lunes, agosto 21, 2017

La Entrega, en las aguas de Huatulco

La tarde anterior me había comprado dos pares de huaraches, y decidí estrenar uno de ellos para asistir al convivio. Eran unos rústicos huaraches de color claro casi blanco, con suela de llanta y de cuero "crudo" (sin tratar); tan rígidos que a los pocos minutos me hicieron sentir muy incómodo. Ni modo, había que aguantarse. Estaban tan bonitos que bien valía la pena el sufrimiento de domarlos.
En pleno convivio, una señora muy sagaz observó mi flamante calzado y adivinó el sufrimiento de mis pobres pies a causa del rigor de la piel cruda. Me preguntó de qué número eran, y cuando le respondí, le ordenó a su hijo, que se encontraba frente a mí, que me prestara los suyos, también nuevos y del mismo  número; eran de color cobrizo y la piel era mucho más suave, la suela era más ligera también.
Yo, tratando de ser amable, le dije que no era necesario, pero su esposo se unió y entre los dos insistieron tanto que el muchacho y yo tuvimos que intercambiar nuestros huaraches. Si bien mis pies agradecieron el descanso, a mí me habían gustado mucho mis huaraches, por lo que más tarde le dije al joven hombre que volviéramos a hacer el intercambio, pero no quiso ni oírme, me dijo que para él era más importante que yo estuviera cómodo. Así que ya no insistí, ay, y me quedé con unos huaraches muy bonitos pero que no eran los que yo había elegido.
A la mañana siguiente me levanté muy temprano, pues antes de partir al siguiente destino quería volver a comprar los huaraches rústicos que tanto me habían gustado en el Mercado 25 de Septiembre. Pero tuve que quedarme con las ganas, porque como apenas eran las 7, estaba cerrado y según me dijo una señora faltaban aún dos horas para que abriera; me extrañó mucho, pero recordé que estaba en Oaxaca, muy lejos del ajetreo y la vida acelerada de la Ciudad de México y de Monterrey.
De modo que abordé un taxi hacia la central de autobuses y al poco tiempo ya me encontraba en el autobús que me llevaría a la última parte del viaje: Huatulco. Por el camino pasamos por Tehuantepec; muy poco fue lo que pude observar desde mi asiento, pero fue suficiente para desear regresar a conocerlo.
Parque La Crucecita. Al fondo, la iglesia.

También pasé por Salina Cruz, un lugar del que he escuchado tanto, principalmente por su refinería. Uno de los asistentes al convivio trabaja ahí como bombero y me contó muchos detalles sobre el incendio que ocurrió un par de meses atrás, que de no haber sido contenido hubiera resultado en una gran tragedia.
En poco tiempo se empezó a ver y a sentir el mar... por fin... en general, para mis vacaciones yo prefiero conocer ciudades y sitios arquelógicos, pero esta vez tenía un gran deseo de ir al mar y fue por ello que en lugar de quedarme en Juchitán un día más decidí incluir una visita a Huatulco.
Al llegar a la central de autobuses pasó por mi mente comprar el boleto de regreso para esa misma noche, pues era imperativo estar a primera hora en Oaxaca de Juárez porque mi vuelo saldría a las 2 de la tarde. Vi que había corridas a las 11:30 P.M. y 12:00 A.M.,  pero nuevamente el hambre me distrajo (no había desayunado) y en lugar de ir a la taquilla fui al taquillo: una fonda que se encontraba cruzando la avenida. De ahí, caminé unas cuadras hacia el centro y abordé un taxi para que me llevara a la playa La Entrega, que según me habían dicho es la mejor de las bahías de Huatulco.
Bajé del taxi en una explanada desde la cual se veían las azules aguas del mar... ah, qué hermoso espectáculo para mis sentidos. Me invadió una gran ansiedad por meterme al mar, así que después de guardar mis cosas en un negocio de renta de lockers (lo agradecí enormemente), salí corriendo y me zambullí en el agua, de donde no saldría en varias horas.
Este es mi regalo, me dije en silencio. Y fui muy feliz, disfrutando a plenitud el agua salada, la brisa marina y un sol esplendoroso. Observé a las familias de bañistas, también felices disfrutando la playa. Muy cerca, en uno de los cerros que la rodean, se yergue una construcción en proceso, quizá un hotel. Sobre unas piedras cercanas a la orilla, me senté a observar los peces de colores que nadaban muy cerca, algunos de ellos, diminutos, hasta se atrevían a mordisquear los dedos de mis pies.

Feliz en las aguas de Huatulco.

Pasó el tiempo y, sin muchas ganas, salí del agua para bañarme, vestirme y regresar al centro a comer. Algo que es obligado decir es que la limpieza en todo Huatulco es impresionante: no hay basura tirada en ningún lugar y todo luce absolutamente ordenado y limpio. Tras la comida en Tostados's Grill, un paseo obligado en el autobús turístico ya al caer la noche y de ahí, a correr a la central de autobuses, donde me aguardaba una sorpresa: ya no había boletos.
Se me fue el alma a los pies. Me odié.
Pero rápidamente recordé que, cerca de la fonda donde había almorzado en la mañana, había un negocio de camionetas con servicio directo a Oaxaca, y que también tenían corridas a esas horas de la noche. Hacia allá me dirigí, y afortunadamente sí había boletos para la salida de las 11 de la noche. Me recalcaron que el servicio era directo a Oaxaca.
Pronto supe lo que significaba: no se van por la costa, sino que atraviesan toda la sierra. Me dieron escalofríos. La sierra. De noche. Y yo que soy tan miedoso, pero no había marcha atrás, después de todo, mis viajes son siempre triple A: alegría, aventura y adrenalina, ¿no es así?
Las calles de Huatulco, muy limpias.

Está por demás decirlo, pero no pude pegar ojo, en primer lugar por el incomodísimo asiento en la última fila de la Mercedes Benz Sprinter (los herrajes del cinturón de seguridad, desprovistos del plástico, se me enterraban en las caderas), pero también por la tensión que me provoca viajar por las sierras. Gracias a esto pude admirar las poblaciones serranas por los que pasamos.
El conductor de la van fue un as del volante: con una precisión incomparable sorteaba las innumerables curvas, una tras otra a buena velocidad y sin movimientos bruscos o innecesarios, atravesamos lugares con lluvia y otros con niebla, pero gracias a Dios parecía que este hombre conocía cada centímetro de la carretera. De madrugada, sano y salvo, desvelado pero agradecido, llegué a Oaxaca de Juárez.
Saborée un estofado de pollo y bebí a sorbos mi último chocolate de agua en el mercado. Luego a visitar unas tiendas y luego una visita rápida al Centro Cultural Santo Domingo, pues mi hermano Felipe me recomendó que no me lo perdiera. Tenía poco menos de dos horas, que fueron totalmente insuficientes para recorrer todas sus salas y admirar sus acervos. Más y más razones para volver a Oaxaca.
Se fue llegando la hora... caminé hacia el mercado, compré una rica empanada para consolarme por la nostalgia que ya empezaba a invadirme y en un taxi me dirigí al aeropuerto. Así concluí esta segunda visita al hermoso estado de Oaxaca. Hasta pronto, Lulaa.