miércoles, agosto 06, 2014

Why Mexican men just don’t turn 41

It all began on the last days of November 1901 in Mexico City, when President Porfirio Diaz was still in office. The night had fallen and a party was about to begin at one of the elegant mansions on Calle de la Paz. One by one, the guests arrived and quickly entered the house. For the solitary watchman who guarded the neighborhood, it was very odd that the guests were all male and none female, so he decided to call his superiors for advice.
Soon afterwards, a group of uninvited policemen arrived in their patrol cars and stormed into the residence. But none of them would have ever imagined the shocking scene they found inside: various couples, each composed by two men, were cheerfully dancing in the brightly lit hall.
There were twenty-two elegantly dressed gentlemen, as well as nineteen other guests wearing colorful lady’s garments, with high-heeled shoes, make-up on their faces, and their hair boasting elaborate hairstyles or impressive wigs.  The policemen lined up 41 guests, but rumor has it there were 42 men in total. Number 42 was the party’s host, Ignacio de la Torre y Mier, who was Porfirio Diaz’s son-in-law and was married to his first daughter, Amada. Given his high position, it seems that he was allowed to escape the scene.
The 41 men were arrested and taken to imprisonment to the ominous jail called Palacio de Lecumberri, which had a special cell for the gay men -- the “J” cell.
By the way, perhaps the origin of the word “joto” (gay) can be traced back to those days of the Lecumberri jail. Please bear in mind that the name of the J letter is “jota” in Spanish. It seems that the occupants of the “J” cell were always yelling, dancing, laughing, and making a big scandal, so the director would routinely order “shut up those of the “J” cell”… a mandate that soon changed to “shut up the jotos “).
Back to the men arrested at the “Ball of the 41”, it seems that they were later sent to the state of Yucatan, where they were forced to perform public work or assist the Army in their combats against the Mayan.
Whether this story is authentic or just a myth, the truth is that since those days no straight Mexican man ever wants to have anything to do with number 41. There is no 41St. Division, Battalion, or Regiment in the Armed Forces. No hotel or hospital rooms are marked 41. Most men just throw away ticket number 41 and take another turn at the bank or any other office where turns are given. In schools, no guy wants to be number 41 of the list. They’d rather change their last name or ask the teacher to give number 41 to a girl.
Straight men of 40 years of age turn 42 on their next birthday – they just won’t admit they really turned 41 because all the other men would start calling them “joto”, and the jokes and pranks would not cease in one full year.

