sábado, septiembre 20, 2014

La Reina de la Noche

Desde hace mucho tiempo había escuchado historias acerca de este legendario antro gay, conocido popularmente como el Jardín, Jardinazo, Wateke, etc., pero nunca me había atrevido a visitarlo, por más que me insistieran mis amistades, porque yo siempre he sido demasiado temeroso de los lugares populacheros y sórdidos, de plano nacos y corrientes.
En mis fantasías terroríficas me imagino que de pronto empieza una pelea que rápidamente se convierte en una batalla campal en la que todo mundo entra al quite aventando sillas, madrazos, balazos...
Le sacaba la vuelta. No comprendía como mis amigos, algunos de ellos tan fresas, después de pasar toda la noche en un antro "nice", terminaran la farra en este bodrio, compartiendo la caguama y a veces algo más con personas de los estratos sociales y económicos más bajos, obreros, travestis, lavacoches, albañiles, pintores de brocha gorda, etc. ¿Pues no que muy fresas? Creo que ya borrachos se les olvidaba todo.
Las cosas que me platicaban alimentaban mi curiosidad, pero el temor a veces irracional fue más fuerte y nunca logré armarme de valor para ver con mis propios ojos aquellas escenas que me comentaban... hasta este pasado 15 de Septiembre.
Rodolfo y yo asistimos a la noche mexicana organizada por la iglesia a la que estamos asistiendo desde hace algunas semanas. Se armó un buen ambiente, hubo un rico pozole, tamales, tostadas y aguas frescas, nada de chupe porque era en la iglesia. Ya para terminar hubo karaoke, y la cosa estuvo tan divertida que hasta yo me animé a cantar una rolita.
Y que nos invitan nuestos amigos Lobo y Antonio al Muxets, un antro donde se presentan espectáculos travesti. Como he dicho yo hace años que no voy a ningún lugar de diversión nocturna, pero creo que ya fue suficiente ostracismo y de buena gana acepté. No obstante, el dichoso lugar estaba cerrado, y ante ello, nuestros amigos, muy cautelosamente, propusieron ir al Jardín.
"Nada más vamos un ratito", dijo Lobo, porque sabe que yo siempre me había negado a ir ahí. De modo que se sorprendió mucho cuando le dije que no había problema, y hacia allá nos enfilamos.
Al entrar me propuse pasarla bien, y vaya que lo logré. Ciertamente el lugar no es muy limpio que digamos, porque parece que a la gente le gusta tirar la cerveza en el piso, dejándolo convertido en un lodazal, con botellas y vidrios rotos por aquí y por allá. Nubes de humo de cigarro saturan el ambiente, pero no logran ahogar un tufo maloliente cuyo origen no quise determinar. Además, no hay aire acondicionado, y en una noche calurosa y húmeda esto puede ser una pesadilla.
Sin embargo, yo iba a dispuesto a pasarla bien, y me olvidé de estas cosas y me puse a observar con ojos sorprendidos e incrédulos a la enorme variedad de personas que se encontraban ahí. Ciertamente es como me habían comentado: hay DE TODO.
Las travestis, o vestidas como les decimos aquí, a quienes se les niega la entrada a los antros "nice" de Monterrey, aquí abundan, y se pasean ufanas por todo el lugar, compitiendo entre ellas por las miradas de sorpresa y admiración de la gente, luciendo los atuendos más estrambóticos, largas pelucas de todos colores, zapatos de tacón altísimo, maquillaje a manos llenas, chiches de todos los tamaños. Una de ellas, de una altura impresionante y ataviada con un vestido que muy apenas le cubría las nalgas, se robó las miradas de todo el mundo. "La Reina de la Noche", la bauticé.
Todos los tipos de gays están representados en el Jardín: la jotita de "pose", la súper jotona, la "musculoca", la "Manigüis", los que son jotos pero juran que no se les nota, la jota intelectual, etc. No pueden faltar los osos y los vaqueros, también las vaquer-obvias.
Y lo que más me sorprendió fue la gran cantidad de hombres de aspecto rudo, simplemente varonil, hombres comunes y corrientes como los que puede uno ver en las calles atestadas del centro de esta ciudad (albañiles, enfermeros, maestros, oficinistas, estudiantes, mecánicos, maridos, etc.), hombres que uno definiría como 100 por ciento heterosexuales.... tomados de la mano de otros hombres igual de rudos que ellos, besándose, abrazándose.
Yo estaba literalmente fascinado. Cuántas historias había ahí. Afloraron mis instintos de antropólogo social frustrado, y deseé fervientemente que no hubiera tanto ruido y, emulando a Cristina Pacheco, bombardear a preguntas a estos personajes, conocer sus historias, sus sueños, sus anhelos, sus miedos, sus frustraciones, su manera de ver la vida.
El lugar estaba a reventar, todo mundo caminando de aquí para allá. Nosotros éramos 7 personas, y dondequiera que nos detuviéramos parecíamos estorbar. Entonces Lobo propuso que fuéramos al área VIP. Yo acepté encantado, sin preguntar siquiera qué era el área VIP, que resultó ser simplemente el segundo piso, había una ventana con una horrible vista de los techos circundantes, pero por la que de vez en cuando entraba el aire fresco de la calle.
Después de la segunda cerveza, había que ir a orinar, así que me dieron las señas para llegar al baño. Al fondo hay dos excusados, sin puerta alguna... así que agradecí que solamente necesitaba orinar. Y no hay mingitorios, solamente, como en las típicas cantinas, un espacio rectangular en un rincón del piso, había que pararse sobre un escalón, desenfundar y dejar correr las aguas, los demás hombres parados a los lados, entregados a la misma labor, aprovechaban para ver y comparar los instrumentos de los vecinos y, algunos de ellos, para exhibir el suyo propio con orgullo. Aquí por ver no se cobra y tampoco nadie se molesta ni se asusta.
Uno de mis amigos me comentó que, al lado de la barra, hay un pequeño pasillo, en penumbras, sin ninguna clase de mobiliario, al cual puedes entrar con tu pareja ocasional para satisfacer rápidamente sus mutuos apetitos, previo pago de una módica cantidad al bar-tender.
Y así continuamos un buen rato, reunidos alrededor de la ventana, para acaparar el escaso aire respirable. El desfile de personajes nunca paró. Yo soy un mirón y tengo el gran defecto de, sin darme cuenta a veces, mirar sin recato cuando alguien, por cualquier motivo, despierta mi curiosidad. Algunas veces esto me ha metido en líos y no ha faltado el bravucón que me increpe: "¿Qué chingados me miras?". Afortunadamente esto no sucedió aquí. Lo único que gané fue que una vestida
pasara junto a mí y me acariciara mis verdes ojazos diciendo "Qué hermosos ojos tienes", y también una sorpresiva nalgada de un tipo que pasó caminando a mi lado, sin detenerse. Después de todo, no sólo la vestida de elevada estatura fue "La Reina de la Noche".

Una crónica de Óscar David López aquí.