martes, noviembre 18, 2014

Mi Karma con los Autos VII: La Maldición del Chevy

Luego que vendí el Peugeot, pasaron las semanas y luego los meses sin que pudiera comprarme otro auto; yo deseaba comprarme un auto nuevo, pero la situación económica de la compañía para la que trabajo se puso muy crítica y no era un buen momento para endeudarme.
Pero recordé que cuando entré a trabajar ahí me habían ofrecido que cuando cumpliera un año me prestarían el 60% por ciento del valor de un auto nuevo, el cual pagaría en uno o dos años; así, sólo tendría que preocuparme por conseguir el 40%.
De modo  que acudí a hablar con el director para solicitar que me hicieran efectivo dicho préstamo, pero me llevé el coraje de mi vida cuando este señor, incumpliendo su palabra, argumentó que las circunstancias eran diferentes y que sólo me podrían ayudar prestándome el 16 por ciento del valor de un auto nuevo, lo cual no me convenía en absoluto.
Tan enojado estaba que estuve a punto de endeudarme y sacar un auto nuevo a crédito, pero ganó la prudencia y decidí esperar: la situación económica no era la óptima, y la inseguridad estaba terrible también, por lo que traer un auto nuevo era riesgoso.
Así que me puse a buscar un auto pequeño, no muy viejo, ahorrador de combustible, barato y automático, y el que reunía todas esas características era un Chevy. Muy pronto encontré un simpático carrito modelo 2007 de color blanco, que se veía en muy buenas condiciones. Debí llamar a mi sobrino el mecánico para que le diera una revisada, pero fue mucha mi impaciencia y lo compré el mismo día que lo vi.
Esa tarde regresé a casa a bordo de mi flamante Chevy Sedán, y cuando  lo estacioné noté claramente que el motor estaba excesivamente caliente, pero lo atribuí al calor que hacía ese mes de agosto. Muy dentro de mí supuse que algo andaba mal, pero no era mucho lo que podía hacer. Al día siguiente, de camino a la oficina, noté cómo la aguja de la temperatura subía y subía. Me pusé muy nervioso y esperé a que bajara un poco, pero fue en vano, porque más bien subió hasta llegar al máximo.
 Justamente iba pasando por un taller mecánico, así que sin dudar entré a que lo revisaran. Bien sabía que ahí cobraban carísimo, pero tenía miedo de que el carro se incendiara en cualquier momento. Otro incendio no, por favor.
Resultó que la bomba de agua no servía y eso provocaba el sobrecalentemiento; la remplazaron, junto con otras piezas, y me cobraron un ojo de la cara.

Una semana después me encontraba esperando a que el semáforo cambiara a verde en una intersección. Por fin cambió, y pasaron dos o tres vehículos, luego seguí yo y, justamente al cruzar la calle, se detuvieron los que iban adelante. Afortunadamente yo pude frenar, pero el impaciente taxista que iba detrás de mi iba casi pegado y se estrelló en la parte trasera del Chevy. No fue una gran abolladura, pero sí había que reparar y repintar la pieza.
Una noche pocos meses después, iba casi llegando a mi casa. En la última intersección, miré a ambos lados de la avenida y crucé, a baja velocidad, y esto fue muy afortunado porque una motocicleta sin luces que salió de la nada y fue a estrellarse en el costado derecho de mi auto. Al suelo cayeron los tres ocupantes. Afortunadamente no les pasó nada, pero yo llevé un gran susto, jamás me había ocurrido algo así.
Llegó el fin de año. Esa mañana fui a visitar a un amigo a su casa. Almorzamos y pasamos un buen rato platicando y riendo al recordar viejas anécdotas. Se hacía tarde y quería pasar a arreglarme y prepararme para la fiesta de Año Nuevo. Mientras me despedía metí las manos al bolsillo del pantalón, pensando que ahí estarían las llaves, pero nada; ni el la camisa, ni en la chamarra, ni el piso, ni en ninguna parte. Se esfumaron como por arte de magia. Y en la búsqueda pasaron las horass, y ya fue imposible conseguir un cerrajero, de modo que me quedé sin auto en plena fiesta de Año Nuevo. Y como el 1 de enero no se trabaja, tuve que esperar un día más. 
Al verano siguiente, un día que caía una gran tormenta, el carro de buenas a primeras dejó de funcionar en una congestionada avenida. Fue imposible hacerlo arrancar y tuve que llamar a una grúa, que tardó muchísimo en llegar. Pensé que se había mojado el motor cuando había pasado por un gran charco, pero resultó que la banda de tiempo, que hacía pocas semanas le acababa de instalar, se partió en dos.
Pasaron unas cuantas semanas sin incidentes (bueno, excepto que se me volvieron a perder las llaves), pero a principios de diciembre estaba por salir del estacionamiento de un centro comercial, ubicado en una de las avenidas más congestionadas de la ciudad: Gonzalitos. Salir del estacionamiento se veía difícil, y más con la prisa que yo traía y con la falta de cortesía de los automovilistas, quienes no me permitían cruzar hasta el tercer carril de la avenida .
Con ese Chevy aprendí la fuerza que tienen las palabras, supe lo que es decretar algo, porque recuerdo que le dije a Rodolfo, quien iba sentado en el asiento del copiloto: "No  te preocupes, ahorita les echo encima el carro y salimos de volada" Así fue, más o menos "a la brava", como decimos aquí, salí del estacionamiento y muy apenas se detuvieron los demás autos; observando atentamente crucé el primer carril, luego el segundo, increíble.
Me distraje tanto pensando en lo fácil que había resultado, que ni siquiera volteé a ver si venían carros por el tercer carril y me incorporé temerariamente; segundos después se estrelló a toda velocidad un auto contra mi puerta, la cual se dobló impidiéndome salir. Aturdido, como pude salí del carro, afortunadamente sin ninguna herida. Quienes llegaron a ver la puerta destrozada no podían creer que yo hubiera salido ileso.
El auto estuvo en el taller de reparación durante semanas... llegó la Navidad, llegó el Año Nuevo y yo sin carro. Por fin me lo entregaron bien entrado enero; aparentemente todo estaba bien, pero muy pronto me di cuenta de que la reparación que hicieron fue pésima, pues la puerta no cerraba herméticamente y por el espacio abierto se metía todo el ruido, el aire y la lluvia. Era desesperante, pero ya no quería llevarlo al taller porque eso significaría quedarme sin carro varias semanas más.
Tenía muchas cosas que hacer y para ello necesitaba el carro, pero tan pronto resolví esos asuntos lo puse a la venta y a los pocos días lo compró un hombre. Espero que le haya ido mejor que a mí.

