jueves, noviembre 20, 2014

El Fantasma de la Casa de la Abuela

Hay anécdotas que no se olvidan... y esta es una de ellas.
Hace ya muchos años, mi amigo Héctor vivía en una antigua casona que había pertenecido a sus abuelos; estaba ubicada por la calle de Tapia, en el centro de la ciudad y durante el día lucía como cualquier otra casa, pero al caer la noche ofrecía un aspecto un tanto lúgubre.
Esto se debía a su escasa iluminación, a sus numerosas habitaciones y a los muebles de una época que había quedado muy atrás en el tiempo: el imponente piano vertical de la sala, la antiquísima estufa, los roperos, las camas en las que nadie volvió a dormir jamás. El silencio que guardaban sus paredes parecía gritar muchas cosas.
Como las casas de ese entonces, las habitaciones estaban dispuestas una detrás de la otra, del lado derecho, de modo que para ir al gran patio, que estaba al final, había que pasar por la sala, las recámaras y la cocina; o bien, atravesar desde la puerta principal el largo corredor ubicado del lado izquierdo, llegar al comedor, avanzar a la derecha a la cocina y de ahí continuar al patio.
El aspecto fantasmagórico de la casa era tema obligado cuando nos reuníamos a platicar o a convivir ahí, y aunque lo comentábamos en un tono jocoso y haciendo muchas bromas, lo cierto es que nadie se quería quedar al último, y mucho menos atreverse a pasar la noche ahí.
Todos preferíamos arriesgarnos a toparnos con un operativo policial anti-alcohólico de camino a casa (pues en ese entonces no había celulares ni redes sociales que nos previnieran), a la posibilidad de ser asustados por algún ser de ultratumba en medio de la noche.
La anécdota que voy a narrar sucedió un otoño de hace casi dos décadas, en una fecha muy cercana al Halloween y al Día de los Muertos. Era un viernes por la tarde, y Héctor nos llamó por teléfono a unos pocos amigos para invitarnos a convivir, cenar y tomar unas cervezas en la casa de la abuela.
Yo llegué muy puntual, cuando apenas empezaba a anochecer. Héctor me recibió en la puerta y me condujo a través del corredor hasta llegar al comedor. Nos sentamos a la mesa y nos pusimos a platicar, esperando a que llegaran los demás. De pronto se fue la luz.
¡Madres! Traté de no ponerme nervioso, pero no pude evitar levantarme de la silla e intentar llegar al corredor. Pero Héctor me detuvo, sujetándome del brazo. Me pidió que me quedara ahí con él y, con voz temblorosa, me dijo que habían estado sucediendo "cosas", pero que en un momento volvería la luz y todo continuaría como si nada. En ese momento se empezaron a oír ruidos en la sala, y el piano empezó a tocar unas graves notas.
Casi llorando, Héctor insistía en que nos quedarámos sentados, pero yo no fui capaz de dominar el pánico y no pude más, me levanté de un salto y le dije que era una pendejada quedarnos ahí, lo estiré con todas mis fuerzas y me lo llevé a empujones hacia el corredor, la puerta principal me parecía lejana, no sabía si alcanzaríamos a llegar...
De pronto Héctor empezó a reírse como loco. Pensé que estaba sufriendo una crisis de pánico, y lo sujeté con más fuerza, pues estaba temblando como gelatina. Cuando por fin pudo hablar, porque le había ganado la risa, me dijo a gritos que todo era una broma... y como por arte de magia se encendieron las luces y se dejó de escuchar el piano: desde la sala llegaron muertos de la risa Chuy y Jorge, un momento después regresámos al comedor, los cuatro reíamos sin parar.
