miércoles, diciembre 16, 2009

Fantasma


Hacia tanto que no aparecía que hubieras pensado que ya se había esfumado para siempre, que se había convertido solamente en un mal recuerdo.
Pero nuevamente estaba ahí. Inconfundible. Con esa paralizante sensación de ahogo, intensa y debilitante, esa lucha entre la mente racional y la mente irracional, la primera exponiendo argumentos lógicos, coherentes, realistas; la segunda mandando todo al caño con ideas deshilvanadas, palabras entrecortadas e incomprensibles, imaginación desbocada de una escena trágica y terrible. ¿Por qué la mente racional no puede vencer y dominar a la irracional?
Te preguntas qué fue lo que desencadenó este nuevo ataque de pánico. Y recuerdas que hacía un rato un compañero te indicó que vieras hacia la carretera, donde ya se estaba formando un gran banco de niebla. Y le comentaste acerca de ese libro que leíste hace tiempo, que te pareció tan aterrador y emocionante.
Pero entonces tu rostro lucía sonriente, no desencajado y alterado como en este momento.
Ya para salir, caminaste hacia tu carro, contento de haber terminado una jornada más. Pero en ese momento te pidieron que dieras un aventón a una muchacha que trabaja en un negocio cercano y no tenía manera de regresar a su casa. No pudiste decir que no. Eran las dos y media de la mañana, ¿cómo dejarla ahí?
Avanzas por la carretera, pero te detienes a los pocos metros. La niebla es muy espesa. Te aseguras de desempañar los vidrios y avanzas de nuevo. Te distraen las preguntas de esta muchacha, quieres que se calle, que se vaya. Notas su acento pueblerino, ¿de dónde será? Das vuelta en U y le preguntas que si es ahí donde debe bajarse, a la orilla de la carretera. Ella dice que no, que hay que entrar.
Así que entras y empiezas a avanzar por un camino que corre paralelo a la carretera, pero en un sentido que te aleja de tu destino. No sabes donde estás. Te desesperas. Apenas se ve, con esta oscuridad y la niebla. Lo bueno es que no hay más carros. Le preguntas que tanto más hay que avanzar. Ella te contesta: “Algo”. Te dan ganas de abrir la puerta y decirle que se baje, pero no lo haces. Avanzas un poco más y por fin llegas.
Antes de bajarse, busca unas monedas para pagarte. Te conmueve. Le dices que no es necesario y te apresuras a regresar. Llegas nuevamente a la carretera y ahora sí, avanzas hacia tu casa, estás cansado y tienes sueño. La niebla sigue igual de espesa. Solamente avanzas unos metros y te detienes en el estacionamiento de una tienda de conveniencia.
En ese momento lo reconoces. Es un ataque de pánico. Es justo como te lo dijo el Dr. Piñeyro años atrás, debiste controlarlo cuando todavía era nerviosismo, cuando era una ligera ansiedad. Lo dejaste crecer y ahora estás en sus garras, ya no puedes hacer anda. Sabes que te quieres ir, pero sabes también que no puedes hacerlo. Estás paralizado.
No puedes comprender nada. Sabes que tienes todo para continuar a pesar de la niebla: buen auto, faros de niebla, la pericia adquirida con más de 20 años de conducir. Pero en tu mente aparecen las imágenes más aterradoras. Una carambola. Un tráiler haciendo sonar la bocina ensordecedoramente, antes de impactarse detrás de ti. Tu carro saliendo de la carretera y proyectándose al vacío.
Así que te dispones a pasar el resto de la madrugada en el estacionamiento, a la orilla de la carretera. Pero, ¿y si te duermes y llegan unos asaltantes? ¿Y si la policía te confunde con un ladrón y quiere arrestarte? Sientes una gran impotencia al comprender que ni el tiempo, ni los medicamentos, ni los años de terapia, ni las oraciones, ni los mantras, ni las técnicas metafísicas o espirituales han logrado alejar a ese fantasma que se apodera de ti.
Ese fantasma que conoces desde tu niñez. Que aparece todas las noches. Que te persigue cuando recorres las calles desiertas en un camión. Que te sonríe malévolamente los domingos por la tarde, cuando las sombras van cayendo. ¿Cuándo se irá por fin?
Intentas concentrarte en tu respiración. Relajarte. No pensar. Te cuesta mucho trabajo, pues tienes mucho miedo. Casi te das por vencido, pero lo consigues, lentamente, poco a poco. Ha pasado más de media hora. Eso es. Has dejado de temblar. Miras hacia la carretera y te das cuenta de que, milagrosamente, ya no hay niebla. Te apresuras y avanzas por fin, hacia la seguridad de tu cama. Sonríes tristemente, pensando en la próxima confrontación.

6 comentarios:

  1. Que horror el que viviste, pero... ¿tienes ataques de ansiedad?...

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  2. si la niebla es asi de espesa, pues es comprensible el temor que hayas sentido.

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  3. debe ser terrible, cuenta conmigo para lo que necesites, y si andamos juntos hazme saber...

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  4. piensa que esats en un fumadero de opio...

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  5. Antes que nada elbibis felicitarte por la narración absolutamente mpresionante, muchos escritores profesionales ya querrian escribir como lo haz hecho tu en este relato.
    Segundo, tu haz visto cuando tu mente se calmo tambien las circusnstancias se calmarón afuera de tu cabeza. ¿casualidad? ¿física cuantíca? ¿interconexión quizas?
    Yo pienso que todo lo que haz aprendido hasta ahora te sirve, pero aveces la vida nos pone a prueba para poder aplicar los conocimientos que en teoría hemos aprendido.
    Yo padezco una ligera ansiedad, pero gracias a Dios la se controlar, dandole vuelta al chip y con respiración y visualizando cosas positivas nada de miedos el miedo es una ilusión.
    La solución esta en ti y en nadie mas, cuanta menos medicina mejor.
    Que estes mejor, un abrazo.

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  6. Gracias a todos por sus comentarios. Gracias especialmente Ricardo, es muy halagador lo que expresas.

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