Mostrando las entradas con la etiqueta Bimbo. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Bimbo. Mostrar todas las entradas

lunes, junio 15, 2009

Llévame Contigo

A partir de esta noche, todas las noches te esperaré en mis sueños. Donde quiera que estés, quiero que vengas a mi sueño y me lleves contigo, para estar nuevamente juntos y jugar y correr y hacer todas las cosas que siempre disfrutamos.
No tardes. Daremos largas caminatas sintiendo el viento fresco y suave murmurar a nuestro alrededor, descansaremos sin preocuparnos por nada más.
Ya no hay nada que hacer. No hay canciones que escuchar ni caminos por recorrer. No hay motivos suficientes para despertar. Ya no hay sonrisa al amanecer, sólo angustia y miedo. El mismo viaje una y otra vez vida tras vida, la soledad eterna, la sensación de no pertenecer. Por eso quiero dormir profundamente y esperar a que vengas por mí, para nunca jamás regresar. Antes te cuidé, ahora tú serás mi guía.
Esos primeros días después de tu partida, miraba al cielo y te pedía en voz baja que me llevaras contigo. Hasta que supe con certeza que no podías escucharme. Pero ahora te he sentido en el viento y te he visto en la oscuridad. Sé que me escuchas y me miras. Llévame contigo.

lunes, noviembre 24, 2008

Te Recuerdo

Te recuerdo. Estos días has estado muy presente en mi mente. Ayer fueron tan vívidos los recuerdos que no pude evitar el llanto. Un día antes estuviste en mis sueños también. Veo tu foto y me pierdo en la profundidad de tu mirada. Donde estés, te mando mis bendiciones y todo mi amor.
Te extraño mucho; ahora que tú no estás, soy diferente porque falta una gran parte de mí.
De acuerdo con Sangden, debes ser un pequeño bebé. Deseo que tengas una vida muy placentera, que recibas y des mucho amor. Ojalá pudieran nuestros caminos cruzarse nuevamente, yo te reconocería al instante y tú tendrías un vago recuerdo de mí, pero la certeza de que te he querido y te querré siempre.

jueves, agosto 21, 2008

The First Times

I really hate to keep a sad tone in this blog, but I'm still mourning the loss of my beloved Bimbo real bad. Yesterday, while driving home from work, I spent the 20 minute ride crying and sobbing while the different images of the endless moments spent with him ran through my mind. I felt so angry at the stupid woman who ran over him, at the doctor who couldn't do more to save me, and at me for having spent one full day waiting instead of taking him to a hospital. I know I had my reasons, but still I can't seem to forgive myself. In my despair I called him out and asked him to be with me one more time, or take me with him.
I get home and I'm welcomed by the barks of both Bovinda and Chucky, and when I come in there's Manchú now... but this doesn't ease my pain. It makes me cry even more as I realize how much I miss and how much I need my Bimbo by my side. I keep telling myself that it's not fair, it wasn't time for him to leave. We both knew there were more days to live together.
I decide to take Manchú for his first visit to the park. He walks so close to me and he's so tiny I sometimes think that I lost him or left him behind. I look down and see him wagging his tail in joy. Again, all I can feel is sadness and despair and I cry all the time, longing for those moments with my Bimbo.
I do like Manchú and it feels good when I see him so little, getting used to me, following me around. But sometimes I think I'm too old now and I won't be able to give him all the time and all the things I gave to Bimbo, being by his side all the time and guiding him until he grows up. It makes me feel sad, not knowing exactly what will happen in the future.
Back at home, I sit and watch TV. I light the last candle for my Bimbo. A tranquilizer soothes my sorrow and slowly makes me feel relaxed then sleepy. I go to bed.
This morning it was another first for Manchú -- a little walking around, this time accompanied by Bovinda and Chucky. Hope he soon understands that this is the time and place to poo and pee.

