miércoles, enero 14, 2009

Abuelita Cipriana (In Memoriam)


Una larga y feliz existencia, llena de muchas enseñanzas y un gran amor que prodigó a toda su prole terminó el sábado 10 de enero, con el último aliento de abuelita Cipriana.
Todavía unas horas antes había tenido el privilegio de visitarla en su cama de hospital; besé su rostro y permanecí un rato a su lado, deseando transmitirle todo mi cariño. Pensé que no me había reconocido, pero al despedirme pronunció mi nombre y me dirigió una sonrisa que me conmovió.
Atestiguo el profundo dolor que su partida significa para su esposo y compañero durante siete décadas, de sus hijos y sus nietos, pero también de toda la gente de la comunidad de La Laguna, su tierra amada. Estoy ahí para rendir un último homenaje a su memoria, agradecido porque su amor inmenso también alcanzó para mí.
Mezclada con la tristeza, hay alegría al recordar sus enseñanzas, sus regaños y sus muestras de cariño. En la capilla de velación, los rezos dan paso a las voces sonoras y tristes de un trío que canta en ocasión de su último cumpleaños. No hay espacio casi para tanta gente que acude a dar su adiós, y permanece velando a pesar del intenso frío que se deja sentir.

Como dictan las antiguas costumbres de nuestro Nuevo León rural, a la mañana siguiente a la hora designada su cuerpo es llevado a la iglesia, para ofrecer una misa. Posteriormente, avanzamos tristes hacia su casa, donde permanece unos momentos mientras esperamos respetuosamente.
Una fila de personas pasa a despedirse. Abuelo Flavio lo hace al final, sin poder evitar derramar unas lágrimas. Estoico y fuerte, por un breve instante cede a su dolor, pero siempre caballeroso, se disculpa diciendo: “Dicen que los hombres no deben llorar, pero es duro perder a una compañera de 70 años”.
Bajo un sol esplendoroso y un cielo muy azul, el cortejo avanza. A su paso, los hombres se quitan el sombrero y bajan la mirada en señal de respeto. Hemos llegado a su última morada. Es la despedida final, y aunque estoy ahí para confortar a los demás y ser fuerte, la congoja es grande y no puedo evitar llorar.
Descansa en paz, abuelita Cipriana. Aquí estás rodeada de flores de muchos colores, como las que siempre amaste y cuidaste. Siempre te recordaremos y permanecerás en nuestros corazones.

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