lunes, febrero 22, 2021

Viviendo en un Automóvil

Con esta ya son varias semanas en las que he visto una marcada disminución de mi carga de trabajo. Por una parte, ha sido una bendición, pues esto me ha permitido descansar y recuperarme de mi reciente pérdida... no sé si mi concentración en el trabajo hubiera sido óptima.

Pero, por otro lado, empiezo a preocuparme un poco, pues si bien todos los inicios de año se caracterizan por la reducción en el número de proyectos de traducción en enero, ya estamos prácticamente a fines de febrero y la situación sigue igual.

Creo que la principal causa es el impacto económico global de la pandemia, pero también se suman situaciones como las severas tormentas de nieve en Estados Unidos y algunas partes de Europa, la celebración del Año Nuevo Chino (por ejemplo, no se están surtiendo chips para satisfacer la demanda de las armadoras de autos, obligando a paros técnicos).

En fin, espero que poco a poco se vaya recuperando mi trabajo, y si no es así, pues tal vez habrá que reinventarse. Todos los cambios asustan, pero también sé que todos los cambios son buenos. Bueno, eso dicen...

Con más tiempo libre y sin la opción de salir a pasear por la ciudad o emprender un anhelado viaje, debido a que aún hay riesgos de contagio de Covid y a que ha habido días muy fríos, me he dedicado a dormir más, escuchar un audiolibro que parece interminable (Anna Karenina), pasar demasiado tiempo revisando las redes sociales, pero sobre todo viendo videos en YouTube.

Aparte de películas mexicanas, veo reseñas de automóviles, escenas de autos atascados en carreteras debido a tormentas de nieve, sesiones de quiropráctica o bien de masajes corporales tailandeses, japoneses y vietnamitas (estos videos son de ASMR, o respuesta sensorial meridiana autónoma) lo cual, en términos generales, significa que producen un estado de tranquilidad, relajación y somnolencia; noticias del mundo, cortometrajes, videos musicales, etc.

Entre todos ellos, un tipo de videos que ha llamado poderosamente mi atención es el de personas que deciden dejar de pagar el alquiler de su casa (o bien ya no tienen dinero suficiente para hacerlo) y optan por vivir en su auto. Estos vehículos no son las clásicas casas rodantes de grandes dimensiones, equipadas a todo lujo: recámara, baño, cocineta, espacios para comer, ver TV o sentarse a leer un libro.

Más bien, se trata generalmente de vehículos tipo SUV de tamaño mediano, aunque también hay quienes convierten sus sedanes medianos o incluso vehículos subcompactos en su hogar sobre ruedas. El equipamiento también varía, desde aquellos que invierten en modificaciones casi profesionales, modernos generadores solares y otros utensilios y artilugios de avanzada tecnología, hasta aquellos otros que adquieren unas cuantas piezas de madera, contenedores de varios tamaños, cajas, unas cuantas piezas de plástico y emprenden la aventura de su vida.

Las personas que deciden vivir en su auto son de todo tipo: jóvenes profesionales que deciden tomar un año sabático, hombres con buenos recursos económicos y con la vida resuelta pero que aman la aventura, mujeres de edad madura que por circunstancias de su vida vieron disminuidos sus ingresos, parejas de aventureros extremos que recorren el país o inclusive el continente. Casi todos los nómadas modernos que he visto son de Estados Unidos, pero también hay unos cuantos europeos y uno australiano; también hay una o dos parejas sudamericanas que relatan en varios videos su viaje por el continente.

Me impresionó un video de un hombre japonés que documenta un día de su vida: después de trabajar en una oficina en Tokio, sale a realizar compras en un par de tiendas, luego conduce su pequeño automóvil hacia las afueras y se estaciona debajo de un puente; cambia su traje por una vestimenta más informal, calienta su cena utilizando una diminuta estufa que utiliza una pequeña lata de gas butano, ve un poco de televisión, ora por unos momentos y se va a dormir. A la mañana siguiente, se lava en un arroyo cercano, desayuna, prepara su comida para la hora del almuerzo, se viste y se dirige de nuevo a su oficina en la ciudad. Es lo que se dice un "homeless" (sin hogar), pero sin la carga despectiva que comúnmente se asocia a este término.