martes, agosto 19, 2008

Chubasco


Ayer por la tarde aproveché mi hora de comida para ir a un examen en la Secretaría de Educación. Alma pasó por mi al trabajo, ya que fue ella quien me avisó la semana pasada que estaban contratando maestros para el nuevo proyecto de impartir inglés en las primarias. Yo me apunté solo, realmente sin haber decidido algún plan, pero bueno, pues ya fui a la entrevista.
Cuando salimos estaba muy soleado, pero al llegar al lugar del examen nos sorprende un tremendo aguacero. Tuvimos que dejar el carro a unas dos cuadras, y en el corto tramo hacia el edificio quedamos completamente empapados. Hacía tanto tiempo que no me mojaba con la lluvia, simplemente me relajé e inclusive disfruté mucho este baño sorpresa.
Pasamos al salón del examen, tiritando de frío por el aire acondicionado. Yo lo resolví rapidísimo, no era tan simple sino más bien inglés avanzado, pero me hizo los mandados. Me sentí como en mis tiempos de escuela, cuando terminaba los exámenes antes que todos.
Seguía lloviendo a cántaros. En un momento dado hice a un lado la cortina y lo que vi trajo un impresionante déja vu: el patio inundado, y gruesas gotas de lluvia formando círculos en el charco, como esa escena que viví en mi primer día de escuela hace tantos años.
De ahí pasé a un salón, donde un profesor me realizó un examen oral. En sus propias palabras, estuvo muy sorprendido ante mi nivel de inglés hablado y no podía creer que yo no hubiera vivido nunca en EU. "Te voy a poner las mejores calificaciones", me dijo.
Alma tardó un poco más, pero finalmente también terminó y nos regresamos de volada... yo iba a llegar tardísimo al trabajo y ni siquiera había pedido permiso. A medio camino nos detuvimos a comer unos deliciosos "duritos", chicharrones de harina preparados con frijoles, repollo y salsa...mmmmh.
Qué bonito es salirse de la rutina, escapar del tedio de hacer siempre lo mismo. Gracias a Dios he tenido empleos en los que de vez en cuando es posible darse una escapada y disfrutar otras actividades mientras los demás siguen inmersos en la rutina de todos los días.
Desde que tengo memoria, la mayoría de los domingos al atardecer me causan una inquietud, una tristeza muy grande, a veces hasta una ansiedad incomprensible. En ocasiones vienen a mi mente recuerdos de esos años infantiles, cuando asustado me daba cuenta que no había hecho la tarea, y no estaba abierta la papelería para comprar las estampitas o lo que necesitara.
Últimamente no había sentido ese "blue Sunday sunset", pero este último domingo por la tarde, nublado y con una ligera llovizna, me sentí muy deprimido, abatido por pensamientos tristes, de soledad, de desesperación. Es por ello que esta salida de la rutina hizo mucho bien a mi ánimo, ahora me siento un poco mejor.

Por la noche me puse a hacer llamadas. A Mónica para saber cómo les había ido a los niños en su primer día de clases; a Lola para saber cómo estaba mamá en su segunda semana de visita. También a Héctor, para saber cómo estaba. El me dijo que ya estaba listo para regalarme a Manchas, un perrito chihuahueño de casi tres meses. Ya habíamos hablado de eso, conocí a ese perrito desde que nació, cuando todavía vivía mi Bimbo. Siempre se había dicho que me lo iban a regalar... pero ahora que no está Bimbo, siento raro.
Bimbo fue un perro único, y ningún otro podrá remplazarlo. Sé que Manchas es adorable y juguetón, pero en este momento no estoy completamente seguro de estar preparado para adoptarlo. Sin embargo, ya no puede estar donde actualmente está y no lo voy a desairar. Bienvenido, Manchas.
Bimbo: siempre te querré, eres un perrito especial y único, mi pequeño amado, mi gracioso compañero. Mi viejo. Mi chulo. Mi vaquero. Gruñón, celoso. Tierno, cuanta alegría me diste siempre, con tan sólo ver tu naricita, tus ojos. Cuando te veía acurrucado en la cama, en el sillón. Gracias, mi chulo, gracias mi pequeño Vaquero.

