martes, julio 29, 2008

Un gran dolor: he perdido a mi amado Bimbo


No sé qué escribir. Dejaré que fluyan mis dedos por el teclado, mientras mi mente se aclara y me corazón deja de doler. Estaba sereno, afuera de la casa, pero volví a entrar y me ahogaron los sollozos al ver las cobijas en el piso, donde estuve por horas cuidando a mi Bimbo. Quité la toalla verde que tenía sobre el sillón, sobre la cual colocaba su platito de comida. Este platito lo tiré a la basura, no lo quiero ver más. No sé qué voy a hacer con su canasta, con su correa que le acabo de comprar. No sé qué hacer con esta casa, no sé que hacer con esta persona que sufre. No sé qué hacer con tantos recuerdos, con tantas imágenes que están marcadas en mi mente. Bimbo.
A media mañana decidí salirme del trabaja y me reuní con Isela en la veterinaria, para escuchar la explicación del doctor. Me informó que tenía múltiples fracturas y que lo más probable era que su vejiga estuviera rota, por lo cual aconsejaba como una opción practicar una cirugía de inmediato; sin embargo, me pedía que tuviera en cuenta que Bimbo no volvería a caminar más y que tal vez su calidad de vida sería muy pobre. La segunda opción era ponerlo a dormir.
No, no podía aceptarlo. Le pedí unos minutos más para platicarlo con Isela. “No lo puedo hacer”, le dije. “Sé que es una operación riesgosa y que no volverá a caminar, pero quiero que viva. Quiero que me acompañe. De ser posible lo cargaré conmigo a todas partes, al trabajo, a mis clases, a todas mis citas. No me importa.” Y aunque ella en un principio estaba a favor de dormirlo, estuvo de acuerdo conmigo en pedir al doctor que intentara salvarle la vida.
Toño querido, gracias por estar ahí en esos momentos. Sé que tuviste que desatender tus asuntos, pero aún así me acompañaste. Gracias, hermano.
Así que volví a hablar con el médico para hacerle saber mi decisión: quería que lo operaran. Pedimos verlo un momentito. Al llegar a su jaula me desarmaron sus ojos hermosos, pues me reconoció al instante. ¿Cómo iba a aceptar que lo pusieran a dormir? No, definitivamente no. Había que luchar por su vida, a pesar de los riesgos, a pesar del pronóstico, a pesar de no saber con qué se iba a pagar la operación.
En ese momento no lo sabía, pero por última vez meneó su rabito reconociendo a este hombre que siempre lo quiso tanto. Le tomé una última foto; gracias, Toño, por haberlo sugerido. Se puso inquieto, quería levantarse. Le hablé con la voz destrozada por el llanto, diciéndole que al rato regresaría por él, que me esperara. “Ahorita vengo”, es la frase que siempre reconoció. Y siempre le cumplí. Siempre regresé por él.
No quería estar solo. Acompañé a Isela a varios lugares: a su casa, a dejar a José Juan, Lupita y Sebastián al aeropuerto, a la casa de su tía Licha, donde comimos en compañía de sus tías y sus abuelos. De pronto me sentí inquieto. Ya quería salirme de ahí.
Con el corazón acongojado nos dirigimos nuevamente a la veterinaria, para saber qué había pasado. Fue un trayecto de gran inquietud, una y otra vez suspiraba pensando en Bimbo, tratando de alejar los horribles recuerdos del momento del accidente. “Tenemos que creer en que se va a poner bien, en que se recuperará”, le dije. Ella estuvo de acuerdo y dijo que teníamos que tener fe, que se sentía confiada.
Llegamos al hospital y de inmediato la señorita nos dijo que nos había estado tratando de localizar, sin éxito. Segundos después llegó el médico y pronunció las palabras que no quería escuchar. “No resistió la operación, tuvimos que ponerlo a dormir”. Me hice fuerte, mientras escuchaba algo acerca de una vejiga completamente destrozada, imposible de curar. En silencio me pregunté si pude haberlo evitado, si en vez de hacerle caso a María de Jesús, si en vez de esperar y esperar, me hubiera ido a otro hospital a que me lo salvaran, aunque me cobraran mucho dinero.
Nunca sabré si hubiera sido posible. No quisiera atormentarme con la culpa. Quizá era necesario que ayer estuviéramos todo el día juntos, solos, queriéndonos y recordando en nuestras mentes todos esos momentos vividos.
Mientras el doctor salió para ir a recoger su cuerpecito y sus pertenencias, me derrumbé. No soy fuerte, no lo soy. Lloré en ese momento y estoy volviendo a llorar ahora. Porque no era sólo un perrito, sino que era un pedazo de mi vida, de mi corazón, mi hijo precioso. Porque no atino a pensar cómo será todo de ahora en adelante. Sé que las cosas volverán a la normalidad, pero ¿mientras tanto? Tengo el corazón roto.
