lunes, octubre 27, 2014

Mi Karma con los Autos IV: Mi Ford Grand Marquis, el Carro de Fuego



En ese tiempo tuve la oportunidad de hacer un viaje por carretera al puerto de Tampico, que fue muy cómodo para todos los pasajeros, incluido mi adorado perrito Lucas, gracias a la potencia, buen manejo y amplitud interior del Spirit.
Sin embargo, ya entrando a la ciudad, la suavidad de manejo que había demostrado en carretera se transformó en una serie de molestos golpeteos y traqueteos, pues al menos en ese tiempo las calles de Tampico estaban casi totalmente destrozadas, cuál más cuál menos estaban llenas de baches y grietas de lado a lado.
Fuera de esta molestia, llegamos muy bien y pasamos unas vacaciones excelentes, sobre todo por los días de sol y playa que ya mucho necesitaba, recuerdo lo divertido que fue para mí comprobar la capacidad innata para nadar de Lucas.
Nuestro anfitrión, Agustín Arteaga (QEPD), era un hombre sumamente atento que hizo todo lo que estuvo a su alcance para hacer nuestra estancia muy placentera; recuerdo que nos recibió con una abundante comida a base de ceviche, preparado con su receta especial; todos lo disfrutaron muchísimo excepto yo, pues nunca he podido convencerme de probarlo. Lo que sí probé fueron sus bebidas, pues era también un experto barman.
En ese tiempo él trabajaba manejando su “carro de ruta” por las calles de Tampico; así le llaman allá a un tipo de transporte público que tiene rutas establecidas pero que se ofrece en automóviles (como los taxis) y no en microbuses ni en camiones; en aquel tiempo casi todos los carros de ruta eran vehículos grandes como Grand Marquis y Crown Victoria, de modelos no tan recientes.
Durante mi estancia lo acompañé uno o dos días en sus recorridos, y fue así como conocí una buena parte de la ciudad; además pude darme cuenta de que, a pesar de que su auto no era tan nuevo, se conducía con una suavidad maravillosa, como si flotara, a pesar de que, como ya he dicho, las calles estaban para llorar. Ahí mismo decidí cuál sería mi siguiente automóvil.
Tan pronto regresé a Monterrey empecé a buscar un Grand Marquis, pero como los contemporáneos estaban muy caros, me enfoqué en modelos más antiguos, fue así como poco después cambié mi Spirit 1992 por un Grand Marquis 1984 de color blanco con toldo en interiores de color café oscuro.
Adiós, Chrysler, bienvenido, Ford. Sí, era un carro antiguo, pero estaba precioso y sobre todo sumamente amplio y maravillosamente cómodo, comprobé que definitivamente no hay comparación entre un carro full-size y un auto compacto. Un compañero constante en mis viajes era Lucas, quien se echaba a sus anchas en el asiento del copiloto y se enojaba mucho cuando alguien ocupaba su lugar.
Como siempre he hecho cuando compro un auto usado, una de las primeras mejoras que le hice fue comprarle un precioso juego de llantas Michelin. Los amortiguadores estaban bien, de modo que la conducción era suave y sin sobresaltos, una delicia. Lo único que no me gustaba era que los vidrios y seguros eléctricos no eran originales, sino que se los habían adaptado de manera un poco rústica, así que las ventanillas subían y bajaban a una velocidad más lenta de lo normal.
Suena raro que un auto de lujo como el Grand Marquis no tuviera los vidrios y seguros eléctricos como equipo original, pero hasta en esto se reflejaba la política de austeridad desarrollada por el presidente Miguel de Lamadrid Hurtado para lograr que el país se recuperara después del colapso económico propiciado por anteriores administraciones, como la de José López Portillo.
Mirándolo en retrospectiva, el Grand Marquis tal vez haya sido el auto que más me ha gustado de los que he tenido hasta ahora. ¡Cómo lo disfruté! Hasta ese día…
Al salir del trabajo pasé a recogerlo al taller mecánico que quedaba cerca, a donde lo había llevado para que le hicieran la afinación. Cuando abrieron el cofre para mostrarme que ya había quedado listo pude ver que el potente motor lucía reluciente, porque le habían dado una pasada con gasolina. Así que abordé y me dirigí a casa.
A medio camino, mientras esperaba frente a la luz roja del semáforo, noté un fuerte olor a humo. A un lado se encontraba una vieja y destartalada camioneta, de modo que supuse que era la causante del mismo; me pregunté por qué muchos propietarios de automóviles retrasan tanto la afinación. Reanudé la marcha y me detuve en el siguiente semáforo. El olor continuaba, pero la camioneta destartalada ya no estaba a un lado.
Me preguntaba qué estaría pasando, cuando me quedé estupefacto al notar que por las rejillas del aire acondicionado estaba entrando el humo más negro y espeso que hubiera visto en mi vida… el semáforo seguía en rojo pero aún así aceleré de golpe para detenerme un poco más adelante, en un área desierta a un costado del camino.
Bajé del vehículo y abrí el cofre, sólo para ver que el motor estaba completamente en llamas; sin saber qué hacer, casi presa del pánico, volví a cerrarlo. No tenía extinguidor. Para entonces ya eran visibles las llamas y el humo, de modo que varios conductores se detuvieron a auxiliarme y entre todos volvimos a abrir el cofre y echamos tierra para sofocar el incendio.
Me preguntaba qué había sucedido. ¿Por qué? No fue sino hasta mucho después que relacioné los cables eléctricos de la burda instalación eléctrica para los vidrios y seguros eléctricos, pasando por el motor recién afinado e impregnado de gasolina para que luciera muy limpio… fatal combinación.
El incendio de mi auto fue una experiencia muy impresionante, que me dejó incapaz de pensar con claridad. No tuve siquiera la lucidez de comprender que debía dar gracias a Dios por haber salido con vida.
No se quemó más que el motor. La carrocería, el interior, las llantas, todo estaba bien, sin daños aparentes, pero la compañía de seguros lo declaró pérdida total. Al día siguiente le conté la triste historia a mi mamá, y ella sólo me dijo: “No te preocupes, al rato te compras un carro nuevo”.
Y yo sólo sonreí y agradecí sus buenos deseos, pero no creí que pudieran hacerse realidad.