lunes, agosto 11, 2008

Vagando y Divagando

A las 3:15 termina esa cita de todos los sábados. Ese espacio reservado para relatar los sueños, desnudar el alma, expresar los sentimientos más recónditos, los que son difíciles de platicar. Para indagar, preguntar, reflexionar. Para hacer frente a la realidad. Para sorprenderse. Para asimilar. Para descubrir.
De pronto ya no hay nada más que hacer. Permanece casi una hora junto al auto estacionado, bajo la sombra de un árbol, pensando qué hacer, a dónde ir. A esa casa llena de recuerdos tristes, no. Todavía es muy doloroso. Quizás a una tienda, a comprar algo. Un póster. Un estéreo. Una camisa. Un libro. Un disco. Pero no. No hay suficiente dinero, no hay que comprar por comprar, hay que planear cada compra. Ya no es como antes. Ya nada es como antes.
Sigue pasando el tiempo, apenas perceptible. Las nubes presagian lluvia. Qué alivio sería, qué bueno sería, que se desatara una lluvia colosal, que arrasara con el calor, con el aburrimiento, con los malos recuerdos. Pero no es muy probable. Como tantas veces, esperanzas rotas, sueños sin cumplir. Muchos truenos y nubes negras, pero ni una sola gota de lluvia.
Los amigos, ¿dónde están? Son pocos. Todos ellos inmersos en sus actividades. ¿Por qué no le buscan, por qué no le invitan? ¿Acaso ha hecho algo que los haya alejado? O simplemente, por el día de hoy tienen sus propias actividades.
El peso de la soledad es muy fuerte. Por fin decide meterse al coche, dirigirse a la oficina de su amigo, al fin que trae las llaves para abrir la puerta. Ahí podrá estar a salvo, descansar, pasar el tiempo haciendo consultas interminables por Internet. Quizás llegue su amigo y le invite a pasear, a unirse a un grupo, a platicar.
Quisiera gritar "estoy solo". Invítenme a su casa, a su reunión, a su fiesta. Pero todas las opciones que se le ocurren, ya no existen. Su mente se quedó en el pasado, hace varios años ya. Los compañeros del antiguo trabajo. Los hermanos. Los sobrinos. Su familia política. Su compañera. Todos ellos ya tienen otras ocupaciones, otras actividades, otras formas de llenar su vida.
Piensa, piensa, piensa. ¿Dónde se perdió el contacto? ¿Cuándo comenzó a ser todo tan diferente? ¿Qué sucedió? ¿Por qué se estancó, mientras todos, aparentemente, siguieron adelante? El auto descompuesto en la pista de la vida, mientras todos aceleran hacia la meta. ¿Cuál es la meta? ¿Cómo se puede mejorar, cómo se puede ser feliz? Los demás, ¿son felices?
Harto de internet, nuevamente al auto, qué más da, se larga al gran centro comercial. Total, también se puede mirar sin tener que comprar, necesariamente. Pero las tiendas ya no son tan atractivas cuando suena incesante esa voz en la cabeza "no compres, no compres, no te endeudes". Tanta gente en el centro comercial. Se ven felices, ocupados, corriendo a una cita, a una reunión. Y él solo.
Reflexiona y recuerda que los sábados normalmente no son así. De hecho, se acumulan tantas actividades que quisiera que el día tuviera más horas. Pero este sábado no. No hay clase. No hay reuniones programadas. No hay cine. No hay una mascota esperando en casa. No hay interés.
Al salir de la plaza comercial sus ojos aprecian las primeras sombras de la noche. Ya no hay más a donde huir. Qué cansancio. Ni siquiera se le antoja meterse a algún lugar y empezar a beber, conversar con personas desconocidas. ¿Para qué? Así que enfila rumbo a ese hogar vacío, lleno de recuerdos tristes. En realidad sí hay mascotas esperando. Dos. Pero no son la mascota-niño. No son la mascota-hijo.
El televisor encendido para que ahogue el silencio. Creyó que ahora sí lo podía hacer, pero no... no pudo dormir en su cama otra vez. Permaneció en la incómoda seguridad del sillón. Acallados los pensamientos por las voces del televisor. Pero esa luz molesta, descobija. Así que apaga el televisor y enciende el estéreo. Se empieza a escuchar esa melodía reconfortante, interminable, repetitiva, que atraerá al bendito sueño y alejará a todos esos pensamientos tristes, a la ausencia de ese pequeño ser tan amado, a esa pesada soledad.

martes, julio 29, 2008

Con el Corazón Destrozado


No puedo concentrarme en mi trabajo. Quisiera correr muy lejos, avanzar por la carretera y sentarme en algún terreno. Solo. Olvidarme del trabajo, de todo y de todos. Llorar mi dolor. Ya he llorado mucho, pero parece que no es suficiente porque mi corazón sigue ahogado. Quisiera que no me importara que me vieran llorar. Quisiera que constantemente alguien me estuviera abrazando y con cariño me acompañara a salir de este trance.
He recibido mensajes muy bellos de mis amigos, de Erika, de Héctor. Isela ya ha llamado varias veces para preguntar cómo estoy (y sé que tienen tantos problemas qué resolver). Aquí en la oficina la solidaridad de Lupita y de Nayeli es patente y grandemente apreciada. Alma, Fer, sé que también se entristecen por mi pena.
Me siento tan vulnerable, tan triste y acongojado. Una vez más pienso que a pesar de mis canas, mis arrugas y estos 42 años transcurridos, mi corazón no creció. Es un corazón de niño que llora con desconsuelo la pérdida de su adorado Bimbo, y que tiene una gran necesidad de ser consolado y abrazado. Lloro, lloro, lloro.
Padre Celestial, ten compasión, hazme fuerte. Envía tu abrazo amoroso. Amén.