Hace rato le dije a Isela que pienso que tengo pocos motivos para seguir adelante en esta vida. Mamá es el principal. Bimbo era uno de ellos, uno de los más grandes. En estos momentos parece tan difícil mi andar, no es fácil encontrarle sentido a una vida de soledad, con dificultades por donde quiera. Sé que tengo a mucha gente valiosa a mi alrededor, pero ellos no están conmigo siempre. Sin embargo, la vida es bonita y sé que finalmente decidiré darle otra oportunidad, una vez más.
De regreso a Santa Catarina, cada quien en su auto. Yo cargando por última vez a mi pequeño Bimbo, un último paseo, pero él ya está dormido. Tenía tantos planes para los siguientes fines de semana, tantos paseos pendientes. Pero ya no. Un poco antes de llegar a mi casa, le dije a Isela que se detuviera. Bajamos de los carros y corrí a abrazarla, para asegurarle que estaría bien. Que no se preocupara demasiado por mí. También le agradecí por haber amado a Bimbo todos estos años, por haberlo alimentado, cuidado, por haberlo tenido cuando yo no estuve. Sollozamos abrazados, sólo nosotros entendemos este cariño tan fuerte, tan sincero y tan eterno. Un testigo nos ve desde enfrente. ¿Qué pensará? ¿Qué historia estará imaginando?
Nos despedimos. Sabemos que siempre nos acompañaremos y seguiremos pasando juntos por grandes alegrías y grandes penas, por la vida.
Estoy en casa, solo. Estoy esperando a Héctor y a Lobo, a quienes les pedí que me acompañaran un rato. También vendrá el amigo Fer, cuando salga de su trabajo. Ya hice un pequeño pozo en el jardín delantero, ahí reposarán los restos de Bimbo, muy cerca de los de mis queridos Lucas y Tobi. Escribir me ha serenado, pero aún así estoy impaciente porque lleguen mis amigos, necesito un abrazo de Héctor, mi “hermano mayor”. En las buenas y en las malas, con nuestras virtudes y defectos, siempre juntos.
En este blog he escrito algo de Bimbo. Pero faltaría tiempo y espacio para escribir tantas aventuras, tantos momentos. Para empezar, su origen. Héctor fue su dueño original, y al salir a un viaje nos lo encargó a Isela y a mí, hace poco más de 11 años. Héctor regresó, pero Isela se negó a devolver al cachorrito, adorable, hermoso y juguetón. Y se quedó con nosotros. Una vez lo llevamos a Tampico. Muchas veces a Galeana.
Junto con Lucas, fue nuestro pequeño cuando estuvimos casados. Lucas falleció años más tarde de una extraña enfermedad, pero él, más frágil y delicado, sobrevivió. Isela se quedó con él cuando yo me fui de la casa, pero meses después me lo devolvió. Siempre supe que ella hubiera querido quedarse con él, pero me quiere mucho y prefirió dejármelo a mí. Algunas veces lo llevé a que se quedara en la casa de Isela.
Bimbo, adorable Bimbo. Con tu carita preciosa a todo mundo conquistabas, todos querían acariciarte, estar contigo. Pero tú no a todos querías. A los niños ciertamente no. Les pido perdón a mis pequeños sobrinos, por esos mordiscos que les propinaste cuando intentaron acariciarte.
Bimbo precioso, me gustaba mucho hacerte enojar, perdóname. Pero creo que a los dos nos gustaba jugar. Gracias por dormir conmigo todas estas noches, por acurrucarte, por hacerme sonreír al verte acostadito y cubierto por las sábanas, como una pequeña persona. Gracias por permitirme quitarte el frío, darte todo este cariño que tengo.
En estas últimas semanas, a sugerencia de la monja budista, le había estado recitando mantras a Bimbo, para pedir que no vuelva a renacer como animal, sino como una persona, para que tenga la oportunidad de buscar y alcanzar su iluminación y librarse del samsara. Donde quiera que tú estés, mi querido Bimbo, te mando muchos besos y te abrazo fuerte fuerte contra mi corazón. Gracias por tantos momentos felices, gracias por tantos años junto a mí. Todo mundo sabe lo importante que eres para mí, así que desde hoy ya no soy tanto yo, estoy incompleto.

1 comentario:

  1. No quiero imaginar lo que se sufre al perder una mascota, si ya leyendo esto me conmuevo.
    Yo tengo dos perritos desde hace más de 10 años, y aunque los he cuidado como a las niñas de mis ojos, no dejo de pensar en ese inevitable día.
    Sólo uno de ellos, el menor, estuvo en la clínica por una semana cuando de repente ya no pudo orinar y le tuvieron que retirar los testículos y dejar en su lugar un hoyito, por el que hasta el día de hoy hace su pipi.

    Las mascotas podrán dar muchas satisfacciones pero también causan mucho dolor.

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