miércoles, enero 14, 2015

Hasta Pronto, Carmen, Gracias por Tanto Amor

Han pasado siete días, pero todavía no lo asimilo del todo: imagino que sólo tengo que marcar su número de teléfono para escuchar su voz; o que al rato que salga del trabajo podré ir a casa de mamá y Carmen me recibirá en la puerta, efusiva y cariñosa como siempre. Pero Carmen ya no está aquí: tenía tanto, tanto corazón que se le desgastó y dejó de latir la mañana del 7 de enero.
Apenas una hora antes me había enterado de que se había puesto mal; estaba en la oficina y me negaba a creerlo… no acertaba a hacer nada y ocupaba mi mente en algún asunto urgente; pero ya no pude más y me salí de prisa. Llegué sin aliento al hospital después de correr muchas cuadras, y me recibió llorando mi sobrina Mireya. Me decía que ya se nos había ido, pero yo me resistía a creerlo… me sentí súbitamente abandonado, enojado, herido, impotente. Mi hermano Juan la había acompañado en la ambulancia, y me dijo que ya no podía verla. ¿Cómo que no?, grité, ¿Por qué no?
El esposo de Mireya, sin hablar, me condujo hacia donde estaba mi hermana. “Ahí está”, musitó señalando detrás de una cortina. Y yo me asomé. Una enfermera retiraba el equipo médico con el que habían intentado prolongar su vida. De un vistazo comprendí que inevitablemente la había perdido, no quise ver su desnudez y me retiré llorando.
Su partida repentina fue un golpe muy duro para todos los hermanos, intentábamos consolarnos unos a otros, abrazándonos, compartiendo nuestro dolor. Pasaba el tiempo y no podíamos creerlo, nos negábamos a creerlo.
Me ha dolido mucho, pues ella fue mi segunda mamá, pero poco a poco he ido sanando gracias a que prefiero acordarme de sus enseñanzas, de todos los momentos buenos que pasamos, de su fuerza, de su amor, de la dedicación inflexible con la que cuidó a mi mamá los últimos cinco años de su vida.
Tengo la satisfacción de haber sido un buen hermano y un buen hijo para ella, pero de pronto pienso en todas las cosas que me faltaron por hacer o por decir. Quisiera haberle dicho lo importante que era para mí, lo mucho que significaba su apoyo incondicional. Quisiera haberle dicho lo mucho que admiraba porque es la única persona que conozco que hizo siempre lo que quiso y la opinión de los demás verdaderamente, literalmente la tenía sin cuidado: simplemente no existía.
Muchos domingos, cuando iba a visitarlas a ella y a mamá, me recibía con una efusividad que me hacía sentir incómodo, nunca atinaba a comprender por qué le causa tanta alegría verme. Me decía “mi güero precioso” , me abrazaba muy fuerte y me plantaba besos en las mejillas. Ay, si no hubiera sido yo tan seco… ay, si hubiera sabido responderle con la misma efusividad… Pero ella, tan humilde, tan comprensiva, nunca me hizo reproche alguno.
Ella fue la acompañante fiel de mi mamá, y por ello, siempre era invitada a cuanto lugar llevábamos a mamá: piñatas, paseos, fiestas, celebraciones.  Yo pensaba mucho en esto y decidí que quería invitarla a comer, pero a ella sola. Le di largas, yo mismo no sabía cómo decirlo, pero finalmente la invité y ella se sorprendió mucho.
Mi hermana mayor, 17 años más grande que yo, parecía una niña… preguntándome emocionada a dónde sería bueno ir. Y le dije que a donde hubiera la comida que más le gustara. “¡Mariscos!”, respondió, así que la llevé a La Haya, un lugar donde sirven muy buena comida. Los dos disfrutamos mucho esa comida,  pero creo que la disfruté más yo, por la satisfacción de haberla hecho feliz. Sé que el “hubiera” no existe, pero qué bueno sería haber repetido esa experiencia muchas veces más.

Carmen adoraba a todos, todos los niños, y siempre se ponía a jugar con ellos, los besaba, los cargaba “a caballito”, se sentaba en el piso con ellos, hacía maromas, muecas, voces… algunas veces nosotros sus hermanos nos avergonzábamos, por esa estúpida esclavitud del “qué dirán”… pero afortunadamente a ella le importaba un rábano, y aunque había quien le dijera que se comportara “de acuerdo a su edad”, ella se ponía seria un rato y luego volvía a hacer lo mismo. Ahora comprendo que ella misma nunca dejó de ser una niña, nunca, nunca dejó de ser feliz. Pobres nosotros, que nunca alcanzamos a comprender su grandeza, disfrazada de humildad.
Mi hermana Carmen siempre fue una parlanchina sin remedio, que hablaba con todo mundo: con el chofer del camión, los vecinos, la gente que hacía fila junto a ella en la clínica o cualquier otro lugar, con el cartero, la señora de la tienda. A todos trataba con cariño, verdaderamente nunca recuerdo haber visto que tratara mal a alguien. ¿Cómo haría para que todo el mundo le cayera bien? Eso quiero aprender. Por ese carisma fue que hubo tanta gente en su velorio, tantos niños llorando, tantos hombres y mujeres que también fueron niños y disfrutaron de sus mimos y sus besos.
Yo tengo un gran tesoro de recuerdos, podría escribir miles y miles de palabras y no acabaría de describir todas sus acciones de amor. Yo fui uno de sus niños queridos, lo sé. Todavía hasta hace unos pocos días, aunque ya me acerco a la cincuentena, ella me seguía viendo como “su niño” porque verdaderamente me veía con los ojos de su amoroso corazón.
Hasta pronto, Carmen, mi hermana, mi confidente, mi cómplice, mi heroína,  mi segunda mamá.