Un gran dolor: he perdido a mi amado Bimbo


No sé qué escribir. Dejaré que fluyan mis dedos por el teclado, mientras mi mente se aclara y me corazón deja de doler. Estaba sereno, afuera de la casa, pero volví a entrar y me ahogaron los sollozos al ver las cobijas en el piso, donde estuve por horas cuidando a mi Bimbo. Quité la toalla verde que tenía sobre el sillón, sobre la cual colocaba su platito de comida. Este platito lo tiré a la basura, no lo quiero ver más. No sé qué voy a hacer con su canasta, con su correa que le acabo de comprar. No sé qué hacer con esta casa, no sé que hacer con esta persona que sufre. No sé qué hacer con tantos recuerdos, con tantas imágenes que están marcadas en mi mente. Bimbo.
A media mañana decidí salirme del trabaja y me reuní con Isela en la veterinaria, para escuchar la explicación del doctor. Me informó que tenía múltiples fracturas y que lo más probable era que su vejiga estuviera rota, por lo cual aconsejaba como una opción practicar una cirugía de inmediato; sin embargo, me pedía que tuviera en cuenta que Bimbo no volvería a caminar más y que tal vez su calidad de vida sería muy pobre. La segunda opción era ponerlo a dormir.
No, no podía aceptarlo. Le pedí unos minutos más para platicarlo con Isela. “No lo puedo hacer”, le dije. “Sé que es una operación riesgosa y que no volverá a caminar, pero quiero que viva. Quiero que me acompañe. De ser posible lo cargaré conmigo a todas partes, al trabajo, a mis clases, a todas mis citas. No me importa.” Y aunque ella en un principio estaba a favor de dormirlo, estuvo de acuerdo conmigo en pedir al doctor que intentara salvarle la vida.
Toño querido, gracias por estar ahí en esos momentos. Sé que tuviste que desatender tus asuntos, pero aún así me acompañaste. Gracias, hermano.
Así que volví a hablar con el médico para hacerle saber mi decisión: quería que lo operaran. Pedimos verlo un momentito. Al llegar a su jaula me desarmaron sus ojos hermosos, pues me reconoció al instante. ¿Cómo iba a aceptar que lo pusieran a dormir? No, definitivamente no. Había que luchar por su vida, a pesar de los riesgos, a pesar del pronóstico, a pesar de no saber con qué se iba a pagar la operación.
En ese momento no lo sabía, pero por última vez meneó su rabito reconociendo a este hombre que siempre lo quiso tanto. Le tomé una última foto; gracias, Toño, por haberlo sugerido. Se puso inquieto, quería levantarse. Le hablé con la voz destrozada por el llanto, diciéndole que al rato regresaría por él, que me esperara. “Ahorita vengo”, es la frase que siempre reconoció. Y siempre le cumplí. Siempre regresé por él.
No quería estar solo. Acompañé a Isela a varios lugares: a su casa, a dejar a José Juan, Lupita y Sebastián al aeropuerto, a la casa de su tía Licha, donde comimos en compañía de sus tías y sus abuelos. De pronto me sentí inquieto. Ya quería salirme de ahí.
Con el corazón acongojado nos dirigimos nuevamente a la veterinaria, para saber qué había pasado. Fue un trayecto de gran inquietud, una y otra vez suspiraba pensando en Bimbo, tratando de alejar los horribles recuerdos del momento del accidente. “Tenemos que creer en que se va a poner bien, en que se recuperará”, le dije. Ella estuvo de acuerdo y dijo que teníamos que tener fe, que se sentía confiada.
Llegamos al hospital y de inmediato la señorita nos dijo que nos había estado tratando de localizar, sin éxito. Segundos después llegó el médico y pronunció las palabras que no quería escuchar. “No resistió la operación, tuvimos que ponerlo a dormir”. Me hice fuerte, mientras escuchaba algo acerca de una vejiga completamente destrozada, imposible de curar. En silencio me pregunté si pude haberlo evitado, si en vez de hacerle caso a María de Jesús, si en vez de esperar y esperar, me hubiera ido a otro hospital a que me lo salvaran, aunque me cobraran mucho dinero.
Nunca sabré si hubiera sido posible. No quisiera atormentarme con la culpa. Quizá era necesario que ayer estuviéramos todo el día juntos, solos, queriéndonos y recordando en nuestras mentes todos esos momentos vividos.
