domingo, octubre 19, 2014

Mi Karma con los Autos III: El Le Baron Parlante

Si bien fui muy feliz con mi Dodge Magnum y en él viví innumerables anécdotas, con el tiempo tuve el deseo de cambiar de auto y fui así como me compré otro Le Baron, pero esta vez de color vino y de un modelo más reciente: 1986, en pleno auge de los modelos K, que salvaron a Chrysler de la bancarrota.
Sus características: motorización turbo de 4 cilindros, transmisión automática con palanca en la columna de dirección, vidrios, seguros y espejos eléctricos, asiento multi-posición con ajustes eléctricos: un carro de lujo pero de tamaño mediano y muy ahorrador de combustible
Lo que más me gustaba de este Le Baron es que, al igual que el Phantom y el New Yorker de la época, estaba equipado con un "cerebro electrónico" que realizaba una auto-verificación al momento del encendido e informaba los resultados al conductor con una masculina voz de un robot que, sospecho, no sabía pronunciar muy bien el idioma español. Además, hacía advertencias muy útiles para aquellos conductores distraídos que dejaban las llaves puestas o avanzaban con el freno de estacionamiento puesto.

Algunos mensajes que emitía eran "Nivel de gasolina bajo", "Falta líquido lava-parabrisas", "Falla en el sistema eléctrico", "Freno de estacionamiento apretado", "Una puerta está abierta" y "Olvida sus llaves". Si todo estaba bien, qué agradable era escuchar "Sistemas funcionando, adecuadamente".
Al Le Baron también le preocupaba la seguridad. Recuerdo que la primera vez que llevé a pasear a mi mamá, a los pocos segundos de haber arrancado se escuchó la voz robotizada a través de los altavoces: "Por favor, abroche su cinturón". Ambos obedecimos, y enseguida volvimos a escuchar "¡Gracias!". No se me olvida la cara de incredulidad de mi mamá, mi auto parlante le causó mucha risa.
Con el tiempo falló el turbo y el carro avanzaba echando una terrible humareda como si fuera una carcacha. Las reparaciones eran carísimas, de modo que si mal no recuerdo le hicieron una reparación no tan a fondo y pronto me deshice del parlanchín Le Baron.

En el año de 1994 me hice de un un Spirit 92 de color blanco, impecable, con interiores en tela de color vino. Era de los poquísimos modelos con el asiento delantero de banca corrida y de transmisión automática con cambios en la columna de dirección. Nuevamente, todos los controles eléctricos y potente motor turbo, pero éste era totalmente mudo, de modo que si no me ponía el cinturón o arrancaba con el freno de estacionamiento puesto, al Spirit esto lo tenía sin cuidado.
No creo que haya habido un auto de su tipo con interiores tan amplios, en particular, es de destacarse que los pasajeros del asiento trasero viajaban perfectamente cómodos, con las piernas extendidas.
Todo le funcionaba perfectamente, pues el auto estaba en inmejorables condiciones.
Sin embargo, la suspensión estaba demasiado dura, de modo que al ir avanzando se sentía claramente cada rugosidad del pavimento, no se diga si había baches, grietas o cualquier protuberancia del camino, por insignificante que fuera.
Le cambié las llantas y le compré los mejores amortiguadores, pero fue en vano: los ruidos se seguían escuchando, y esto se fue haciendo cada vez más insoportable para mí. Cómo anhelaba volver a tener un auto que se deslizara suavemente por el camino... de modo que, contra todo pronóstico, le dije adiós a mi correlón Spirit.