jueves, junio 19, 2014

Yo Cantante

Desde muchos años he sentido deseos de cantar, pero por una u otra razón he reprimido, acallado estos deseos, como si fueran malsanos, como si no me estuviera permitido.
No sé bien a qué se deberá esta auto-represión, pero me inclino a creer que su origen tuvo lugar hace muchos, muchos años, cuando era yo un mocoso a quien le gustaba cantar. Tendría unos 7 años, a lo mucho unos 8, y recuerdo que me encontraba de visita en la casa de una de mis hermanas mayores, quien vivía a un lado de la casa de su suegra.
Éramos varios niños: mi sobrino, la pequeña cuñada de mi hermana, yo mismo y otros que no recuerdo, y estábamos jugando a cantar. Recuerdo muy bien que cuando llegó mi turno entoné aquella canción que dice “dicen que los hombres // no deben llorar // por una mujer // que ha pagado mal…”
Y cuando más emocionado estaba cantando, de pronto enmudecí al escuchar unas grandes carcajadas de burla, proferidas por el odioso cuñado de mi hermana, un hombre ya. Las carcajadas continuaron, y yo que todavía no era un hombre, sino un niño, me puse a llorar, dolido y desconcertado.
Y sin darme cuenta, ya nunca volví a cantar; al menos, no en público. En la regadera o mientras manejo mi carro, muy pocas veces. Cuando se empezó a poner de moda el karaoke, qué ganas me daban de levantarme de mi asiento, elegir alguna canción y ponerme a cantar… pero justo cuando deseaba hacerlo mis pies se quedaban tiesos, como si estuvieran pegados al piso con un fuerte pegamento.
Hace apenas unos años por fin decidí a meterme a un curso de canto en un club local, pero éramos tantos que apenas pasábamos de los ejercicios de vocalización y sólo quedaba tiempo para que cantaran unas dos personas, y los demás esperaban su turno para la siguiente semana, o la siguiente… Recuerdo que íbamos a ensayar canciones mexicanas para un recital con motivo de las Fiestas Patrias… pero antes de que se realizara el maestro consiguió un trabajo en la Capital y nos dejó botados.
Hice otro intento en otro lugar, pero no persistí, me desanimé porque por más que intentaba no lograba “soltar” mi voz. Después de tantos años de mantenerla callada, conseguir que se sintiera libre para expresarse en libertad no era tarea fácil.
Y pasaron las semanas, los meses, los años. Hasta que finalmente vi un anuncio en el boletín de Conarte, decidí investigar y finalmente me inscribí en el taller de canto, no sin antes darle muchas vueltas, de pensar y volver a pensar, de indecisión y de auto-sabotaje… hasta que decidí no hacer caso a esas carcajadas de burla y fui a pagar la inscripción y luego me presenté en la clase.
El experimentado maestro ofrece un método libre en el que, después de una sesión corta de vocalización, cada quien va pasando a cantar una o dos canciones, las que uno mismo decida. Todos pasan, no importa que termine se pase la hora de la clase y hayan llegado los de la siguiente. Mientras uno canta al frente del salón, los demás están sentados en las butacas, algunos ponen atención pero otros se dedican a leer, revisar su teléfono, mirar al techo o prepararse para cuando llegue su turno.
La primera clase decidí cantar una canción de Raphael que se llama “En Carne Viva”. Y aunque me gusta mucho, de alguna manera no lograba transmitir el sentimiento de la misma; me ponía un poco nervioso y no lograba hacer que mi voz subiera los tonos necesarios para imprimirle suficiente dramatismo.
En la segunda clase volví a cantar este tema, y aunque me salió un poco mejor, algo seguía faltando. Al terminar, el maestro me preguntó si podía volverla a cantar o elegir alguna otra, pues había tiempo. Y yo le dije que cantaría “Mi Gran Noche”, sin saber lo que ocurriría después.

Desde los primeros acordes, algo sorprendente sucedió. Los compañeros que esperaban su turno dejaron a un lado sus cuadernos y sus teléfonos y fijaron su atención en mí; una señora empezó a batir las palmas al ritmo de la canción, otro compañero levantó su pulgar y el maestro llevaba el compás con sus pies y una expresión alegre en su cara. Y mi voz, que al principio sonó algo tímida, al sentirse libre voló por los aires y se hizo escuchar, fuerte, clara y expresiva. ¡Qué hermosa sensación, me sentí un gran cantante!

Al terminar, los aplausos no se hicieron esperar. El maestro estaba tan emocionado que quería que siguiera cantando, ahora la de “Yo Soy Aquel”. Pero decidí no hacerlo, no me sentía seguro pues no conocía la letra, pero le prometí que la siguiente clase la cantaría. Un poco decepcionado, de todas maneras me felicitó por haber sido capaz de dejar salir mi voz, y me dijo unas hermosas palabras que todavía no me creo: “qué bárbaro, en su voz tiene usted un tesoro”.
Yo, feliz. Tantos años de haber acallado mi voz han quedado atrás, ahora nadie podrá silenciarme. Cantaré, hablaré, me expresaré…  He comprendido que esta cuestión de por fin dejar salir mi voz tiene implicaciones mucho muy profundas, que van más allá de solamente cantar. Todavía no sé muy bien cuáles sean, pero las intuyo. Ya las sabré. Por lo pronto deseo cantar. “Ya Lo Pasado, Pasado”, “Aléjate”, “Verónica”, “Terciopelo y Fuego”, “Mary Es Mi Amor”… tantas bellas canciones.