Mientras el doctor salió para ir a recoger su cuerpecito y sus pertenencias, me derrumbé. No soy fuerte, no lo soy. Lloré en ese momento y estoy volviendo a llorar ahora. Porque no era sólo un perrito, sino que era un pedazo de mi vida, de mi corazón, mi hijo precioso. Porque no atino a pensar cómo será todo de ahora en adelante. Sé que las cosas volverán a la normalidad, pero ¿mientras tanto? Tengo el corazón roto.
Hace rato le dije a Isela que pienso que tengo pocos motivos para seguir adelante en esta vida. Mamá es el principal. Bimbo era uno de ellos, uno de los más grandes. En estos momentos parece tan difícil mi andar, no es fácil encontrarle sentido a una vida de soledad, con dificultades por donde quiera. Sé que tengo a mucha gente valiosa a mi alrededor, pero ellos no están conmigo siempre. Sin embargo, la vida es bonita y sé que finalmente decidiré darle otra oportunidad, una vez más.
De regreso a Santa Catarina, cada quien en su auto. Yo cargando por última vez a mi pequeño Bimbo, un último paseo, pero él ya está dormido. Tenía tantos planes para los siguientes fines de semana, tantos paseos pendientes. Pero ya no. Un poco antes de llegar a mi casa, le dije a Isela que se detuviera. Bajamos de los carros y corrí a abrazarla, para asegurarle que estaría bien. Que no se preocupara demasiado por mí. También le agradecí por haber amado a Bimbo todos estos años, por haberlo alimentado, cuidado, por haberlo tenido cuando yo no estuve. Sollozamos abrazados, sólo nosotros entendemos este cariño tan fuerte, tan sincero y tan eterno. Un testigo nos ve desde enfrente. ¿Qué pensará? ¿Qué historia estará imaginando?
Nos despedimos. Sabemos que siempre nos acompañaremos y seguiremos pasando juntos por grandes alegrías y grandes penas, por la vida.
Estoy en casa, solo. Estoy esperando a Héctor y a Lobo, a quienes les pedí que me acompañaran un rato. También vendrá el amigo Fer, cuando salga de su trabajo. Ya hice un pequeño pozo en el jardín delantero, ahí reposarán los restos de Bimbo, muy cerca de los de mis queridos Lucas y Tobi. Escribir me ha serenado, pero aún así estoy impaciente porque lleguen mis amigos, necesito un abrazo de Héctor, mi “hermano mayor”. En las buenas y en las malas, con nuestras virtudes y defectos, siempre juntos.
En este blog he escrito algo de Bimbo. Pero faltaría tiempo y espacio para escribir tantas aventuras, tantos momentos. Para empezar, su origen. Héctor fue su dueño original, y al salir a un viaje nos lo encargó a Isela y a mí, hace poco más de 11 años. Héctor regresó, pero Isela se negó a devolver al cachorrito, adorable, hermoso y juguetón. Y se quedó con nosotros. Una vez lo llevamos a Tampico. Muchas veces a Galeana.
Junto con Lucas, fue nuestro pequeño cuando estuvimos casados. Lucas falleció años más tarde de una extraña enfermedad, pero él, más frágil y delicado, sobrevivió. Isela se quedó con él cuando yo me fui de la casa, pero meses después me lo devolvió. Siempre supe que ella hubiera querido quedarse con él, pero me quiere mucho y prefirió dejármelo a mí. Algunas veces lo llevé a que se quedara en la casa de Isela.
Bimbo, adorable Bimbo. Con tu carita preciosa a todo mundo conquistabas, todos querían acariciarte, estar contigo. Pero tú no a todos querías. A los niños ciertamente no. Les pido perdón a mis pequeños sobrinos, por esos mordiscos que les propinaste cuando intentaron acariciarte.
Bimbo precioso, me gustaba mucho hacerte enojar, perdóname. Pero creo que a los dos nos gustaba jugar. Gracias por dormir conmigo todas estas noches, por acurrucarte, por hacerme sonreír al verte acostadito y cubierto por las sábanas, como una pequeña persona. Gracias por permitirme quitarte el frío, darte todo este cariño que tengo.
En estas últimas semanas, a sugerencia de la monja budista, le había estado recitando mantras a Bimbo, para pedir que no vuelva a renacer como animal, sino como una persona, para que tenga la oportunidad de buscar y alcanzar su iluminación y librarse del samsara. Donde quiera que tú estés, mi querido Bimbo, te mando muchos besos y te abrazo fuerte fuerte contra mi corazón. Gracias por tantos momentos felices, gracias por tantos años junto a mí. Todo mundo sabe lo importante que eres para mí, así que desde hoy ya no soy tanto yo, estoy incompleto.

