martes, mayo 30, 2017

La Presencia Constante de la Muerte

En esta etapa de mi vida, me doy cuenta de que la muerte siempre está presente, justamente al lado de la vida, como las dos caras de una moneda, como la dualidad eterna: luz-oscuridad, día-noche, calor-frío, dolor-placer, masculino-femenino.
En mi caso personal, durante mi niñez y mi temprana juventud (porque ahora disfruto mi tardía juventud), las muertes de las que tuve noticia fueron muy esporádicas y en general de personas con las que no tenía mucha cercanía. La más grande pérdida fue la de mi padre, quien murió cuando yo tenía solamente tres años. Difícilmente recuerdo haber sufrido el dolor de su partida, era un niño muy pequeño.
Cuando tenía como unos diez años nos llamó por teléfono mi tío Félix para avisar que había muerto mi abuelito Juan, padre de él y de mi papá. A mi abuelito yo solo recordaba haberlo visto cuando tenía 8 años, en un viaje que hicimos a su tierra, Villanueva, Zacatecas. Muy poco platiqué con él durante nuestra estancia, pero cuando regresábamos a Monterrey él subió al autobús a despedirnos y me preguntó cuántos años tenía y en qué año estaba en la escuela. Me dijo que me portara bien y me abrazó muy fuerte.
Ese abrazo recordaba un par de años más tarde, cuando corrí hacia la parada del camión (tan chiquillo) para ir a avisarle a mi hermana Lupe, pues ella no tenía teléfono en su casa.
Siendo un joven adulto ocurrió el fallecimiento de mi querido tío Félix, y algunos años más tarde su esposa, mi adorada tía Tula, quien tanto me consentía cuando iba a visitarlos esas vacaciones que pasaba en la Ciudad de México.
Mucho lamento no haber asistido a sus funerales; por esas épocas yo estaba muy afectado después de haber sufrido un asalto en un taxi durante un viaje de trabajo a la Capital, no me había recuperado y estaba tan asustado que simplemente me era imposible pensar en regresar a la Ciudad de México. No obstante, me consuela pensar que en vida conviví mucho con ellos, les demostré mi afecto y recibí el de ellos; fui respetuoso y cariñoso también.

Hace poco más de dos años, la muerte de mi querida hermana Carmen, significó un golpe muy duro para mí. La mayor de mis hermanas, quien también fue mi segunda mamá en muchas etapas de mi vida. Se fue de repente, víctima de un infarto. No pude despedirme de ella y quedaron muchas, pero muchas cosas por decir y también muchas cosas por preguntarle, consejos por pedir. ¿Cómo le hacía para estar siempre con una sonrisa, para hacer frente a la adversidad, a las críticas, a la falta de recursos, y aún así ser amorosa con todo el mundo?
Cómo extraño llegar a la casa de mi mamá y ser recibido por ella con un abrazo efusivo, como si no me hubiera visto el día anterior. Antes me hacía sentirme avergonzado, hoy cuánto diera por ser abrazado con tanto cariño, aunque sus mejillas estuvieran siempre húmedas.

Al año siguiente, mi sobrino Enrique también falleció por un infarto fulminante, casi frente a mis ojos, pues en ese tiempo yo trabajaba en su oficina. Sucedió tan rápido que no daba crédito, me negaba a ver que estaba agonizando, por querer creer que era un simple desmayo, que se pondría bien, que llegaría el doctor y él volvería en sí. No fue así. Y yo tuve que ser fuerte, para dar la noticia a su esposa, a mi hermana, es decir su mamá, a sus demás hermanos, a mi familia.
No dejo de pensar qué habrá pasado por su mente en esos últimos minutos o segundos, es casi seguro que estaba preocupado por su esposa y sus hijos, por sus planes de negocios, por sus papás. ¿Habrá sabido que estaba a punto de morir? O como yo, ¿pensaría que se pondría bien? Espero que, al verme cerca, haya sentido el consuelo de tener a alguien de su familia cerca, cuando menos a su tío, ese tío que durante una corta temporada fue su joven papá, cuando de niño se vino a vivir a Monterrey.

Hace unos tres meses empecé a tener miedo por las noches, y yo que antes me dormía tan pronto recostaba mi cabeza sobre la almohada, ahora veía pasar las horas, con los nervios de punta, atento a cualquier pequeño ruido. Nada podía quitarme de la cabeza la idea de que por la noche iban a llegar los ladrones: mantras, oraciones, afirmaciones, meditación...
Pasaban los días y la situación no se componía. Pensé en instalar una alarma, pero de momento no puedo pagarla. Quise instalar una puerta a la entrada de las escaleras (vivo en una segunda planta), pero la dueña de la casa no lo permitió porque el cerrojo afectaría la casa abandonada de junto, propiedad de un señor que ya se murió. Quise golpearla, mi tranquilidad necesitaba tanto esa puerta.
La falta de sueño ya estaba haciendo estragos. Así que decidí hablar de ello seriamente con Bugs Bunny, mi analista de cabecera, y en su opinión no eran los ladrones quienes acechaban mis pesadillas, sino el miedo a morir. El miedo a morir, solo. En un principio me pareció que erraba, pero cuando empecé a hacerme consciente de la idea, y sobre todo a aceptarla, enfrentarla, me fui sintiendo un poco mejor, lentamente, cada día.
Descubrí que es mi miedo a morir, sí, pero también el miedo a que llegue el momento en que tenga que partir la mujer más importante de mi vida, presencia constante desde mis primeras etapas como humano: mi madre. Y este miedo a la muerte he decidido enfrentarlo, deseo conseguir la paz, haciéndome consciente de que es un paso natural, un camino que todos tenemos que recorrer, antes o después.
Por lo pronto, ya mandé instalar una puerta en el segundo piso, justo a la entrada de la terraza, que es el frente de mi casa. Y desde hace un par de semanas, estoy tomando un interesantísimo e iluminador curso en línea de tanatología, que ofrece el Instituto Nacional de Cardiología Ignació Chávez. Ambas cosas, más la sabia guía de Bugs Bunny, le han devuelto el sueño a mis noches.


2 comentarios:

  1. Yo soy muy afortunado, ya que mi contacto con la muerte ha sido muy limitado. No he perdido a las personas que quiero.
    Por eso le tengo miedo a la muerte (de todos: mía, de mis padres, de mi pareja, de mis amigos, de mis conocidos) pero realmente cuando me pongo a pensar en eso, trato de verlo y aceptarlo como algo inevitable. A veces eso me tranquiliza, y otras veces me agobia más.
    Pero, casi siempre pienso que lo mejor que puedo hacer es siemplemente demostrarles mi amor y mi cariño, hacerlos sabe que los quiero.

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    1. Me parece que eso ayuda mucho, estar cerca de las personas que queremos, si no se puede físicamente, a través del contacto constante por correo, teléfono, etc. Es importante tener charlas profundas, expresar verbalmente y no solo con hechos que los queremos... al momento de una partida nos sentiremos más ligeros porque no quedó nada por decir.

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