viernes, mayo 30, 2014

Más Verde Que Nunca

Así he estado estas últimas semanas. “Lleno de renuevos”, como dice mi analista. Y es que a partir de que gracias a una plática presentada en www.ted.com aprendí que se puede purificar el aire en el interior de la casa y la oficina, amo más que nunca los árboles y las plantas y las flores, por dondequiera que voy me detengo a observarlos y a apreciarlos.
Pienso en cómo me gustaría tener una gran propiedad, rodeada de árboles y llena de bellos jardines vestidos de aromáticas flores, perfumando el aire con efluvios de rosas, jazmines y gardenias.
En mi trabajo, el proyecto Oficina Verde ya va tomando forma. Mi compañera Raquel y yo recorrimos las diferentes áreas para determinar el tipo y cantidad de plantas que necesitaremos, luego solicitamos presupuestos y entre ellos elegimos uno de un vivero local. Ya lo visitamos y pudimos obtener un mejor precio, además de que tuvimos la oportunidad de ver las plantas que se van a adquirir. Lo mejor de todo es que el jefazo ya nos autorizó la compra.
Ahora sólo faltan las macetas... tenemos que encontrar macetas de barro sin pintar, y aunque es fácil encontrarlas en algunos viveros y también en grandes tiendas como Home Depot, nosotros tendremos que buscar los precios más bajos posibles, pues estamos hablando de casi 90 plantas. Lo que más me gusta de este proyecto es que se hará realidad en muy poco tiempo, y por supuesto, que nuestra oficina lucirá más agradable y los que trabajamos ahí respiraremos un aire más limpio.
Hace un par de semanas fui de visita a casa de mi hermana Lola, a quien también le gustan mucho los árboles y las plantas. Frente a su casa hay una pequeña extensión de tierra, en la cual, en vista de que el Gobierno Municipal no lo ha hecho, ella misma  se ha dedicado a plantar diferentes especies de plantas y árboles, inclusive hace poco instaló una tubería de agua para facilitar el riego. Ya cuando me iba me regaló una poda de julieta, así que de camino a casa compré una garrafa de vidrio para ponerla en agua, y ahora se encuentra decorando uno de los burós de mi recámara.
Y en mi visita al vivero no regresé con las manos vacías: compré una pequeña planta de las que llaman cuna de moisés, con su preciosa flor blanca, para regalársela a Rodolfo, pues sé que le gusta mucho. Por la tarde antes de regresar a casa pasamos a un bazar, en donde conseguí una preciosa olla de cerámica pintada en colores pastel, y un plato que más o menos hacía juego. Al llegar a casa utilicé mi maravillosa broca especial para perforar azulejos o piezas de cerámica y en unos segundos la olla se convirtió en una bonita maceta.
El domingo pasado Rodolfo y yo casi sufrimos una insolación, pues nos p


usimos a instalar una especie de tendedero de alambre sobre el espacio donde se encuentra la cochera, al frente de la casa. Nos quedó muy bien, y ahora cada día esperamos con mal disimulada impaciencia que las tres enredaderas (¡más bien cuatro!) que tenemos en el pequeño jardín empiecen a cubrir el tendido y lo conviertan en un hermoso techo verde.
No puedo negar que estoy completamente entusiasmado con mis proyectos de rodearme de plantas y árboles. Siempre me habían gustado pero creo que no había llegado mi momento de pasar de la simple admiración a la acción. Verde soy.