Un Terrible Accidente


Domingo soleado, tranquilo. Aún no hacía planes, pero suponía que iba a ser un placentero día de descanso. Ya había sacado a Bimbo a su paseo matinal para hacer pipí. Ahora estaba en el sillón, esperando que le sirviera de comer. Pero decidí que iría a comprar el periódico y se me ocurrió llevármelo... me miró no muy convencido, sorprendido de volver a salir tan pronto, pero de todos modos me lo llevé cargado.
Ya casi llegando a casa él venía caminando detrás de mí por la acera, yo me agaché a recoger el periódico y unas botellas del suelo y ahí empezó la desgracia: se bajó hacia el pavimento y en eso vino un carro que lo atropelló.
Corrí a levantarlo pensando lo peor. Por el dolor que sentía me mordió la mano, pero casi ni me di cuenta. La conductora del auto, una joven vecina mía, me dijo que subiera para llevarme a atenderlo. Por mi mente pasaban tantas cosas que no atinaba a indicarle la dirección; como pude le dije, pero encontramos cerrada la veterinaria. Le dije que intentáramos otra, pero también estaba cerrada. Yo intentaba marcar los números telefónicos en mi celular, pero me equivocaba una y otra vez, qué desesperación. Regresamos a la veterinaria Victoria, y gracias a Dios estaban abriendo. Rápidamente le expliqué la situación a la hija de la veterinaria titular, María de Jesús.
Pocos minutos después llegó ésta, y rápidamente se hizo cargo de la situación. Palpó a Bimbo y dictaminó que tenía una pierna rota, por lo cual procedió a inyectarle un analgésico, un medicamento para detener una posible hemorragia interna y otro para sacarlo del shock, evidenciado por sus pupilas dilatadas y fijas. Me dijo que me llamaría unas 8 horas después, una vez que Bimbo hubiera superado el shock, para determinar qué era necesario hacer, además de entablillarlo y enyesarle su pierna.
Su profesionalismo y rápida reacción me tranquilizaron un poco, pero debo haberle parecido muy alterado y nervioso pues me dio una palmada en el hombro y me aconsejó que me serenara. Pero no iba a ser fácil.
De regreso a casa, intenté llamar a Isela para ponerla al tanto, pero no contestaba en su casa ni en los celulares. Sabía que a ella le dolería mucho esta noticias, igual que a mí, pero también sabía que tendría mejor presencia de ánimo para ayudarme a decidir si había que llevarlo a alguna otra parte para que recibiera atención.
El caso es que estuve toda la mañana, toda la tarde y toda la noche junto a Bimbo, acostados en el piso lleno de cobijas y almohadas, hablando con él como me había sugerido María de Jesús. Sintiéndome solo. Haciéndome fuerte. Dándome cuenta de todo lo que quiero a mi Vaquero. Pensando cómo en un momento puede suceder una desgracia que lo cambia todo. Orando y pidiendo por su recuperación.
En muy poco tiempo me pareció que había salido del shock, pues ya volteaba a verme cuando le hablaba. Sus pupilas ya no estaban tan dilatadas, y aceptó de muy buen grado el suero que le compré. Dormité un par de veces, y al despertar de uno de estos lapsos noté que se había levantado de su canasta, y se había arrastrando lastimosamente hasta llegar a la puerta. Tal vez quería orinar, pero no pudo hacerlo. La siguiente vez hizo lo mismo, para acercarse a su vasito a beber agua. Y vaya que bebió, cosa rara en él. Resultó muy útil el collar que le compré apenas el sábado, pues trae un pequeño cascabel que me permite saber cada vez que se mueve.
Durante la noche dormí a ratos, preocupado por saber que estuviera bien. En ocasiones lo oía quejarse, por lo que supuse que ya había pasado el efecto del analgésico. En su canasta, él deseaba cambiar de posición por sí solo, como lo hace siempre, pero esta vez cada intento le causaba dolor, así que yo lo movía con mucho, mucho cuidado; dos o tres veces quiso morderme por el dolor que sentía.
De pronto estoy soñando, pero salgo de mi ensueño al oír que se queja; me acerco a él y se me abalanza al cuello. Ahí se quedó, enredado en mi cuello, en una posición laxa que le permitía descansar y sentir menos dolor. Pero de alguna manera también sentí que quería abrazarse a mí, sentir mi protección y mi cuidado de manera más cercana. Sentía que deseaba decirme que me quería.
Por fin llegó la claridad de la mañana. Hoy no hice mis ejercicios acostumbrados, ¿cómo hubiera podido concentrarme? Isela llegó por él para llevarlo al veterinario. Le expresé que hubiera deseado que pasara a verlo un ratito ayer, y ella contestó que no quiso hacerlo porque hubiera sentido mucho dolor. Lo sabía. La entiendo perfectamente. Me despedí de Bimbo, quien al darse cuenta de que lo dejaba se revolvió en su canasta, nervioso. Lo tranquilicé y le di otro beso.
Es media mañana y me muero por saber qué ha pasado. Pero no quiero inquietar de más a Isela, esperaré un poco más y le hablaré para saber.
Estoy confiado en que sólo se trate de una pierna rota, aunque me inquieta que pueda haber una herida interna. Trato de convencerme de que si así fuera no hubiera salido tan rápido del shock ni hubiera tenido tan buen aspecto ayer, mucho menos hubiera intentado caminar. Ya quiero que esté bien, para poder estar bien yo también. Lo quiero tanto, ahora seré más cuidadoso que nunca, no lo descuidaré ni un segundo.

