martes, octubre 24, 2017

Durango y la Carrera Panamericana

No soy un súper aficionado a las carreras de automóviles; de hecho apenas he visto fragmentos de carreras por la TV y jamás he asistido a una carrera. Pero hace algunas semanas leí una noticia sobre la edición número 30 de la Carrera Panamericana y me llamó la atención saber un poco más sobre esta icónica carrera.
Me enteré que la ruta daría inicio en Querétaro, y avanzando hacia el norte pasaría por Querétaro, Puebla, Ciudad de México, Morelia, Guanajuato, San Luis Potosí y Zacatecas, para llegar a la meta en la ciudad capital de Durango.
Y se me ocurrió una de esas ideas muy mías: ¿por qué no viajar a Durango para estar presente en el final de esta emblemática carrera? Así mataría dos pájaros de un tiro: admirar de cerca a los autos clásicos que participan en la Panamericana y conocer una bella ciudad del norte mexicano. Fiel a mis principios, no hice reservación alguna. Sólo  anoté la fecha en mi calendario.
Había pensado irme en automóvil, pero como no se unió nadie más a mi travesía, decidí mejor viajar por autobús. Sería un viaje relámpago, de los que tanto disfruto, así que la noche del 18 de octubre abordé el camión y me preparé para el viaje de 8 horas, que resultó sumamente incómodo.
Hace muchos, muchos años que no veía uno de estos caballitos. Cuando era níño, las zapaterías del centro de Monterrey tenían su respectivo caballito para los pequeños.
No sé si los autobuses son cada vez más incómodos, o bien yo ya no estoy para estos trotes, pero vaya que odié el asiento, incluido el artilugio ese para "descansar" las piernas. Por cierto que tanto de ida como de venida me tocaron los dos asientos solo para mí... y si así fue pesado el viaje no me imagino cómo hubiera sido la pesadilla de compartir asiento con otro pasajero.

Muy temprano llegué a Victoria de Durango, nombre oficial de la ciudad en honor del presidente Guadalupe Victoria, quien nació en este estado. Otros ilustres personajes que nacieron aquí fueron la mítica diva Dolores del Río, Fanny Anitúa, la contralto de fama mundial y el famosísimo e intrépido revolucionario Doroteo Arango, mejor conocido como Pancho Villa.
Un amable taxista me llevó hasta la Catedral. Hasta ahora no me había dado cuenta, pero cada vez que visito una ciudad que no conozco el primer sitio a donde me dirijo es la Catedral; y esto no quiere decir que yo sea muy religioso: elijo este punto porque en general son edificios emblemáticos y hermosísimos, donde se siente mucha paz, y sobre todo están súper bien ubicados, alrededor siempre hay muchas cosas que ver y desde ahí puede uno iniciar el recorrido turístico hacia el punto cardinal que más le guste.

