miércoles, junio 28, 2017

Maratón: de la Roma Sur a Av. Circunvalación y recorrido por el Centro Histórico

Todo indicaba que sería un rutinario fin de semana en Monterrey. Por la mañana del sábado me encontraba revisando mi correo electrónico cuando vi un aviso de que mi amigo Kim, después de muchas semanas, había escrito un nuevo post y se encontraba brevemente en la Ciudad de México. Recordé que el año pasado, mientras él estuvo viviendo ahí, pospuse tanto y tanto una visita que finalmente ya no fue posible porque se regresó a Boston y luego a California.
Cuando leí que quizá pase mucho tiempo antes de que regrese a México, decidí inmediatamente comprar un boleto de avión pensando en salir el domingo temprano y regresar ese mismo día por la noche, pero el único regreso disponible era el lunes por la noche. Un viaje relámpago como los que tanto me gustan.
Al día siguiente me recibió en el aeropuerto en compañía de su vecina Carol, una elegante dama originaria de Chicago que desde hace años vive en la Ciudad de México. Del aeropuerto nos fuimos al departamento en la colonia Roma Sur, donde dejamos mi maleta, y volvimos a salir para desayunar en un Bisquets de Obregón de esta hermosa y arbolada colonia. Me enamoré de sus parques, sus fachadas, la frescura por su gran cantidad de árboles.


Al terminar Carol tuvo que retirarse, y Kim y yo, sin dejar de platicar nunca, empezamos un paseo por la colonia que se convertiría en todo un maratón.
Pasamos entre los cientos de ciclistas, corredores y patinadores que recorren el Paseo de la Reforma, libre para ellos. Subimos a la Columna de la Independencia y dimos un breve recorrido por su interior, si bien no pudimos subir porque para ese paseo se requiere hacer un trámite especial que no explicó el guardia.
Continuamos y más adelante llegamos al Monumento a la Revolución, el cual recorrimos completamente: cientos y cientos de escalones que iban de aquí para allá como en un laberinto, muchas veces me quedé sin aliento por la altura y el esfuerzo de subir tantos escalones, pero al llegar a la cima todo se me olvidó al admirar la Ciudad de México desde las alturas: gracias al pasillo circular fue posible observarla en todas direcciones, desde lo más cercano hasta lo más lejano.

Posteriormente avanzamos hacia el Centro Histórico y en el camino observé a una vendedora de merengues, por supuesto que me detuve para degustar uno. Seguimos andando y llegamos a un restaurante por las calles de Regina, en donde comimos y descansamos un buen rato.
Entonces se me antojó un pulque, de modo que recorrimos infructuosamente las calles en busca de una pulcata, hasta que una mujer nos dio la ubicación precisa: Manzanares casi llegando a Av. Circunvalación.
Era una pulquería de las tradicionales, no como las elegantes que han surgido últimamente. Un lugar minúsculo con clientela muy diversa que no dejaba de vernos con gran curiosidad, especialmente por Kim, ¿un Gringo Suelto metido en una pulquería de barrio? La música estridente, así como las miradas incesantes, no me hicieron sentir muy cómodo y pedí mi curado de piñón para llevar. Una delicia.
La siguiente parada fue el Templo del Ex-Convento de Santa Teresa la Antigua, que presenta desde el exterior una impresionante inclinación debido al hundimiento del edificio. Al entrar y caminar por su interior se siente un ligero mareo y la clara sensación del piso, más inclinado de lo que indican los ojos. Las pinturas murales en sus bóvedas son de una gran belleza.
Para esa hora ya estaba cerrado el Museo del Templo Mayor, así que solo atisbamos un poco hacia su interior desde las vallas. Enseguida pasamos a la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México, a donde no había estado desde hace muchos, muchos años.
Enseguida, tomamos el metro en la estación Zócalo para regresar a descansar al departamento, yo estaba exhauso, mucho trabajo me costó seguirle el ritmo a Kim, ¿de dónde sacará tanta energía?

