lunes, diciembre 08, 2008

Último Primer Domingo


Domingo 7. Después de una prolongada lucha interna me levanto por fin de la cama, planeando el día... cita con los compañeros a las 11, reunión en la casa de mi mamá por ser el primer domingo de mes (y el último del año 2008), avanzar la traducción, leer...
De pronto recibo una llamada de Héctor, quien me avisa que él y Alfonso ya van en camino a mi casa con el almuerzo... vaya, qué sorpresa. No estaba en mis planes, pero... ¡bienvenidos! Eso bastó para terminar de despertarme, y a la velocidad de rayo poner decente la casa, lavar el carro, bañarme y preparar algunas cosas para acompañar la comida.
Agradecí mucho la visita, pues además de un delicioso almuerzo compartimos una buena plática que hacía mucha falta, esbozando planes para darle la bienvenida a esta "crisis" de la que todo mundo habla con muchas ganas de trabajar y salir adelante, reinventándonos una vez más.

Más tarde fui un rato a casa de mi mamá. No tenía muchas ganas de ir, pues ya los primeros domingos no son como hace unos pocos años, que había tantos miembros de mi familia reunidos que algunos teníamos que salirnos prácticamente a la calle. Era un bullicio encantador, donde todos nos veíamos con gusto. Esta vez estuvieron Felipe y Mónica con sus familias, y después llegó Cristina. Cuando me salí, Esperanza estaba avisando por teléfono que iba en camino.

Acompañé a mis compañeros a ver un inmueble en renta, mismo que se ha estado buscando desde hace un par de meses, para establecer el Centro Budista en Monterrey. Por fuera se veía bien, pero por dentro resultó ser una casa con graves daños y muy necesitada de mantenimiento. Habían hecho tantas modificaciones que parecía un laberinto... ni hablar, hay que seguir buscando. Me despedí de Kelsang Sangden, Kelsang Kunsang y los demás y continué el largo camino a casa, consciente de la caída del sol en esa tarde de domingo.

Al llegar a casa me puse a traducir un documento, cómodamente instalado frente al televisor y sentado en el sillón. A mi lado, el perrito, primero inquieto y luego tranquilo. La programación de la tele estuvo muy aburrida, tecleando y tecleando me dio la medianoche y tan cansado estaba que decidí dormirme ahí mismo en el sillón. (Ups, no me lavé los dientes).

Ya estaba por cerrar los ojos y estaba cambiando de canales la tv cuando apareció una ardiente escena entre dos hombres. Se trataba de "Mil nubes de paz cercan el cielo, amor, nunca dejarás de ser amor", y la transmitió el Canal 22 en este horario muy propio para criterios adultos.
Había leído un poco sobre esta cinta mexicana tan vanguardista, así que decidí no apagar la tele para conocer el trabajo del director mexicano Julián Hernández. Con un ritmo muy lento, a veces desesperante, e imágenes en glorioso blanco y negro, como dicen, cuenta la historia de Gerardo, un adolescente que tras un fugaz encuentro queda perdidamente enamorado de otro chavo, el cual desaparece dejándole una carta.
El actor protagonista se llama Juan Carlos Ortuño, y debo decir que su actuación fue tan convincente que cuando desperté al día siguiente aún seguía sintiendo esa desolación que me transmitió en pantalla, ese sentimiento de abandono y esa búsqueda incesante, cruel e inútil por alguien que no volverá jamás. Para mí, fue la viva imagen del sufrimiento.
Ahora sé que eso que vivió el personaje cualquiera pensaría que es amor, pero en realidad es... apego. Un buen trabajo.

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