lunes, junio 13, 2016

La Muerte del Herrero

Cuando llegué a vivir a esta casa donde ahora vivo era invierno, y recuerdo muy bien cuánto me agradó que, por más fría que estuviera la temperatura afuera, en el interior se disfrutaba un calorcito sumamente agradable que hacía completamente innecesaria la calefacción. Era delicioso dormir sin tener que usar una abrigadora pijama ni cubrir la cama con pesadas cobijas.
En más de una ocasión recuerdo haber salido por la mañana de camino a la oficina, solamente para regresar a los pocos minutos por una buena chamarra, bufanda y gorro... la diferencia de temperaturas dentro de la casa y fuera de la casa era enorme.
Y llegó la primavera. Y luego el verano. Ay Dios, qué casa tan insoportablemente caliente. Por una parte, su distribución hace que el aire no circule libremente, y en los días más calurosos casi es posible sentir una masa compacta y asfixiante de aire caliente suspendida en lo alto.
Por otra parte, a todo lo largo de la pared oriental de la casa hay cinco enormes ventanas por donde entra a raudales la luz (y el calor) del sol. Además, en la primera de las tres habitaciones construidas una tras otra hay dos puertas. Sí, señor, dos puertas.
Y es en esta habitación donde instalé mi bello escritorio de madera y mi computadora, ahora que trabajo en casa. Pensé que sería muy agradable, pero en ocasiones simplemente tengo que parar porque el calor es insoportable. Sobre esta habitación se encuentra la terraza del dueño de la casa, así que el techo es una gruesa placa de concreto, de las antiguas, que se calienta a una elevada temperatura todas las tardes y me transmite todo el calor gratis a mi sala-oficina.
De momento, no puedo comprar un equipo de aire acondicionado, así que he estado buscando ideas para lograr que el aire circule libremente y ayude a refrescar un poco la casa. Una de ellas es cubrir los vidrios de las ventanas con material aislante (los rollos de plástico con burbujas son una excelente opción).
También noté que al abrir la ventana de la recámara podría entrar una buena cantidad de aire fresco por la noche; pero antes no lo hacía porque, como no tenía mosquitero, si la abría tal vez estaría más fresco, pero los mosquitos, que abundan en la zona por la gran cantidad de vegetación, no me dejarían dormir. Solución: mandar hacer un mosquitero de inmediato.
El lunes no pude hacerlo porque tuve mucho trabajo, ni el martes. El post-it pegado sobre el escritorio me recordaba una y otra vez la tarea pendiente.
Así que el miércoles a las 8 de la mañana salí de casa, con la libreta en la que había apuntado las medidas. Pero antes de dar un paso pensé que era muy temprano, que la herrería ubicada a unas tres cuadras no estaría abierta y sólo perdería mi tiempo. De modo que decidí mejor sacar a pasear a los perros al parque, algo que disfrutan enormemente. Luego regresé y me bañé, y ahora sí, ya más presentable, me dirigí a la herrería.
Al acercarme a la esquina donde está el negocio, pude ver que había cerrado el paso en la calle transversal colocando cintas amarillas, además de que había dos patrullas y un grupo de gente. Pensé que había ocurrido un choque y continué caminando, al llegar me asomé al interior del taller de herrería pero no vi a nadie.
Una de las personas que estaban junto con los policía me miraba insistentemente, así es que caminé unos pasos y le pregunté si él era el herrero.
"No", me dijo con una mirada nerviosa. En eso el policía volteó a mirarme y me dijo, "Está dentro de la línea amarilla, sálgase". Prontamente lo obedecí. En eso el hombre que me miraba insistentemente me informó que habían asesinado al herrero, y que él creía que habían sido "los malos". Me quedé mudo de la impresión. Quiso saber a qué iba yo al taller, y respondí rápidamente que sólo iba por un presupuesto, mientras me alejaba caminando de ahí. No quise esperar a que me sometieran a interrogatorios, a mí que no tenía literalmente ninguna vela en el entierro.
Tratando de no pensar en nada, caminé sin detenerme hasta que llegué a casa. Y fue entonces cuando empecé a llenarme de miedo, cuando lo pensamientos llenaron mi cabeza ¿Y si hubiera llegado a la herrería una hora antes, como lo había planeado originalmente? ¿Qué había pasado en realidad? ¿Qué tan peligrosa es la zona donde vivo? ¿Será necesario cambiarme de aquí? ¿Qué está pasando en la ciudad?
La noticia no salió en los periódicos ni en la televisión. Ese día por la tarde, en la sala de espera de un negocio, leí en un periódico que los niveles de violencia en la ciudad este año ya rebasan a los que había en el 2011, ese año en el que se vivió una sicosis generalizada ante la gran cantidad de hechos delictivos que en su mayoría quedaron impunes.
Pero ahora, cinco años después, nadie dice nada, los periódicos no publican estos hechos, ni los noticieros de televisión tampoco. Lo cual resulta sumamente inquietante. ¿Cómo tomar precauciones, si no estamos al tanto de lo que está pasando?