Creo que soy de las muy pocas personas a las que las películas Star Wars le importan un bledo: no me emocionan ni me interesan. Es más, creo que nunca he visto completo ninguno de sus episodios. Las películas que sí tuvieron un enorme impacto en mí fueron las de Volver al Futuro, porque a pesar de que tratan un tema de fantasía o ciencia ficción, a mí me gusta creer que un día el salto en el tiempo puede ser una realidad. Siempre me sentí identificado con Marty McFly, y soñaba con mis propios viajes al pasado y al futuro a bordo de un auto hermoso y poderoso.
Me gusta mucho ver escuchar relatos y ver las fotos antiguas de la ciudad de Monterrey: sus avenidas, sus grandes casonas, la forma en la que se vestía la gente, las montañas y las grandes áreas deshabitadas que rodeaban entonces a la ciudad y que ahora están irreconocibles porque se llenaron de calles, casas, fábricas, centros comerciales y coches.
Cuando recorro a pie las calles más antiguas de la ciudad, en la colonia Obispado o en el Barrio Antiguo, alzo la vista a los balcones de aquellas imponentes residencias, muchas de ellas hoy en el más completo abandono, y me gusta imagina cómo sería la vida hace 60 o 70 año. Cierro los ojos y me imagino que al abrirlos me encontraré ahí en una calurosa tarde de, digamos, 1939.
Seguiría caminando, extasiado ante la vista de los autos de la época, saludaría a las personas sentadas en sillas y mecedoras a las puertas de sus casas, como se usaba antes; compraría algún dulce o un pan a los vendedores que recorrían las calles con su pregón. Y como me gusta mucho caminar, llegaría a otras partes de la ciudad, entraría a los comercios, a las fondas, tal vez a alguna cantina, platicaría con los demás parroquianos tratando de que no se enteraran de que vengo de un futuro que ellos no alcanzan siquiera a imaginar.
Tal vez me cansaría de caminar, y entonces abordaría algún camión... quizá al principio no reconocería algunas calles, pero no creo que me sería muy difícil orientarme. ¿Y qué tal si ese día que llegara al pasado ocurriera un suceso macabro que marcaría a la ciudad para siempre? Tal vez, al pasar por la Catedral, me cruzara con un gran grupo de gente, miembros de la crema y nata de la sociedad, saliendo de la flamante boda de un joven que más adelante sería un destacado empresario que crearía una enorme fábrica que diera fama a la industria de Monterrey durante muchas décadas después.
Ojalá no me tocara llegar uno de esos días en que hubo una inundación o un incendio. Ni que me encontrara a bordo de ese camión urbano cuyo tanque de gas butano explotó causando la muerte de varios pasajeros. ¿Y si me tocara llegar ese 9 de enero de 1967, cuando hubo una gran nevada? ¿Y si entrara a cenar al desaparecido y elegante restaurante Luisiana, y me atendiera mi padre, en sus años mozos? Qué emocionante sería hablar con él.
Abro los ojos y vuelvo al presente. Esas casonas maravillosas ahora están en ruinas. El aire ya no huele a limpio, sino a humo de miles de motores de autos y camiones, que están por todas partes. Ya no se puede caminar por las calles con tranquilidad. La gente ya no me saluda con espontaneidad, hacen como que no me ven, su mirada desconfiada trata de determinar si soy una buena o mala persona. Muchos ni me ven por estar ocupados con la pantalla de un teléfono celular. La vida es tan distinta en este 2016.
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domingo, marzo 13, 2016
martes, enero 21, 2014
Manejando de Noche
Esa fría noche iba manejando mi automóvil por un camino de tierra. La oscuridad era casi absoluta, de modo que solamente podía ver lo poco que lograban iluminar los faros. Parece que el camino lo acababan de trazar, porque tadavía había montones de tierra suelta a los lado. Por las ventanas abiertas entraba el aire casi helado, y estaba a punto de cerrarlas, pero pensándolo bien decidí no hacerlo porque sólo así podría mantenerme despierto.
De reojo vi que a mi derecha, por un camino paralelo al mío circulaba un viejo camión urbano de pasajeros, y me pregunté qué hacía ahí, en mitad de la noche, vacío por completo. Observé cómo avanzaba dando tumbos, alternando enfrenones y acelerones mientras se levantaba una nube de polvo; es extraño porque nadie más se atreve a circular por esos caminos y a esas horas.
Noté que me distraía, así que volví a fijar la vista hacia el frente. Tenía sueño y ya deseaba llegar a casa; debía hacer un esfuerzo por mantenerme despierto. De pronto observé que un poco más adelante se encontraba en medio del camino un animal corpulento. Dejé de acelerar mientras trataba de distinguir qué animal era. ¡Un leopardo! No cabe duda, pelaje amarillo y manchas negras. Pero, ¿acaso hay leopardos por estas tierras?