En el semi-desierto los árboles son todo un milagro

Y ahora que estoy inmerso en esta ola verde, durante mis recorridos por las diferentes calles, avenidas y barrios de mi ciudad inevitablemente observo si hay plantas o árboles, de qué tipo son, etc. Y verdaderamente ha cambiado mi perspectiva: antes yo decía que en Monterrey no había árboles ni plantas, pero hablaba sin saber… en realidad sí hay muchísimas personas a las que les gusta tener un bonito jardín, sembrar uno o varios árboles frente a sus casas, o simplemente colocar macetas con plantas, y me he dado cuenta de que esta buena costumbre cada vez se hace más popular.
Sin embargo, esto de ninguna manera se puede comparar con la vegetación que he observado en otras ciudades, por ejemplo, la Ciudad de México, con sus hermosos camellones llenos de frondosos árboles, o Guadalajara, Oaxaca, Mérida, Ciudad Valles, Zacatecas. Pero hay que tomar muy en cuenta que Monterrey se encuentra en una región semi-desértica, por lo cual la poca vegetación que tenemos es prácticamente un milagro y el resultado de muy grandes esfuerzos.
Aún así, hay unos cuantos parajes que parecen contradecir el hecho de que vivimos en un semi-desierto, y uno de los más hermosos es el Parque Ecológico Chipinque, que está ubicado en la hermosa Sierra Madre Oriental y abarca 1,625 hectáreas de áreas protegidas; dentro de esa zona hay altitudes de hasta 2,200 metros sobre el nivel del mar, y en ella habitan muchas especies de flora y fauna. Es una delicia caminar por sus veredas y aspirar el aroma de los pinos.
Gracias a su altura, el clima en Chipinque siempre está unos grados por debajo de la temperatura de Monterrey, y además ofrece unas vistas espectaculares de todos los rumbos de la ciudad.
Ayer disfrutamos la visita ralámpago de Kim, quien hizo una escala en Monterrey después de un fantástico e increíble recorrido por nuestro país. Solamente estaría unas horas aquí, y yo deseaba poder encontrar un lugar cercano a donde llevarlo para que pudiera apreciar las montañas que dan fama a esta ciudad.
Así que en primer lugar lo llevé al Cerro del Obispado, que se encuentra muy cerca del lugar donde trabajo. Se trata una pequeña elevación, en cuya parte más alta se encuentra el Obispado, construido durante los años de 1787 y 1788 (se dice que es el edificio más antiguo de Monterrey), por órdenes del obispo Rafael José Verger para que fuera su residencia particular. Ahí vivió hasta su muerte en 1790.
Cito a Wikipedia: “Durante la Batalla de Monterrey se establecieron en esta loma 260 hombres y 3 cañones al mando del coronel Francisco Berra, que abrirían fuego por órdenes del General Pedro Ampudia si el invasor intentaba entrar por el poniente de la ciudad.
El 20 de septiembre las tropas del General William J. Worth avanzaron desde San Jerónimo al camino de Saltillo con el fin de cortar la retirada al ejército mexicano, pero fueron cañoneadas por las tropas que resguardaban el Cerro del Obispado y la caballería.
Durante la mañana del 21 de septiembre cae el Fortín de la Federación a manos del Gral. Worth, convirtiendo al Obispado el blanco del fuego enemigo, mientras por el lado norte el 22 de septiembre las fuerzas extranjeras al mando del Teniente Coronel Thomas Childs habían logrado ascender al punto más elevado atacando por sorpresa a la escasos 60 hombres que defendían la posición. Desde ahí los estadounidenses hicieron fuego sobre el edificio y la carga de tres columnas enemigas hicieron que a las cuatro de la tarde cayera heroicamente el Obispado al no contar con apoyo de la plaza. Las barras y las estrellas fueron izadas sobre el asta bandera del Obispado, y ondearon sobre Monterrey hasta después de mayo 25 de 1848, día en que se acordó la paz entre las dos naciones y el fin a la invasión estadounidense”.

Mi Amigo el Gringo

Pues hasta aquí traje de visita al Gringo Suelto, pero esta vez no hubo cañonazos ni balaceras, ni nos disputamos el derecho de colocar cada quien su bandera en el asta, sino una agradable plática de amigos en la que intercambiamos experiencias y reflexiones, disfrutando una suave brisa que mitigaba el fuerte calor regiomontano y admirando las montañas que rodean la metrópoli.
Tras la breve visita pasamos a recoger a Rodolfo y de ahí, navegando trabajosamente en el pesado tránsito de las 7 de la noche, nos encaminamos hacia Chipinque. Este es un paseo que tradicionalmente se realiza los domingos muy temprano por la mañana, ideal para hacer ejercicio aspirando el aire puro de la montaña, pero está abierto todos los días de la semana y por lo que pude ver, actualmente una gran cantidad de personas (muchos en bicicleta) lo visitan a última hora de la tarde ya que ha bajado el sol.
Kim pareció disfrutar mucho el paseo, sobre todo las vistas, y tiene tan buena condición que prácticamente nos arrastró a subir por una de las veredas rodeadas de vegetación, pero en vista de que ya pronto oscurecería y de que Rodolfo y yo estábamos exhaustos, emprendimos el camino de regreso. Posteriormente, disfrutamos una buena cena en una mesa al aire libre del Oriental Grill y más tarde lo fuimos a dejar a su hotel, para que descansara y a la mañana siguiente recorriera la última parte de su viaje por carreteras mexicanas, antes de arribar a Laredo, Texas y tomar un vuelo de regreso a casa. Buen viaje, amigo.