miércoles, abril 20, 2016

Chiapasionándome: Tonalá y Puerto Arista

Conforme avanzaba el autobús, acercándose a la costa chiapaneca, el paisaje y la vegetación se transformaron y la temperatura empezó a subir y subir, tanto que cuando llegamos a la terminal de Tonalá me sentí tan sofocado que estuve a punto de tirar la chamarra. Lyna, mi querida sobrina, ya nos estaba esperando y nos condujo a su casa, donde muy amablemente nos ofreció unas bebidas refrescantes para aminorar el calor. Vaya, creo que ni en Monterrey había sentido tanto calor, o quizá fue que tenía casi una semana disfrutando el delicioso clima de los altos de Chiapas.
Rodolfo y la iguana.
En el enorme patio de su casa, Lyna y su pequeño José Miguel nos mostraron los diferentes árboles que lo adornan: un árbol de canela en un rincón, palmeras, naranjos, un árbol de noni... estas tierras son tan fértiles que se cultiva casi todo. Los perros ladraban sin cesar en una esquina del patio... mi curiosidad pudo más y avancé hacia allá para descubrir que una pobre iguana había quedado atrapada entre unos fierros y los perros le lanzaban mordidas que no podía esquivar.
Apenas llegaba a Tonalá y comenzaron las aventuras... sabía que era necesario rescatarla, pero me daba tanto miedo que me mordiera la enorme iguana... Rodolfo fue más valiente y sujétandola por la parte posterior de la cabeza la sacó de entre los fierros y la puso sobre una barda. Estuvo unos instantes inmóvil, atontada; pensé que se iba a morir, pero unos segundos después reaccionó y corrió ágilmente hasta treparse a un árbol.

Un poco más tarde Lyna nos condujo al centro de Tonalá para dar un vistazo sumamente rápido de camino a la playa... no lo podía creer, mi viaje estuvo tan completo que incluyó playa.
En menos de media hora llegamos a Puerto Arista, donde alcanzamos los últimos rayos del sol para tomar unas fotos.
Igual que durante todo el viaje, no había hecho planes acerca de dónde pasaría mi última noche en Chiapas. Podría ser en la casa de mi sobrina, o en el pequeño hotel de la familia en el centro de Tonalá, o en algún hotel de Puerto Arista. Más tarde consultaría tarifas, pues es mi estilo ahorrar en hospedaje para gastar holgadamente en paseos, comidas y diversiones. Pero Lyna me sorprendió con una lección de generosidad  y cariño que jamás olvidaré: acallando mis protestas y obligando al joven de recepción me pagó una noche en el hotel Bugambilias antes de regresarse a Tonalá. Fue una maravilla.
Amanecer en Puerto Arista.
Habiendo pasado la Semana Santa, Puerto Arista se encontraba casi desierto, lo cual mucho agradecí. Hay que decir que es un lugar muy pequeño y tranquilo, donde no esperen encontrar restaurantes, plazas comerciales, lugares de diversión, bullicio, etc. Es genial para viajeros que deseen realmente descansar y olvidarse de todo, contemplando el mar y disfrutando el ardiente sol. Por otra parte, el mar está casi siempre agitado, de modo que no es apto para adultos o niños que no sepan nadar.
Esa noche, después de cenar unas tlayudas en un negocio no tan cercano, regresamos a la playa, donde me tendí sobre la arena, escuchando a las olas rugir y tratando de contar miles de brillantes estrellas. La arena estaba fresca, pero con tan solo rascar un poco se sentía intensamente caliente, era evidente que había sido un día de mucho calor.
Un rato después me refresqué en la alberca del hotel, totalmente desierta a esa hora y en esa temporada. Luego, un regaderazo y a dormir. El aire acondicionado fue una bendición.

Junto al almendro que da nombre al restaurant.
Antes del amanecer ya estábamos nuevamente en la playa, para caminar y tomar unas fotos. Poco más tarde llegó Lyna y juntos disfrutamos un delicioso desayuno frente al mar, en el restaurante del hotel. Aprecié y agradecí grandemente la fortuna y bendición de poder disfrutar ese momento y ese lugar.
Regresamos a Tonalá, donde Gil, un simpático amigo de la familia, nos preparó un delicioso coctel de camarones con ostiones y tichindas, unos pequeños moluscos que jamás había visto y mucho menos probado. Fue así que Gil, Rodolfo y yo disfrutamos una magnífica comida en familia presidida por mi primo Miguel, junto con mis sobrinas Lyna y Marisol, José Miguel y las hijas de Marisol: Sofía y Priscila, niñas encantadoras y muy educadas y cariñosas que desde el primer momento me llamaron tío.
Entre pláticas el tiempo fue pasando y ya casi era hora de emprender el camino al aeropuerto, que se encontraba a varias horas de distancia. Originalmente había pensado en tomar un autobús o un taxi, pero nuevamente fui sorprendido con la generosidad y el cariño de mi familia, esta vez mi guapísima sobrina Marisol y una amiga de ella nos llevaron hasta el lejano aeropuerto en Chiapa de Corzo. El viaje de unas tres horas nos dio oportunidad de platicar mucho y recordar anécdotas de familia.
Unos perros juguetones en la playa.
El tiempo es inexorable. Finalmente llegó el momento de despedirnos, yo, embargado de emoción y agradecimiento con mis sobrinas adoradas, recordando todos los momentos y lugares vividos intensamente en esa corta semana en el hermoso estado de Chiapas.
Desde hace más o menos un par de años pasa por mi mente la idea de irme a vivir en un plazo de cinco años o menos a Progreso, en Yucatán. Sin embargo, Chiapas es un estado tan hermoso y con tantas maravillas que ahora ya no estoy tan seguro. El tiempo lo dirá. Por ahora, hasta pro
nto, Chiapas. Gracias, Chiapas.