Estos videos llaman mucho mi atención porque desde hace muchos años he tenido un deseo muy escondido de viajar por mi país en una casa rodante, para así poder conocer todas las ciudades y pueblos que me interesan. Sin embargo, no lo he llevado a la práctica, quizá porque la idea me gusta, pero también me asusta: lo desconocido, los riesgos que pueda haber en el camino, el apego que siento por el lugar donde he vivido desde que nací. Cada cierto tiempo saco ese sueño de mi baúl y me permito acariciarlo, pero luego vuelvo a guardarlo.

Igualmente, en varias ocasiones he soñado con irme a vivir a otro estado, en una casa cerca del mar o bien en una cabaña en la sierra; inclusive hace unos tres años viajé a Oaxaca para tratar de ver cómo sería vivir en aquel lugar, pero la experiencia no pasó de poco más de dos semanas: es el apego que he mencionado antes lo que no me ha permitido dejar salir al hombre intrépido y aventurero que hay en mí.

Por supuesto, anteriormente irme a vivir a un lugar lejos de mi tierra hubiera significado sobre todo alejarme de mi madre, de quien siempre estuve cerca, no solo porque la necesitaba, sino porque su compañía me hacía sentir dichoso. Ahora es ella quien se ha ido a un mejor lugar, yo sigo aquí y es por eso que vuelvo a sacer estos sueños del baúl. Quién sabe...

viernes, febrero 05, 2021

Mi madre, mi luz, mi universo

Desde hace algún tiempo sabía que ese día llegaría... traté de acostumbrarme a la idea, pero me fue imposible.
Y finalmente, el domingo 31 de enero se apagó la luz que me iluminó desde que nací; mi madre amada, mi compañera de aventuras, mi maestra, expiró su último aliento y trascendió de este plano terrenal.
Ahora estará en algún lugar mejor, en el Cielo, en compañía de mi padre, de mi hermana Carmen y de tantas personas queridas para ella que fue perdiendo en el camino de la vida.
Toda su vida fue una mujer muy fuerte y lúcida, hablantina y andariega, con gran inteligencia a pesar de no saber leer ni escribir y carecer del oído. Desde sus primeros años fue apartada de su madre, así que vivió una dura infancia en la casa de una y otra tía. 
Quedó viuda a su 42 años, con 10 hijos, los mayores apenas saliendo de la adolescencia, pero esta mujer de acero no se dejó vencer. Con una admirable sabiduría, utilizó parte del dinero de la pensión para comprar una casa, su casa propia, al fin; ella me enseñó que "casa de renta, dinero tirado a la basura".
De modo que nunca nos faltó un techo; comida siempre hubo también, gracias a que mis hermanos mayores empezaron a trabajar y aportaban dinero para la subsistencia de toda la familia, nunca dejaré de agradecerles su sacrificio.
Mi madre se dedicó enteramente a sus hijos. Sin palabras, pero con acciones, nos dio ejemplo y nos formó como personas disciplinadas, responsables, trabajadoras, progresistas y de buen corazón, pero sobre todo, agradecidas: todos, de alguna manera u otra, vivimos siempre para recompensar a nuestra madre todos los sacrificios y penalidades que pasó para criarnos.
Desde hace aproximadamente una década, una niebla fue formándose poco a poco en su memoria, hasta volverse espesa e impenetrable. Lo fui notando en sus silencios inusuales, increíbles, inconcebibles. Todo el tiempo, tan pronto entraba yo en la casa, ella empezaba a hablar sin parar... con un gran entusiasmo me ponía al corriente de todo... después solo eran largos silencios y miradas al vacío que yo no comprendía.
Ello no concordaba con su aspecto fuerte y sano, pues llegó a sus últimos años sin diabetes, sin hipertensión... solo su corazón fue debilitándose poco a poco.
En el frío invierno del 2014 hubo que hospitalizarla a causa de una neumonía. Recuerdo aún las palabras de la doctora, advirtiéndome que me preparara y alistara los documentos, pues mi madre estaba en peligro de muerte. Pero se equivocó: ella no sabía que mi mamá era sumamente fuerte y que su momento aún no llegaba.
Pasó el tiempo. En estos últimos 3 o 4 años, su cuerpo siempre fuerte y recio empezó a debilitarse, poco a poco, se hizo más pequeña, la niebla en su memoria se hizo total, aunque con algunos destellos ocasionales de claridad.
Los últimos meses de su vida se convirtió en una madre extremadamente cariñosa; yo creo que este era su carácter natural, pero pocas veces lo demostró en vida, quizá por la infancia que vivió, tan desprovista de cariño, por haber crecido sin padres.
¡Ay! Cómo se alegraba mi corazón cuando llegaba a verla y veía cómo se le iluminaban los ojos, me hacía ademanes para que me acercara y poder abrazarme y besarme, me apretaba las manos, me decía "te quiero mucho" y "qué chulo m'hijo".

