de presión. En cambio, él habla de observar atentamente cómo surgen y qué es lo que las causa, pero no dejarnos avasallar por ellas y observarlas desaparecer, una y otra vez hasta lograr dominarlas completamente.
Se dice fácil. Pero no lo es. Yo normalmente soy un tío muy tranquilo y tolerante; cada vez son menos las ocasiones en que siento coraje o furia y en general trato de estar contento y positivo la mayor parte del tiempo. Ah, pero la ocasión para enfurecerse puede surgir en cualquier momento. Como el lunes pasado.
Saliendo del trabajo fui a hacer el súper, y me llevé un buen tiempo escogiendo verduras, frutas, jugos, papel para el baño, jabones y demás productos. Al llegar a la caja noté que la cajera platicaba muy animadamente con una clienta, aparentemente su vecina o amiga.
No pude dejar de observar que marcaba los productos con más lentitud y entre pausas, pues la plática estaba muy sabrosa (para ellas). Tampoco fui ajeno a que conforme pasaban los minutos iba sintiendo en mi interior desagrado, luego molestia, indignación, coraje y furia.
Seguramente debí haber expresado mi molestia, como quien levanta la tapa de la olla para dejar escapar el vapor. Pero no lo hice. Aunque sí me adelanté, casi atropellando a la parlanchina clienta, para hacerle notar a la cajera que ya era hora de que cerrara el pico y se pusiera a trabajar, lo cual hizo inmediatamente terminando de cobrar y despachando a su cuatacha del alma.
Y cuando llega mi turno me pregunta que con qué medio voy a pagar. "Con tarjeta", le respondí. "Es que sólo estamos aceptando efectivo porque no tenemos sistema". "Imbécil y mil veces imbécil", pensé. ¿Cómo se le ocurre decírmelo hasta que llego a la caja?
Pero no se lo dije, porque sabía que no era su culpa y que nada conseguiría; además reflexioné en que más bien los gerentes o encargados de la tienda debieron haber notificado a la clientela a través de los altavoces o de cualquier otro medio, para evitarnos este tipo de contratiempos. En mi caso, desde hace muchos años estoy acostumbrado a pagar casi todo con tarjeta de crédito y cargo muy poco dinero en efectivo en mi cartera, así que no me hubiera alcanzado para pagar.
Sabía que no había nada qué hacer, así que busqué un desquite infantil y le dije a la cajera que ahí le dejaba toda la mercancía sobre la banda; sólo asintió apenada mientras yo me dirigía a la salida.
Llegué al estacionamiento, pero sentía tanto coraje e impotencia que me devolví, pensé que necesitaba localizar a algún gerente para reclamarle que no hubieran avisado a tiempo. Pero no había ninguno a la vista. Otra cajera me explicó que era una falla del sistema y que ellas no podían hacer nada, y además me ofreció disculpas que me parecieron muy sinceras. Decidí que ya había perdido demasiado tiempo y me fui para mi casa. Un rato después sucedería el acto circense de Tzu-Chi que reseñé anteriormente.
Volviendo a las emociones negativas, aquí pude ver perfectamente las consecuencias de haberme dejado llevar por el coraje: traté mal a una cajera parlanchina e ignorante pero inocente de la falla del sistema, provoqué que mi tensión arterial subiera, hice bilis, dejé de pensar correctamente y sobre todo desperdicié el tiempo que había invertido en escoger mi mercancía.
Ya estaba lejos de ahí cuando pensé que bien hubiera podido hacer que me guardaran la mercancía ya escogida y que me la cobraran tan pronto estuviera funcionando su sistema. Pero por haber hecho mi berrinche, ayer tuve que pasar de nuevo por todo el proceso. En otra tienda, por supuesto.
Definitivamente, sería muy bueno lograr dominar las emociones negativas.