Justamente en ese momento se escuchó el timbre de la puerta. Era Yeyo, el amigo que faltaba de llegar, ¡la siguiente "víctima"! Rápidamente Chuy y Jorge corrieron hacia la sala, mientras Héctor y yo fuimos a recibirlo. Nuevamente nos fuimos al comedor, destapamos unas cervezas y nos pusimos a platicar. Como era de esperarse, a los pocos minutos se fue la luz... la oscuridad era total, y el piano empezó otra vez a dejar escapar unas notas estridentes y aterradoras.
Yeyo entró en pánico; quiso levantarse de la silla, pero nuevamente Héctor se lo impidió, rogándonos con la voz entrecortada que nos quedáramos, que pronto pasaría todo... yo fingí estar muy asustado también, pero él estaba simplemente aterrorizado, temblaba y lloraba incontrolablemente; nos pidió que nos tomáramos de la mano y rezáramos un Padrenuestro en voz alta.
Así lo hicimos, pero los ruidos continuaban.... Héctor gritaba y gritaba, dirigiéndose a los seres de ultratumba que nos dejaran en paz, que ya se alejaran, pero tal vez los fantasmas son sordos, porque no hacían caso: el piano seguía sonando, y para colmo distinguimos una figura totalmente cubierta con una sábana blanca, que caminaba trabajosamente haciendo ruido de cadenas y emitiendo luces destellantes.
Yeyo estaba al borde del colapso, y yo francamente temía que le fuera a dar un infarto. "¿Qué hacemos?", me susurró Héctor, y como pude le di a entender que había que mandar callar a los seres de ultratumba. Así que mientras yo abrazaba fuertemente a Yeyo, Héctor se separó discretament
e para darle unas buenas patadas al fantasma... quien por fin entendió y se regresó despavorido al reino de las sombras. Las notas de piano cesaron y la luz volvió por fin. Las cosas habían ido demasiado lejos, y ya era demasiado tarde para admitir que todo había sido una broma.
Yeyo estaba desencajado, y aunque Héctor nos pedía que nos quedáramos, él no quiso ni escucharlo. "Vámonos, por favor", me pidió, todavía temblando. No quise y no pude negarme, así que salimos de la casa y nos dirigimos hacia nuestros coches. Él arrancó primero, enseguida lo hice yo, pero solo di una vuelta a la manzana y regresé a la casa de la abuela.
Los cuatro nos pusimos a deliberar qué íbamos a hacer. Si confesábamos que todo había sido una broma y que las cosas se salieron de control, Yeyo ciertamente enfurecería, lo conocíamos demasiado bien; de modo que lo mejor sería no decir nada y esperar que todo quedara en el olvido.
Y así lo hicimos, pero cada vez que nos veíamos él le preguntaba a Héctor si ya había hecho algo: una limpia, pedir a un sacerdote que bendijera la casa, poner velas y figuras de santos.... inclusive irse para siempre de esa casa maldita. Hasta que Héctor no pudo más y le confesó la verdad.

Tal y como habíamos previsto, se enfureció; se puso lívido de coraje, y le advirtió a Héctor que nunca se lo perdonaría y que jamás le volvería a dirigir la palabra. Conmigo no se enojó tanto, quizás me perdonó haber sido el cómplice de la broma porque nosotros teníamos una amistad más estrecha y éramos compañeros en la universidad.
Y cumplió su palabra: le dejó de hablar a Héctor. Pasaron los años, Yeyo se fue a vivir en otro país, y en una ocasión en que vino de visita, Héctor se coló en una fiesta y ahí volvió a pedirle perdón. Y nuestro amigo se lo concedió.
Poco tiempo después de la noche en que ocurrió la anécdota, Héctor se marchó y se fue a vivir a su propio departamento. La casa de la abuela aún sigue ahí, llenándose de polvo, los techos cayéndose a pedazos, las paredes cubiertas de salitre. La hierba y los árboles han convertido el patio en un bosque. Y el piano, ese viejo piano, permanece en silencio. Pero algunos vecinos aseguran que en algunas oscuras noches de otoño se escuchan ruidos inexplicables y que un alma atormentada toca una triste melodía...