En uno de tantos desayunos, agosto de 2015.


En una o dos ocasiones tomó mi manó para besarla, como se hacía antes con las personas de respeto. Yo me sentí muy desconcertado e instintivamente pensé en retirar la mano, pero después me dije: ¿quién soy yo para impedírselo? No sabía si me estaba reconociendo o si me confundía con alguien más, pero la dejé hacer.
Sus cariños también los regalaba a mis hermanos y hermanas, a mi sobrina Mireya y a su hija Nicole, sus cuidadoras hasta el último día, a mis demás sobrinos, a sus nietos y bisnietos adorados.
Este último invierno no fue bueno con ella, pues volvió aquella enfermedad de aquel 2014, pero ahora mi madre había vuelto a ser una niña y su cuerpo menudito ya no pudo resistirla. Me tocó estar junto a ella, hacer todo lo posible por sacarla adelante con la ayuda de todos mis hermanos, administrarle medicamentos, atestiguando su cansancio con gran impotencia... pero a sus 93 años y medio había llegado el momento de despedirse de todos nosotros. Y descansó.
En el minuto final, mi hermana Lola, con gran devoción y cariño, ungió su cabeza con aceite y pronunció hermosas oraciones rogando a los ángeles que acudieran a su encuentro.

Aunque estoy en el otoño de mi vida, mi corazón de niño sufrió un gran dolor al quedarme sin la luz de mi vida. Me dicen que no llore, pero cómo no hacerlo, si ella para mí fue siempre mi universo. Como soy un hombre sin cónyuge ni hijos, pude dedicarle gran parte de mi tiempo: la llevé a varios viajes, incontables paseos aquí en la ciudad, la tuve de visita en las diferentes casas en que he vivido, disfrutamos muchos almuerzos, comidas y meriendas en restaurantes de toda la ciudad. En los últimos tiempos ya no fue posible salir a pasear, así que solo la acompañaba en su casa.
Digo que la acompañaba, pero digo mal: ella me acompañaba a mí. Ahora sé que era yo quien necesitaba su compañía, y por eso la procuraba tanto. En ocasiones el trabajo y otras ocupaciones me impedían ir a visitarla, podían pasar algunos días sin que fuera a verla, pero al poco tiempo sentía una imperiosa necesidad de verla y corría a su encuentro. ¿Por qué no habías venido? Esta era su pregunta... me la repitió muchas, muchas veces... no hace mucho fue la última vez, en uno de sus días de claridad mental.


Último cumpleaños,
31 de julio de 2020
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Han sido días de lágrimas y tristeza, y sé que lloro por mí, porque me he quedado sin ella. También ha habido momentos de alegría, al saberla en un lugar mejor, donde algún día nos volveremos a encontrar. Ya fui a visitar su tumba; le agradecí todo lo que me dio y recordé todos los momentos que vivimos juntos. También le aseguré que voy a estar bien, que seré fuerte como ella me enseñó y le dije muy quedito que no me llame a su lado muy pronto, pues hay algunas cosas que quiero hacer.
Siempre la admiré. Pienso que si hubiera aprendido a leer y escribir sería una gran científica, una mujer de letras, una eminencia. Tengo tantas anécdotas, tantas vivencias hermosas a su lado que podría escribir un libro, esos recuerdos hermosos son los que me ayudan a ir encontrando consuelo poco a poco.
Hasta siempre, mi adorada mamacita, mi Nachita, mi universo, mi luz, mi todo.