Mi amigo rarámuri y su hija.
No conocía yo absolutamente nada de Durango, esta vez no me puse a investigar pues deseaba que la ciudad (¿la vida?) me sorprendiera y caminar hacia donde me llevara el viento.
Para empezar me despaché un suculento desayuno en el Sanborn's, disfrutando una bonita vista desde el segundo piso hacia la Plaza de Armas. Este restaurante se parece muchísimo, toda proporción guardada, al famoso Sanborn's de los Azulejos en la Ciudad de México.
Posteriormente enfilé caminando hacia el Cerro del Calvario, para abordar el teleférico que conecta, tras un brevísimo recorrido, con el Cerro de los Remedios. Las vistas son impresionantes en esta ciudad de altura: 1,880 metros sobre el nivel del mar. Cuando regresaba hacia el centro de la ciudad, me encontré a un hermano rarámuri vestido con su indumentaria típica, a quien le compré una bolsa de yerbaniz.
Le pregunté si podía tomarme una foto con él, y me contestó que con mucho gusto, previo pago de $50 pesos... "es que la situación está muy dura". Bien, no tuve ningún inconveniente, pues yo gano la foto y él gana unos pesos... así que mientras yo buscaba a alguien que tomara la foto, él preparó la escena, y también a su hija para que apareciera en el retrato.
Segundos después le extendí sonriente el billete de $50, pero me dijo que serían $100... $50 por él y $50 por la niña... no me lo esperaba, pero me agarró de muy buen humor, así que lo dejé que se ganara sus $100 pesos por engalanar mi foto. Si fuera yo racista diría "indio ladino", pero yo no soy racista.
Seguí caminando y me desvié un poco para visitar el templo de Santa Ana, uno de los templos más antiguos de Durango. Posee dos puertas monumentales en su fachada, supuestamente porque las monjitas capuchinas acostumbraban entrar por una y salir por otra. Durante la consumación de la Independencia, las Guerras de Reforma y el sitio que sufrió la ciudad el 8 de junio de 1813, el templo fue muy socorrido como fortín, y como recuerdo de esas batallas su campanario luce dos impactos de cañonazos y muchos disparos de fusil.
Me regresé a la Plaza de Armas, que ese día estaba atiborrada con muchos puestos de artesanías como parte de los festejos del Festival Internacional Revueltas 2017; muchos artistas ofrecieron conciertos durante este festival en el cercano y hermoso teatro Ricardo Castro (que no visité). Al centro de la Plaza de Armas se encuentra la Casa de Artesanías Tlacuhilos, donde es posible adquirir hermosas piezas de vidrio soplado, lana (tapete, jorongo, capas, alfombras).
Me gustó mucho un jorongo precioso, pero no lo compré porque en esta ciudad calurosísima de Monterrey, donde hace calor hasta en Navidad, solamente lo usaría uno o dos días... ah pero cómo me hubiera servido para ese velorio en la sierra de Galeana, un frío invierno de hace varios años.
A continuación hice mi infaltable recorrido turístico en el Turibús de la ciudad, no me podía fallar; de lo mucho que aprendí, seleccioné dos lugares para visitar. El primero fue el Museo de Arqueología Ganot-Peschard, que contiene una muy buena colección de vasijas, cráneos, pectorales y otros objetos que recopilaron los doctores Ganot y Peschard en 30 años de investigación científica.
Maravillo Museo Nacional Francisco Villa.
De ahí me pasé al fabuloso Museo Nacional Francisco Villa, ubicado en el soberbio Palacio de Zambrano. Se cuenta que, a la edad de 16 años, Doroteo Arango mató al hacendado que intentaba forzar a una de sus hermanas, de modo que el muchacho tuvo que huir a la sierra y vivir a salto de mata para que no lo atraparan. El resto es historia....
Este recinto es un lugar que no se puede perder ninguna persona que visite la ciudad de Durango. Mientras iba recorriendo las numerosas salas, el espíritu de Pancho Villa se iba apoderando de mí y me dieron ganas de agarrar una carabina, montar un caballo y salir a la batalla, sintiéndome todo un revolucionario: "Viva México, cabrones".
Para esas horas ya tenía mucha hambre, así que recorrí el corredor Constitución, repleto de restaurantes muy agradables y con mesas en el exterior, pero aparentemente casi todos ofrecían sólo tacos y cerveza; había un restaurante oriental que no se me apetecía y otro (Raíces Dolores) cuya especialidad eran los tacos de alacrán y de víbora de cascabel. Ay no, yo paso. Finalmente encontré el restaurante Los Naranjos, muy elegante y acogedor, donde no servían platillos tan exóticos; ahí difruté una deliciosa y bien merecida crema casera de champiñón, seguida por un exquisito platillo a base de salmón; apuré dos cervezas heladas (porque la tarde estaba calurosa) y al final una copita de mezcal duranguense para el desempance (casi rima).
Cuando salí ya casi era la hora de que hicieran su arribo los pilotos... me hubiera gustado rentar un hotel para darme un buen baño y descansar mis pies fatigados, pero la muchedumbre ya empezaba a abarrotar la plaza y yo tenía que preguntar por dónde entrarían los carros para elegir un sitio desde donde los pudiera ver bien.


Ya ubicado el lugar, aproveché unos cuantos minutos para ir "de pasadita" al mercado... ¿cómo me lo iba a perder? Ahí compré una buena cartera y un cinturón, pues hay varias talabarterías que ofrecen trabajos magníficos. También había varios puestos de dulces y de comida... cómo se me antojaban unos deliciosos tacos de tripitas, pero ya será en otra ocasión, pues esta ciudad es tan bonita que hay que regresar.
Corriendo, corriendo me regresé para tomar mi lugar muy bien ubicado en una de las esquinas de la Catedral, desde donde pude admirar las poderosas reliquias que iban haciendo su entrada triunfal después de haber cruzado la meta a las afueras de la ciudad... los motores rugían en forma ensordecedora y mi corazón latía a gran velocidad. Tomé muchas fotos, saludé (de lejos) a algunos pilotos y  sobre todo disfruté la gran emoción de haber estado ahí. Gracias a la vida.

5 comentarios:

  1. Me dio mucha risa lasituación de la foto. Típico. Mi mamá dice que siempre hay que negociar, nada de aceptar a la primera. En fin...
    Las carreras, bueno, pues no me gustan, pero lo bueno es que las disfrutaste.
    Cuando leí lo de los tacos de tripitas... casi me muero... tengo un antojo de unos buenos tacos...

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  2. Que bien que leí todos esos detallitos que no me contaste tío, me encantaron las fotos de los autos,definitivamente tengo que visitar Durango y comprar alguna pieza de vidrio soplado y un jorongo.

    Gracias por compartir tus vivencias.

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  3. Que bien que leí todos esos detallitos que no me contaste tío, me encantaron las fotos de los autos,definitivamente tengo que visitar Durango y comprar alguna pieza de vidrio soplado y un jorongo.

    Gracias por compartir tus vivencias.

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  4. Qué aventura! Estoy envidioso. Siempre he querido viajar a la ciudad Victoria de Durango. Y algún día allí iré.

    ¿Y qué sorpresa! ¿No te gustan los tacos de alacranes y víboras de cascabel? No sé que decir.

    Saludos,

    Kim G
    Redding, CA
    Donde no sirven tacos auténticos ni de bichos ni de víboras.

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  5. Álex, que bueno que te hice saborear esos tacos de tripitas, ojalá los pruebes de nuevo pronto. /// Denisse, vale mucho, mucho la pena un viaje a Durango, salirse de la rutina de Monterrey y conocer cosas nuevas, es una ciudad pequeña como hace mucho lo fue Monterrey, se difruta. /// Kim, no, no puedo comer esos tacos de alacrán, nadie me quita la idea que estoy comiendo veneno... : )

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