lunes, junio 16, 2008

Y Ahora, los Papás

Esta vez les tocó el turno a los papás. La fiesta no es igual a la que se les hace a las sagradas madres, pero también hubo un ambiente festivo. No soy papá, y mi padre hace muchos años que está en el cielo, pero fui invitado a la casa de mi hermano Felipe, quien, como otros papás en tantos otros hogares, se lució preparando una magnífica carne asada en el jardín. Una plática sabrosa, disfrutando unas bebidas frías en el intenso calor del patio.
Luego, ya dentro de la casa, a comer en familia. Pásame las tortillas, qué picosa está la salsa, mmmmh qué suavecita la carne. Nuevamente me felicité por este cambio en mi rutina. Ojalá que haya más domingos así.

Y por la tarde seguí celebrando, siempre acompañado de Bimbo pues no hubo forma de regresarlo a casa. Estuvimos en un rancho con alberca, celebrando el cumpleaños de mi amigo Manuel. Tantos años de conocernos, desde que éramos unos jovencitos en nuestro primer empleo, dando clases de inglés en empresas. Ahora estuvimos juntos otra vez, con menos pelo, con más panza, pero con el mismo afecto. Y me puse a mirar a mi alrededor, cómo ha pasado el tiempo, ya la mayoría rebasamos la línea de los 40, yo con 42 abriles, otros se acercan peligrosamente a los 50... Manuel, Héctor, Pepe, César, Rogelio, Ramiro, otros amigos de amigos de amigos...
Las caras y los cuerpos son diferentes, pero la esencia es la misma. Las bromas y juegos, igual que cuando estábamos en la escuela, cuando éramos niños, cuando éramos jovencitos. Tan es así que Pepe no pudo resistir al balón y convocó a una cascarita, a la que sólo respondió Alfonso. Unos buenos raspones en las rodillas y una uña lastimada y sangrante le hicieron recordar que no es lo mismo Los Tres Mosqueteros, que 20 años después... Platicamos de otros temas, tenemos problemas diferentes y alegrías diferentes, pero seguimos compartiendo la misma amistad. Somos cuates.

lunes, junio 09, 2008

El Jazmín y la Higuera

Este sábado que visité a mi mamá, me regaló una planta de jazmín y una de higuera, las cuales ayer domingo me dediqué a plantar en mi micro-jardín, donde ya tengo un rosal, un naranjo, una anacahuita, un geranio, un tulipán y tres plantas de bambú.. todo un bosque. Esta es otra de mis aficiones, a la cual no le había dedicado mucho tiempo, pero ahora es un gusto asomarme por la ventana todas las mañanas y admirar todo ese verdor, las blancas flores de la anacahuita (que según leí atraen a los colibríes) y los olorosos azahares, en su temporada. Cuando tenga una casa más grande, me aseguraré de plantar muchos árboles... me imagino tener una casa completamente rodeada por muchos árboles y plantas de flores.

Mamá me dio el reloj que hace años le regalé, para que se lo lleve a componer. Me dio mucho gusto comprobar que, a pesar de los años, sigue apreciando ese reloj, ahora gastado y medio despintado. Al verlo le dije que mejor le iba a comprar uno nuevo, pero me dijo que no, que sólo quería que le pusieran una nueva pila y un extensible nuevo. Esta bien, mamá, ya comprendí que este reloj significa mucho para ti y quieres conservarlo, aunque ya no luzca tan bonito.

