
Cuántas veces caminamos por la vida, ensimismados en nuestros pensamientos, sin darnos la oportunidad de alzar la vida al cielo y observar cómo segundo a segundo cambian de lugar y de forma las nubes, como aparecen y desaparecen colores indescriptibles y hermosos.
Platicamos con los demás pero no siempre nos damos cuenta si están tristes, si tienen algún problema, si están bien. Vemos a muchas personas en las calles, en el autobús, en las tiendas, pero los consideramos tan ajenos, tan lejanos.
Conducimos nuestro auto por las mismas calles una y otra vez, pero casi nunca observamos cómo van creciendo los árboles, cuando aparecen las flores, cuando nacen las hojas en primavera y luego se caen en otoño. Pocas veces observamos la vida ser.
Ayer me trasladaba a una cita, pensando en una y mil cosas, y de pronto un atasco en el tránsito que desemboca en el ineficiente complejo vial Gonzalitos me permitió observar una fila de hormigas en la banqueta, larga, interminable.
Ajenas a los autos detenidos en la calle, se dirigían quizás a buscar refugio de la lluvia que presentían, o tal vez hacia alguna fuente de alimento que alguna de ellas descubrió. Se notaba que trabajaban organizadas, todas unidas por un mismo objetivo.
Sin saber muy bien por qué, esta visión me alegró, me hizo cantar la canción que escuchaba en el radio y despejó mi cansancio y fastidio. Me dio ánimos para avanzar un poco más, sólo un poco más.