Por precaución decidí avanzar muy lentamente, más de pronto se apagaron las luces del auto y me encontré súbitamente rodeado por una oscuridad densa y asfixiante. A ciegas, me encontraba muy tenso y no sabía qué hacer, ¿cómo diablos se apagaron las luces si el motor aún está andando? Fue entonces como sentí, porque ver era imposible, como aquel inmenso leopardo dio un gran salto y fue a caer en el asiento, junto a mí.
"¡Imbécil!", me recriminé en silencio, "las ventanas están completamente abiertas". Aterrorizado, atiné a quedarme inmóvil y contener la respiración, mientras mi mente frenética intentaba pensar en una veloz escapatoria antes de acabar devorado por el leopardo. En ese momento...
... Hey everybody, everybody's got a rhythm That will make you wanna move it...
Sonó la alarma del teléfono a todo volumen. La voz de Gloria Estefan cantando "Wepa" rompió el silencio y me libró de las afiladas garras y fauces del leopardo.
De reojo vi que a mi derecha, por un camino paralelo al mío circulaba un viejo camión urbano de pasajeros, y me pregunté qué hacía ahí, en mitad de la noche, vacío por completo. Observé cómo avanzaba dando tumbos, alternando enfrenones y acelerones mientras se levantaba una nube de polvo; es extraño porque nadie más se atreve a circular por esos caminos y a esas horas.
Noté que me distraía, así que volví a fijar la vista hacia el frente. Tenía sueño y ya deseaba llegar a casa; debía hacer un esfuerzo por mantenerme despierto. De pronto observé que un poco más adelante se encontraba en medio del camino un animal corpulento. Dejé de acelerar mientras trataba de distinguir qué animal era. ¡Un leopardo! No cabe duda, pelaje amarillo y manchas negras. Pero, ¿acaso hay leopardos por estas tierras?
Por precaución decidí avanzar muy lentamente, más de pronto se apagaron las luces del auto y me encontré súbitamente rodeado por una oscuridad densa y asfixiante. A ciegas, me encontraba muy tenso y no sabía qué hacer, ¿cómo diablos se apagaron las luces si el motor aún está andando? Fue entonces como sentí, porque ver era imposible, como aquel inmenso leopardo dio un gran salto y fue a caer en el asiento, junto a mí.
"¡Imbécil!", me recriminé en silencio, "las ventanas están completamente abiertas". Aterrorizado, atiné a quedarme inmóvil y contener la respiración, mientras mi mente frenética intentaba pensar en una veloz escapatoria antes de acabar devorado por el leopardo. En ese momento...
... Hey everybody, everybody's got a rhythm That will make you wanna move it...
Sonó la alarma del teléfono a todo volumen. La voz de Gloria Estefan cantando "Wepa" rompió el silencio y me libró de las afiladas garras y fauces del leopardo.
martes, junio 25, 2013
Apuntes de Mis Sueños: La Niña Chapoteando en el Agua
Hacía mucho que no despertaba como esta madrugada, con una angustia muy grande, una casi certeza de que mi madre había muerto. Me levanté, presa de una gran inquietud. Intenté calmarme, pensar que todo estaba bien, reflexionar en los eventos qué me pudieron haber producido este mal sueño.
Ciertamente, ver a mi madre avanzar hacia una etapa que puede ser la última, ha tenido un fuerte impacto en mí. No sé muy bien lo que siento al verla tan silenciosa, tan pensativa... tan frágil. Me siento impotente para comprender sus olvidos.
En la oscuridad, concluyo que debo hacer algo para sobrellevar esta angustia, para aceptar esta nueva etapa en la vida de mi mamacita querida. Y poco a poco vuelvo a conciliar el sueño, vuelvo a soñar, y me veo llegando a su casa.
Ella me recibe muy contenta, y me dice "Ya no está temblando donde antes estaba temblando". No comprendo a qué se refiere, pero igual le digo que está bien, que qué bueno. Y ella corre feliz, Había llovido muy fuerte, y el agua que baja del cerro había convertido la calle en un arroyo. Como yo solía hacerlo cuando era un niño, ella chapotea en el agua, muy divertida. Yo la observo, y de pronto empiezo a llorar desconsolado, al comprender, en mi sueño, que he perdido a mi madre, pues ella ha vuelto a ser una niña. Una niña muy feliz.
Le he platicado a mi terapeuta sobre este sueño y sobre la angustia que siento, y ella me ha recomendado un libro cuya compra, muy inconscientemente, he postergado más de un par de ocasiones: uno de los libros de la tanatóloga Elizabeth Kubler-Ross. Es una muy buena idea.
Por la tarde he tenido la oportunidad de pasar a ver a mi mamá, aunque fuera unos minutos. En el calor infernal, ella duerme sobre un sofá. (Ya no hago ningún intento por convencerla de que duerma en el cuarto que tiene aire acondicionado: ella NO quiere hacerlo, y yo la respeto).