Tenía pensado recoger un pequeño artilugio de madera que sirve para dar masaje, el cual olvidé en casa de mamá la semana pasada. Sin embargo, al mencionarlo, ella me dijo que todos los días lo había usado y que le había servido mucho para aliviar un dolor en el hombro y en las manos. Es su manera de pedirme que se lo deje, lo cual hice con todo gusto.

Otra Canción

Este viernes tuve que ir a conseguir latas de alimento para el Honolable Vaquelo, y como siempre no pude resistir entrar a una tienda MixUp. Salí de ahí con un disco que me salió baratísimo, y que contiene una canción que hace muchos años deseaba volver a oír: "Terciopelo y Fuego", de José Domingo. Al llegar a casa y ponerme a cantarla, me di cuenta de lo mucho que me gusta, pero más que nada, que me inspira tanto que sin mucho esfuerzo puedo elevar mi voz sin sentir timidez, vaya, creo que voy avanzando.

miércoles, mayo 21, 2008

Vaquero


Vaquero, Bimbo, Bingo... es igual. Es mi perro. Es todo un personaje. Y siendo tan pequeño y tan frágil, he aquí que ya tiene 11 añotes... sobrevivió a mi adorado perro Lucas y también a Tobi. En estos últimos dos años ha tenido problemas, más que nada porque sus dientes se llenaron de placa y ante mi negligencia de llevarlo a una limpieza, se creó una infección que le causaba mucho dolor y le impedía masticar. Eso es lo que me dijo un veterinario. El caso es que de pronto dejó de comer croquetas, su alimento de toda la vida, y empezó mi suplicio, porque nada parecía gustarle. Diferentes marcas de comida para perro, pollo cocido, arroz, Gerber, etc.... comía un poquitito y luego se negaba a abrir el hocico. Era desesperante. Finalmente tenía que darle de comer a fuerza, metiendo las cucharadas en su boca como a un niño necio que se niega a comer. Pero gracias a eso fue que salió adelante.
El año pasado lo llevé al veterinario, y además de hacerle la limpieza que tanta falta le hacía, le dieron un tratamiento para curar esa infección crónica de sus encías. Y desde entonces, a un ritmo desesperantemente lento... ha empezado a recuperar el apetito. En estos momentos estoy feliz porque ya empezó a comer croquetas otra vez. Claro que ahora tienen que estar bien remojadas o pulverizadas, pero lo bueno es que ya no tengo que recurrir a cocinarle carne molida o pollo. Las croquetas le dan toda la nutrición que necesita.
Todas las mañanas despierto y está junto a mí, en la cama. Pero desde hace algún tiempo ya no se levanta, sino que me espera a que yo me levante, desayune algo, me bañe, y justo cuando estoy terminando de vestirme ya me avisa que quiere que lo baje de la cama, para sacarlo a la calle a hacer pipí. Es una rutina que me maravilla y me divierte, todos los días igual, preciso como un reloj.
Este fin de semana invertí una buena cantidad: otra vez croquetas ProPlan, más una pasta dental, más una lata carísima de comida especializada para prevenir enfermedad renal. Fue una buena cantidad de dinero. Y eso que todavía me faltó comprarle un tubo de vitamina y un enjuague bucal... es que no quiero que le vuelvan a hacer la limpieza dental porque requieren aplicarle anestesia general y siempre existe el riesgo de que muera. Simplemente no lo quiero arriesgar y mejor le lavo sus dientes, aunque no quiera.
Bimbo es una gran compañía para mí. No es un perro cariñoso. A veces pienso que actúa como gato, sólo busca su comodidad y sólo me da atención cuando yo le doy de comer o le arreglo su cama. No, definitivamente no es como mi Lucas, que me seguía a donde quiera que yo fuera, que no podía estar sin mí, que se pasaba horas lamiendo mi cara o alguna pequeña herida en mis manos o en mis pies.
Pero, a su modo, sé que Bimbo me quiere y está acostumbrado a estar conmigo. A veces pasa temporadas en casa de Isela, y cuando voy de visita se pone muy contento y quiere regresarse conmigo, aunque apenas hayan iniciado sus "vacaciones". No es cariñoso, pero es un perro hermoso, que de verlo dan ganas de acariciarlo. Aunque más de un niño o adulto se han llevado la sorpresa de que Bimbo responde a las caricias con unos furiosos intentos de morder al atrevido. Le encanta estar acostado... ah, cuántas mañanas al salir a trabajar y verlo acostado, me dan tantas ganas de no ir a la oficina y quedarme ahí también, disfrutando un día de descanso. Sé que un día lo haré.