6 comentarios:

  1. Maldición gitana con ese carro!
    Asi pasa, hay veces que los objectos parecen atraer la mala suerte no?
    Leyendo esta crónica me alegra que nunca haber tenido carro. Parece ser que los dueños de autos con frecuencia se quejan de que algo le pasó y tienen que llevarlo a reparar.

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    1. Maldición, mala suerte... sí me siento muy inclinado a creer que el Chevy atraía la mala suerte, porque fueron demasiadas tragedias para tan poco tiempo. La principal tragedia era que en ese entonces me embarqué en una relación con un tapatío con el que jamás pude coincidir y que resultó también una gran decepción: posesivo a un nivel enfermizo, dependiente, abusivo, hipócrita, mentiroso y muy dado a vivir de apariencias. De buena me libré.

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  2. ahh yo tambien tuve un chevy jaja, son bien aguantadores esos carros...pero facil mente robables XD no se cuantas veces me robaron el steroe y cuantas veces pudieron abrirme la puerta con una simple palanca jajjaja
    que mala onda!

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    1. Es muy cierto, supe de varios casos en los que los rateros abrían estos carros tan sólo metiendo un desarmador en el marco de la puerta, terrible. Pues con mi carro sólo falto que me robaran, jajaja. Muy simpáticos estos carros y muy económicos también, pero a mí me tocó uno que venía salado, salado.

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  3. Jajajaaaa, cari que suerte la tuya.. yo creo que fue más bien el tapatio y no el coshe el de la suerte.

    Me haz hecho reir tanto que duda que me hubieran escuchado en toda la oficina...jujujujuju,

    Respecto a los cochesyo creo que son un reflejo de nuestras vidas...yo sigo sin querer uno, a pesar de que lo necesito, pero un psicologo amigo me dijo a proposito de un mes dónde choque 3 veces en 2 camiones de transporte público y un taxi, que eran símbolos, que el "universo" me daba señales de cambiar de camino, de no ir por ahí. eran tiempos de MA y vya que me estrelle cari, de aquellos polvos luego tremendos lodos, pero la vida es así.

    Respecto a lo del tapatio en cuestión, cari, aquí en GDL es como hablar de 5 millones de personas tu descripción, porque en efecto está es una ciudad de "apariencias, moscamuertes, hipocresia, etc. etc."y aunq me gusta mi ciudad admito que somos muy "liosos".aunque es cosa de hayarnos el modo.

    Abrazos cari y espero que la suerte haya mejorado.

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    1. Me da mucho gusto que te haya divertido tanto la anécdota, yo también me reí imaginando las carcajadas que debes haber soltado en la oficina. Pues sí, en ese coche me pasaron tantas tragedias que ya parecía telenovela, viéndolo a la distancia el universo me decía que me deshiciera de él, pero por alguna razón lo retuve todo ese tiempo, quizá era necesario vivir todas aquellas experiencias para pasar al siguiente nivel. La moscamuerta fue toda una enseñanza también, después de ella y del coche embrujado salí triunfante y vencedor, ahora todo es mejor. Te mando un fuerte abrazo.

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