lunes, enero 02, 2017

El Árbol de la Casa Abandonada

Segundo día del año. Es invierno, pero aquí el sol brilla esplendoroso y se siente un calor casi casi de verano. Desde la terraza, me asomo y miro al cielo, y me doy cuenta del silencio; ciertamente esta es una colonia muy tranquila, pero no se escucha el ruido habitual de las avenidas que la rodean, autos, camiones, sirenas, frenones. Al final de la calle está la escuela primaria, pero también está en silencio porque los niños regresarán hasta el próximo lunes.
Parece como si la gente siguiera de vacaciones. ¿No habrán ido a trabajar? O quizá no hayan querido sacar sus autos, porque este aumento al precio de la gasolina es un golpe brutal para la economía de todos.
Como yo trabajo en casa casi no utilizo el auto, pero me enoja darme cuenta de que la mayoría de gente se verá afectada, los que tienen auto, por el mayor gasto para sus traslados diarios, y los que usan el camión, por el aumento que ya están anunciando. Además, al subir el precio del combustible también subirá el precio de casi todos los productos, es como un efecto dominó. En las redes sociales la gente expresa su enojo, algunos proponen medidas de resistencia civil, bloqueos, boicots... me parece bien, que se arme algo, que los ciudadanos hagamos algo para defendernos.

Mientras pienso esto, de pronto se oye un pregón: ¡la tierra! Es el hombre que vende la tierra para las macetas, y como necesito un costal de tierra, bajo a ver por donde viene. Veo en todas direcciones, pero no se ve ni se oye nada, hasta que por fin escucho de nuevo su pregón y los cascos del caballo que jala el carretón, acercándose. Compro mi costal para agregar tierra a la bugambilia y me digo que ya debo comprar una maceta para la galatea que recogí de una calle hace ya casi tres semanas. No sé por qué se habrán deshecho de ella, pero a mí me servirá mucho para adornar mi terraza.
También observo que mi carro está completamente bañado por el sol, así que decido moverlo a la acera de enfrente. Cuando me pongo tras el volante siento que está ardiendo, qué calor.

Observo el árbol de la casa abandonada de enseguida, la de la mera esquina. Es un enorme ficus, ladeado hacia la calle y con las grandes raíces desbordándose de la banqueta. A veces pienso que se puede caer, pero otras veces pienso que está muy macizo. Y aunque a mí me gustan mucho los árboles, pero éste yo quisiera que lo derribaran, porque por las noches sus grandes ramas tapan la poca luz que llega de la lámpara de alumbrado público.
Ya acudí al departamento de Ecología para solicitar que lo derribaran, pero no atienden mi solicitud porque el árbol no está en mi propiedad; tendría que ir el propietario, pero según escuché decir a un vecino, está con un pie en la tumba.
También solicité a la CFE que lo podaran, pero vinieron a revisar y como determinaron que no afecta a sus cables, no lo hicieron. Ni hablar, creo que tendré que derribarlo yo mismo, una rama cada semana... pero será una labor muy difícil...
A mí me preocupa que la casa abandonada, este enorme árbol y una camioneta Cadillac que el estúpido mecánico de la otra calle tiene estacionada aquí desde hace más de dos meses convierten esta esquina en una boca de lobo todas las noches, y como es sabido, este tipo de oscuridad facilita la labor de los ladrones. Por si fuera poco, a las vecinos cercanos a esta esquina son demasiado ahorrativos y no dejan encendidas las luces exteriores de sus casas por la noche.
Esta situación me tuvo muy agobiado durante varias semanas, pero afortunadamente ya logré serenarme y entender que de momento la solución no está en mis manos.
Así como tengo fe de que saldremos adelante a pesar de Trump y a pesar del aumento del precio del combustible y de todos los demás aumentos que se avecinan, tengo fe en que esta situación se resolverá también. Quizá vengan nuevos vecinos y decidan derribar el árbol o quizá yo me vaya de aquí para vivir en un lugar hermoso como Progreso, Yucatán... tantas cosas que pueden pasar. Miraré hacia el futuro con ojos optimistas. Feliz 2017.