La observo dormir unos instantes, y siento una gran paz. Toco uno de sus brazos, y se despierta. Me mira sorprendida unos segundos, sin comprender, pero luego me reconoce y sonríe. Su sonrisa llega hasta mi corazón y me hace muy feliz. Platico con ella unos momentos y me doy cuenta de que está muy bien. Tengo que partir, pero le digo que voy a regresar a verla pasado mañana. Le doy un beso y me voy, yo también con una sonrisa.
Ciertamente, ver a mi madre avanzar hacia una etapa que puede ser la última, ha tenido un fuerte impacto en mí. No sé muy bien lo que siento al verla tan silenciosa, tan pensativa... tan frágil. Me siento impotente para comprender sus olvidos.
En la oscuridad, concluyo que debo hacer algo para sobrellevar esta angustia, para aceptar esta nueva etapa en la vida de mi mamacita querida. Y poco a poco vuelvo a conciliar el sueño, vuelvo a soñar, y me veo llegando a su casa.
Ella me recibe muy contenta, y me dice "Ya no está temblando donde antes estaba temblando". No comprendo a qué se refiere, pero igual le digo que está bien, que qué bueno. Y ella corre feliz, Había llovido muy fuerte, y el agua que baja del cerro había convertido la calle en un arroyo. Como yo solía hacerlo cuando era un niño, ella chapotea en el agua, muy divertida. Yo la observo, y de pronto empiezo a llorar desconsolado, al comprender, en mi sueño, que he perdido a mi madre, pues ella ha vuelto a ser una niña. Una niña muy feliz.
Le he platicado a mi terapeuta sobre este sueño y sobre la angustia que siento, y ella me ha recomendado un libro cuya compra, muy inconscientemente, he postergado más de un par de ocasiones: uno de los libros de la tanatóloga Elizabeth Kubler-Ross. Es una muy buena idea.
Por la tarde he tenido la oportunidad de pasar a ver a mi mamá, aunque fuera unos minutos. En el calor infernal, ella duerme sobre un sofá. (Ya no hago ningún intento por convencerla de que duerma en el cuarto que tiene aire acondicionado: ella NO quiere hacerlo, y yo la respeto).
La observo dormir unos instantes, y siento una gran paz. Toco uno de sus brazos, y se despierta. Me mira sorprendida unos segundos, sin comprender, pero luego me reconoce y sonríe. Su sonrisa llega hasta mi corazón y me hace muy feliz. Platico con ella unos momentos y me doy cuenta de que está muy bien. Tengo que partir, pero le digo que voy a regresar a verla pasado mañana. Le doy un beso y me voy, yo también con una sonrisa.
viernes, mayo 17, 2013
Apuntes de mis Sueños: Las Manos Suaves de Mi Madre
Ayer que escuchaba a Mitzuko hablar sobre sus sueños, caí en
la cuenta de que sabrá Dios cuando perdí la costumbre de tener una libretita en
mi buró, lista para anotar mis sueños. Durante el tiempo que la tuve, todos los
días pude recabar un material precioso que compartía con mi analista. Pero un
buen día dejé de tener la libreta sobre el buró, y así parece como que nunca
sueño, pero sí sueño.
Así que anoche coloqué libreta y pluma sobre el buró y me
dormí. Y esto fue lo que soñé:
Había estado de visita en casa de mi mamá. Mi hermano
Alejandro y yo ya íbamos de salida, y a él se le ocurrió revisar si había
correspondencia en el buzón. Metió la mano y sacó un billete, creo que de $100.00.
Luego un sobre que venía de tierras lejanas, y contenía certificados de defunción
de una persona y un par de trajes, uno de ellos de color café.
Era algo así como una invitación para acudir a la entrega de
una herencia, pero de pronto se me ocurrió que podría ser una trampa, así que
le dije a mi hermana Mónica que suspendiéramos todo, porque el sobre contenía
unos polvos que nos asfixiarían. Salimos al patio, bebimos agua de unos vasitos
pequeños, ventilamos todo y nos salvamos de milagro; yo veía que a algunas
personas sí les había afectado el veneno y hacías unas muecas espantosas.
Veo a mi mamá muy abstraída, caminando lentamente de un lado
a otro de la pieza. Me distraigo un momento y de pronto me doy cuenta de que cruzó
la calle y ahora se encuentra afuera de la casa de enfrente, viendo fijamente
hacia la nuestra. Me aterra pensar cómo pudo atravesar la calle, caminando tan
despacio. Pienso en ir a por ella, pero no quiero incomodarla.
