martes, octubre 22, 2013

Zihuatanejo de mis Recuerdos Felices



Con mucha incredulidad leí este fin de semana acerca de la formación en el Pacífico de la tormenta tropical Raymond, que amenazaba convertirse en huracán y descargar sus precipitaciones en el estado de Guerrero (entre otros), que aún no se repone completamente de los terribles embates de los fenómenos Manuel e Ingrid. No pude evitar pensar: “Dios mío, ya dales tregua, dirige tus aguas a otras latitudes”.
Con tantas noticias en prensa, radio y televisión, me he conmovido profundamente ante la desgracia de tantos guerrerenses, quienes han perdido no sólo sus propiedades sino también a sus seres queridos. Me inquietaba saber cómo estarían pasándola unas personas muy queridas que viven en Zihuatanejo, con quienes hace tiempo perdí el contacto, desafortunadamente, así que decidí averiguar a través de un viejo amigo y hoy sé que afortunadamente todos ellos están bien.
En su mensaje me puso al corriente sobre su familia, y mientras lo leía por mi mente desfilaban hermosas imágenes de la bahía de Zihuatanejo; me transporté a esa Navidad de hace ya casi 10 años, cuando visité por primera vez este paraíso. Los recuerdos me pusieron tan nostálgico que tuve que salir de la oficina, respirar un poco de aire fresco.
Después de un largo viaje en autobús, llegué al atardecer del 24 de diciembre, mientras el sol empezaba, renuente, a ocultarse. En el camino hacia la casa de la familia, ubicada en lo alto del cerro de Los Romanceros (hoy Las Mesas), me fui despojando de la chamarra, el suéter, la camisa… llegué sudando a mares y agradeciendo la cerveza helada que me dieron. No lo podía creer, y la absoluta incredulidad me hacía morir de la risa, pues para mí la Navidad era sinónimo de frío porque en mi tierra siempre hace mucho frío en dicha época.
Han pasado tantos años, pero no olvido cómo mis ojos se llenaron de tanto verde, de tantos árboles, del azul inmenso del agua, y cómo casi me asfixiaba el calor y el aroma a sal que provenía de la espectacular bahía que veía a mis pies. Estaba feliz. Cómo disfruté el calor de la familia, que me acogió con tanto amor y con tantas sonrisas como a uno más del clan: Doña Reyna, Valdo, Tita, Chayo, Wendy, Kim… y los niños… Sael y Pelón ya son unos hombres hechos y derechos, el primero ya es papá, no lo puedo creer. Enrique debe ser un jovencito.

Y el más pequeño, mi Güero… a él lo conocí cuando tenía unos dos o tres años, y no sé a quién le recordaría yo pero se encariñó mucho conmigo desde que me vio, y yo también con él, cómo no hacerlo si era un dulce. Entre nosotros hubo una conexión mágica de padre a hijo. En nuestros paseos a la playa, por las calles, en los camiones, sólo quería que yo lo cargara. Y yo me sentía tan feliz, complacido ante los comentarios de la gente desconocida, que me decía sorprendida que cómo se parecía mi hijo a mí. Ojalá hubiera sido mi hijo.
La abuela Luz ya se nos adelantó en el camino, pero deja una huella imborrable en sus hijos y sus nietos; yo recordaré siempre su risa fuerte, musical que me daba una gran paz y me hacía sentir que todo estaba bien, con la verdad en su cara que reflejaba todas las alegrías y todos los dolores de una larga vida. Su casa en lo alto del camino, con un árbol enorme, enorme a la entrada.
Volví varias veces más, pero creo que no fue suficiente, sigo teniendo ganas de admirar ese azul inmenso de la bahía, correr por sus playas, sumergirme en sus aguas, sentir la caricia del sol, escuchar el habla de Zihuatanejo, con las “j” muy suaves, con las “s” finales apenas pronunciadas. Deseo caminar por sus calles del centro, pero también volver a visitar esa casa enclavada en el cerro, dueña de una espectacular vista de la bahía.
Qué bueno sería volver a levantarme temprano, antes de la salida del sol, e ir corriendo a la playa para comprar pescado recién capturado en las redes de los pescadores, llevarlo a las mujeres para que con sus manos sabias y mucho amor lo conviertan en un manjar delicioso.
Cierro los ojos e ingenuamente quisiera volverlos a mirar a todos ellos, así como los conocí, pero esto ya no es posible… han pasado muchos años, han cambiado tantas cosas, todos somos personas diferentes ahora. Pero en nuestros corazones somos los mismos; creo que cambia el exterior pero no el interior, así que ojalá se me conceda pronto volver, a saludarlos a todos, a recordar viejos tiempos, a disfrutar el paraíso indescriptible de Zihuatanejo. No me acordaba lo mucho que significa para mí. Gracias a ti, porque gracias a ti esto fue posible.

2 comentarios:

  1. Fíjate Tinísimo que no conozco Zihuatanejo y me gustaría, triste lo que sucede con estos huracanes este año.

    Me gustaría poder ir pronto, pero es complicado el acceso por tierra, pues pasar por Michoacán es peligroso y ahora por Acapulco poco viable y un tremendo rodeo.

    Que bonita tu historia con el lúgar y con sus gentes.

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  2. Hola tinisimo soy yo de nuevo, no soy muy habil con las herramientas sociales, mi e mail es rgomez706@gmail.com mandame un e mail para comunicarme en privado

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