LUNES

Con todo el dolor de su corazón, Kim tenía que dejar este bien ubicado departamento en México, pues no tenía caso estar pagando el alquiler sin habitarlo; así que se encargó de los últimos detalles, empacar lo que se podía y botar o regalar lo que no: a mí me regaló gentilmente unas cosas, como una bolsa de estupendo café de Veracruz y una cafetera, entre otras, y a Carol una bien surtida despensa.
El tiempo voló y poco después de mediodía nos fuimos corriendo al aeropuerto. Con tanto tráfico y una desviación que nos tocó debido a un incendio, por poco pierde su vuelo, pero afortunadamente todo salió bien.
Mi vuelo sería hasta pasadas las 10 de la noche, así que dejé mis maletas en los lockers y me fui al Centro Histórico... otra vez.
Sucede que no se me ha cumplido hacer el recorrido por el interior del Palacio de Bellas Artes, el año antepasado llegué al recinto, pero si me quedaba perdería mi vuelo, así que no se hizo. Esta vez llegué, muy contento, solo para enterarme que los lunes no hay recorridos. Ufff. La tercera será la vencida.
Tenía hambre, así que empecé a buscar donde comer. No quería un restaurante convencional, sino más bien algo muy típico de la Capital... mis pasos me condujeron a Balderas y Benito Juárez, donde se encuentran varios puestos de tacos de guisado: arroz con huevo cocido, chicharrón, milanesa, tripitas, longaniza... toda una delicia.
Enseguida me puse a buscar unos dulces que me habían encargado... así que seguí recorriendo con mucho gusto las calles del Centro Histórico, apreciando los edificios, las multitudes, los colores y sabores. Volví a caminar las calles por las que me llevaba mi tía Tula cuando yo era adolescente: Jesús María, Guatemala, Lic. Verdad, Gante, Uruguay, Av. Circunvalación... buscando ropa que después revendía.
Y como quien no quiere la cosa llegué otra vez a la Av. Circunvalación; el día anterior Kim prefirió no avanzar más por aquí, pues definitivamente el ambiente se siente diferente, un tanto más peligroso. Pero hoy, me aventuré yo solo en busca de los famosos dulces, y me habían dicho que por aquí están unas grandes dulcerías.
Esta zona es todo un espectáculo para cualquier turista: no se sabe hacia dónde mirar pues hay tantas cosas que llaman la atención: las aceras llenas de gente, marchantas haciendo sus compras, unos tipos fumando unos impresionantes cigarros de mariguana enfrente de un grupo de policías, cargadores con sus carritos llenos de mercancía hasta una altura increíble, prostitutas con los senos más grandes que haya visto...
Suficiente. Me fui de regreso hasta la estación Zócalo y bajé hacia el pasaje Zócalo Pino-Suárez, donde queda uno casi sordo con los vendedores que pregonan sus mercancías al unísono y a voz en cuello. Pasa por aquí tanta gente que me imagino que sus ventas deben ser muy altas.
Apenas llegué al aeropuerto y se soltó una fuerte tormenta, tuve mucha suerte de que no me haya tocado durante mi recorrido.

La aventura no terminó ahí. Después de esperar varias horas, cuando ya faltaba menos de una para mi vuelo, ¡lo cancelaron! No puede ser, aparentemente el aeropuerto de Monterrey estaba cerrado. Y como recién entró en vigor la Ley de Aviación Civil, nos compensaron con una cena y hospedaje en el hotel Camino Real de enfrente, si bien hubo que hacer una fila de más de una hora en la recepción.
Cené realmente por inercia. Ya eran más de las 11 de la noche y me encontraba realmente agotado, y todavía tenía que hacer una pequeña traducción para cumplir con la fecha de entrega acordada.
Mal dormí un par de horas en la habitación helada, pues estaba tan exhausto que no podía levantarme a apagar el aire acondicionado. Sonó la alarma y corrí al aeropuerto en calidad de zombi.
Todo el lunes estuve con calentura debido a una infección estomacal, así como un fuerte dolor en todas las articulaciones y músculos por el exceso de ejercicio. No hubo mucho trabajo, así que pude dormir casi todo el día, con breves interrupciones para ir al doctor o comer algo ligero. Pero lo bailado, ¿quién me lo quita?