En pleno centro de la calle hay un árbol, parece un sauce
llorón, y algunas de sus ramas cuelgan hasta el suelo. Ahora veo que mi mamá se
esfuerza por jalar algunas de ellas, como si quisiera cortarlas, así que ahora
sí me acerco y la tomo de las manos para que regresemos a la casa. Sus manos
son tan suaves. Caminamos bajo la llovizna y el frío.
Ella trae sobre los hombros algo así como un chal o un
sarape, pero lo llama abrigo. Me dice que lo tome, porque me quiere mucho, está
preocupada por mí y no quiere que pase frío. Yo le digo que estoy bien y que no
voy a tener frío, que no se preocupe. Y seguimos caminando, mis manos sintiendo
las suyas, tan suaves, tan cálidas.
lunes, junio 29, 2009
Autopista a Oscuras
Voy avanzando en mi auto por una de las nuevas autopistas que le dan un aspecto completamente diferente a la ciudad. Es la primera vez que transito por esta vía y no sé muy bien a donde me lleva. Pierdo tiempo leyendo un letrero y por eso no puedo anticipar que de buenas a primeras desciende en picada, para continuar por debajo de la superficie.
El auto rebota sobre el pavimento mojado, y al caer de nuevo patina y se va sin control hacia el extremo opuesto; me salgo antes de que se estrelle contra la pared de roca. La oscuridad es casi total, pero alcanzo a ver que quedó inservible.
Empiezo a caminar hacia el frente, temiendo que en cualquier momento otro coche caiga desde arriba igual que lo hizo el mío. Conforme avanzo voy viendo aquí y allá más autos completamente destrozados, y en el piso un reguero de objetos que salieron disparados durante la caída. De sus ocupantes no hay rastro alguno.
Recojo un teléfono celular del piso. Sigo caminando y a poco empiezo a subir hacia la superficie nuevamente. Los autos circulan en todas direcciones a gran velocidad, muchas autopistas se elevan por encima de los edificios.
Deseo reportar el accidente al seguro, pero en eso recuerdo que todos los documentos se quedaron en el auto, en el pozo oscuro que es la autopista subterránea, a medio construir. No sé si regresar.
El auto rebota sobre el pavimento mojado, y al caer de nuevo patina y se va sin control hacia el extremo opuesto; me salgo antes de que se estrelle contra la pared de roca. La oscuridad es casi total, pero alcanzo a ver que quedó inservible.
Empiezo a caminar hacia el frente, temiendo que en cualquier momento otro coche caiga desde arriba igual que lo hizo el mío. Conforme avanzo voy viendo aquí y allá más autos completamente destrozados, y en el piso un reguero de objetos que salieron disparados durante la caída. De sus ocupantes no hay rastro alguno.
Recojo un teléfono celular del piso. Sigo caminando y a poco empiezo a subir hacia la superficie nuevamente. Los autos circulan en todas direcciones a gran velocidad, muchas autopistas se elevan por encima de los edificios.
Deseo reportar el accidente al seguro, pero en eso recuerdo que todos los documentos se quedaron en el auto, en el pozo oscuro que es la autopista subterránea, a medio construir. No sé si regresar.
sábado, junio 27, 2009
El Hombre Sin Cabeza
Súbitamente sentí ganas de orinar. Apenas había amanecido y me encontraba en la calle, desierta, frente a la casa de mi madre, pero estaba cerrada y sabía que no podría entrar.
Miré hacia la casona de enfrente, aquella donde vivió la familia Góngora, y que se fue quedando sola cuando se fueron casando los hijos. Años más tarde murieron don Andrés y doña Romanita. Al final sólo quedó María de Jesús, la hija soltera, pero al morir ella la casona quedó abandonada para siempre.
A cada momento era más imperiosa la necesidad de desocupar mi vejiga. Decidí abrir la reja de la casona, y avancé hacia adentro por el amplio corredor que antaño estuvo bordeado de macetas con flores.
Me detengo de pronto. Más adelante está un hombre robusto, arrodillado y de espaldas a mí. Lo más impresionante es que no tiene cabeza. Me quedo paralizado, sin saber qué hacer.
Aún asustado y desconcertado, abro los ojos y me levanto de la cama.
Miré hacia la casona de enfrente, aquella donde vivió la familia Góngora, y que se fue quedando sola cuando se fueron casando los hijos. Años más tarde murieron don Andrés y doña Romanita. Al final sólo quedó María de Jesús, la hija soltera, pero al morir ella la casona quedó abandonada para siempre.
A cada momento era más imperiosa la necesidad de desocupar mi vejiga. Decidí abrir la reja de la casona, y avancé hacia adentro por el amplio corredor que antaño estuvo bordeado de macetas con flores.
Me detengo de pronto. Más adelante está un hombre robusto, arrodillado y de espaldas a mí. Lo más impresionante es que no tiene cabeza. Me quedo paralizado, sin saber qué hacer.
Aún asustado y desconcertado, abro los ojos y me levanto de la cama.
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