jueves, noviembre 02, 2017

Nadie Gana, Todos Pierden

¿Por qué me habrá afectado tanto tu partida, Chacho? Será por la manera en que decidiste irte... o tal vez porque lamenté mucho no haberte buscado para hablar contigo, para escucharte, para darte consejos. Tan cerca y tan lejos: vivías a un par de cuadras de mi casa, pero ni aún así convivimos más.
Casi todas las veces que te veía ibas caminando de prisa, como el conejo blanco de Alicia, zum zum zum a la escuela, zum zum zum de regreso a tu casa. No se me olvida que sabías exactamente cuántos minutos tardabas en llegar de tu casa a la parada del camión, cuánto duraba el trayecto y luego durante cuántos minutos caminabas hasta la puerta de la escuela.
Antes platicábamos brevemente en las juntas de los martes, pero dejaste de ir... En susurros, temiendo ser visto, me preguntabas cosas, me contabas cómo te gustaría vestirte con pantalones ajustados, comprar un carro con el dinero que habías ahorrado, salir con tus amigos a tomar un café...
Espero que te haya servido hablar conmigo. Te decía que eras muy joven y deberías vivir de la manera en que tú quisieras, que eras libre... pero no quisiste o no pudiste salir de ese círculo en el que habías quedado atrapado.

Memo ha sido mi cliente de traducciones desde hace varios años, y a lo largo de este tiempo hemos desarrollado también una amistad. Gracias a él he conseguido algunos clientes más, y también por su consejo fue que me vine a vivir a este rumbo.
Como neumólogo es toda una eminencia, y como persona es muy respetado, siempre discreto, muy mesurado y reservado, dispuesto siempre a ayudar a los más necesitados. Por eso no daba crédito cuando me confesó que en ocasiones sufrías unos terribles ataques de celos y lo acusabas de meterse con sus pacientes y sus alumnos, empezaba una acalorada discusión y terminábas golpeándolo con furia.
Un día me mandó hablar. Me pidió que lo ayudara a colocar toda tu ropa, tus pertenencias y tus libros en bolsas y cajas; sin parar de llorar, como pudo me dijo que la noche anterior lo habías golpeado y quería que te fueras y no volvieras más.
Después de eso ya no volvió a mencionar el asunto, y yo no quise preguntar. Ya no te vimos en las juntas, tomando la lista de asistencia, y supuse que te habías marchado para siempre. Pero después te volví a ver en su casa, supe que habías vuelto, pero no conocí los detalles.
Con Memo no pude hablar, pues siempre evadía el tema muy diplomáticamente. Y pensé en hablar contigo, saber qué pasaba; quería decirte que lo mejor sería que te fueras e iniciaras una nueva vida. Pero no fue posible.
Después me enteré que un día discutieron mientras caminaban cerca de su casa, que lo golpeaste con una botella en la cabeza y, echando a correr, lo dejaste tirado en la calle. Me dije que, de continuar así, las cosas terminarían mal, pero, ¿qué hacer? Fui un testigo involuntario, sin posibilidad de intervenir.

El autobús iba apenas saliendo de la Central de Autobuses de Durango. Yo me acomodaba en mi asiento cuando entró la llamada a mi teléfono: era Memo. Desesperado, me pedía que fuera inmediatamente a su casa, que lo habías golpeado otra vez y él se había encerrado en su cuarto. Temía que te hubieras cortado o hecho daño, y ya había llamado a la policía.
Sintiendo una gran impotencia, le dije que me encontraba fuera de la ciudad; sentí su desesperación cuando me dijo que le llamaría entonces a Víctor, su mano derecha, aunque él vivía un poco más lejos.
Yo ya no estuve a gusto; intenté hablar con Víctor, pero no contestó, así que le dejé mensajes a él y a su hermana pidiendo que me llamara urgentemente. Cuando se reportó unos minutos después, empecé a decirle que era urgente que se presentara en casa de Memo, pero me interrumpió diciendo: "Ya estoy aquí. Chacho se suicidó".

No se puede explicar lo que se siente al escuchar una noticia así, a varios cientos de kilómetros. Recordé tu cara, siempre sonriente, sin malicia, y no podía dar crédito. No podía y no puedo comprender por qué lo hiciste, como tampoco lo comprenden tus compañeros, los niños a quienes diste clases, los papás, tus vecinos.
Hay quienes te juzgan, y yo siento como si hablaran mal de un hijo mío y me duele; te defiendo y les digo que no pudiste hacer otra cosa, que estabas tan mal que no pudiste ver otra manera de salir de ese pozo oscuro, que te faltó quién te ayudara de verdad.
El sicólogo del Seguro dice que en un suicidio nadie gana y todos pierden; Bugs Bunny opina que el suicidio se gesta desde la infancia. Quizá siempre sufriste, Chacho, quizá no fuiste querido, quizá nadie escuchó los sueños más profundos de tu corazón.
Estos días he estado muy afligido al comprender que ya no te veré más, sonriendo siempre, caminando de prisa por la calle. A la luz del atardecer, he creído verte pasar. He temido que te aparezcas por la noche. Pero ahora me siento más tranquilo. Deseo que estés mejor y que tu corazón esté en paz. No pierdas la sonrisa, me dio gusto haberte conocido, Chacho. Gracias por haber confiado en mí.